Misiones (II)

Como siempre, quiero agradecer a todos los que visitáis mi rincón por vuestras reconfortantes opiniones; sois muy comprensivos conmigo. Me comentan los amigos que editan esta página (yo de estas cuestiones no entiendo nada), que esta sección es de las más visitadas, por eso además de daros las gracias, quisiera invitaros a café, aunque no creo que un pobre como yo, pueda permitirse este deseado lujo; pero al menos quiero que sepáis que ésa es mi voluntad.

A los que comenzáis a visitarnos, quiero deciros lo que ya he comentado otras veces; lo que ocurre en mis relatos, nada tiene que ver con la realidad. Son tonterías que uno va imaginando, pero casi siempre los personajes son reales, así como también los lugares y otros muchos datos. Pero yo pregunto a los lectores que si estas tonterías forman parte de mi manera de pensar y sentir y por tanto de mi vida; ¿no son también reales? Lo que si es verdad es que continuamente llevo en mi corazón a los amigos a quienes les dedico lo que escribo.

“Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere” (Elbert Hubbard)

“Un amigo es un ser humano con el que se puede pensar en voz alta” (Ralph W. Emerson)

“No permitas crecer la zarza en el camino de la amistad” (Platón)

“Si todos los ciudadanos practicasen la amistad, no sería necesaria la justicia” (Aristóteles)

“Siempre que hablo de mis amigos, me pregunto cuál será la mejor lejía para lavarme la boca” (No sé a quién se le ocurre decir estas cosas, habrá que disculparlo)

Al romper el silencio, tuve la impresión que habíamos  recorrido un largo trayecto por el interior de un misterioso y mudo túnel. Afortunadamente para mí, mis compañeros también sintieron ganas de hablar. Creo que incluso el tono de voz, nos cambió a los tres. Durante los últimos kilómetros, estuvimos muy concentrados y percibía que mediante el sonido de las palabras compartíamos algo más que frases con sentido.

Sergio nos explicaba el programa que su país desde hacía años, realizaba con las plantaciones de pinos Eliotis, que a uno y otro lado de la carretera íbamos dejando atrás. Avanzábamos en el mismo sentido que gira nuestro planeta, hacia el este. Por los espejos retrovisores veíamos como el sol se ocultaba lentamente tras las montañas y parecía despedirse con cariñosos destellos. Los cuises buscaban refugio entre la maleza, regresando a sus terrestres nidos. Los tupidos y robustos timbós, también llamados orejas de negros, proyectaban sus frescas sombras y  al compás de un musical y repentino viento, parecían dispuestos a cantar y bailar. La tonalidad de la frondosa vegetación, palidecía por momentos.

A lo lejos divisamos las amplias y bajas casas de una ciudad, nuestro amigo nos dijo que se trataba de Quimili, situada a unos ochenta kilómetros de la vecina región (provincia para los argentinos) de Chaco. Tal y como habíamos acordado, al entrar en la población buscamos un sitio para pasar la noche. No tardamos en hallar un  pequeño y coqueto hotel que nos agradó. El lugar elegido estaba situado cerca de una granja de ñandúes. Viendo correr de acá para allá en caprichosas estampidas a estas veloces y grises aves, parecía que contemplábamos las extrañas maniobras de un pequeño ejército diseñado por Picasso. Me alegraba saber que el término ñandú, procedía del guaraní para denominar a estas aves semejantes a los avestruces. Aparcamos la furgoneta y  deseando que hubiera habitaciones libres, fuimos a recepción. La entrada estaba flanqueada a ambos lados por  lapachos, lo cual me dio buenas sensaciones; pues son árboles cuyas coloridas hojas me producen un gran impacto estético. Tuvimos suerte y pudimos obtener  una habitación triple, justo lo que deseábamos, así podríamos hablar hasta dormirnos. En cuanto dejamos los bolsos de viaje en nuestra estancia, salimos a comer a un cercano restaurante. No podría explicar la razón por la cual casi todos  los paisajes que veía, me resultaban familiares. Sergio me decía medio en broma, medio en serio que de una vez por todas, aceptara que en otro tiempo yo ya había estado por esa zona. Terminamos de cenar  y siguiendo una fila de palos borrachos, regresamos al hotel.
San Martín
En la pequeña sala de estar, nos sentamos en unos cómodos sillones con intención de escuchar las noticias por la televisión. Decidimos esperar un rato pues estaban pasando la clásica película  del oeste “Solo ante el peligro”. Al poco tiempo de estar allí, me dio un ataque de risa y tuve que salir apresuradamente. Oír a Gary Cooper  hablando en argentino, pidiendo ayuda a los ciudadanos en la iglesia del pueblo; era demasiado para mí. No pude contener  las carcajadas y todos los presentes, me miraban como si estuviese loco, lo cual me producía aún más risas. Salí al jardín y a la luz de unos faroles, pude divisar unos enormes quebrachos los cuales deben su nombre a la dureza de sus troncos, pues las hachas de los leñadores se quebraban al ser talados. Estos longevos y ramosos gigantes, me inspiraban  más seriedad que Gary Cooper.

Cuando me calmé, regresé para reunirme de nuevo con Arián y Sergio. Observé que un rincón de la sala, jugaban al ajedrez. No pude evitar acercarme para ver el desarrollo de la partida. Mis dos amigos me miraban sonriendo, como si me dijeran: - quédate ahí y te entretienes un rato.

Antes de sentarme para ver el juego, fui a la cafetería por unos cafés, para mis compañeros y para mí.

(Es un buen momento para invitar a café a quien lea en este momento, así pues amable lectora o lector, quedáis invitados).

Pedí permiso a los dos jugadores para sentarme con ellos. El que conducía las piezas negras, simpáticamente me dijo que procurara no reírme mucho; riéndome les prometí portarme bien. No tardamos en comentar las incidencias de la partida y de no estar tan cansado, me hubiera quedado con ellos durante muchas horas. Nunca me he sentido extranjero donde se juega una partida. Para mí el ajedrez, siempre será mi verdadera patria, igual que mi añorada Algeciras y el idioma con el que me comunico.

Subimos a la habitación, había que descansar pues teníamos la intención de hacer muchos kilómetros al día siguiente. Había comenzado a llover y la temperatura descendió ostensiblemente. Estaba tan cansado, que muy pronto abandoné la amena charla que manteníamos. El viento parecía susurrar tras los cristales de la amplia ventana la cual permitía divisar las lejanas montañas de Quimili.  Recuerdo que  me dormía contra mi voluntad, el cansancio me vencía  y no pude participar de la interesante conversación que Arián y Sergio aún sostenían. No sé cuánto tiempo estuve dormido, en  algún momento de la madrugada desperté sobresaltado por una pesadilla.

Soñé que me encontraba en una selva de Misiones. Una bella indígena huía conmigo,  escapando de los disparos de los enloquecidos soldados que mataban a todos los guaraníes, jesuitas y personas que apoyaban la causa de éstos. La mujer y yo corríamos desesperadamente cogidos de la mano. Ella me indicaba que siguiéramos a su padre, el karaí, el guía espiritual de la tribu, para adentrarnos con él en plena selva. La espesura y los conocimientos de su progenitor, nos protegerían de las armas de fuego de nuestros perseguidores. Trágicamente una asesina bala alcanzó el cuello de mi compañera, ésta, cayó al suelo envuelta en sangre, me arrodillé para socorrerla y comprendí que ya era tarde. Llorando besé sus queridos y dulces labios para despedirme de ella. Abracé su cuerpo febril y compulsivamente queriendo devolverle la vida. Sólo pude escuchar unas palabras en su idioma materno que me decían que me salvara, y que la dama negra de ajedrez que pertenecía a mi familia, se encontraba en el sitio que habíamos acordado por si llegaba este momento. Sus labios callaron y un profundo silencio como un fantasmagórico puñal, penetró en mi alma, hiriéndome de muerte. Los disparos de los cobardes egoístas, acabaron con mi vida; pero ya no quería vivir. Antes de morir abracé por última vez y para la eternidad a mi compañera.

Desperté acongojado y bañado en sudor. Comprendí que no podía seguir durmiendo. No sabía qué hora era, no quise encender la luz para no despertar a mis amigos. Bajé silenciosamente a la sala de estar con la ilusión que hubiera alguien jugando al ajedrez, necesitaba distraerme. Una débil lamparita al final del pasillo,  indicaba la salida y me recordaba el famoso túnel que dicen que hemos de cruzar cuando vamos a morir. Llegué a la sala y pude observar por uno de los ventanales, que la lluvia arreciaba por momentos. El oscuro cielo de Quimili, lloraba compungidamente. Un fuerte viento estrellaba las nocturnas gotas de agua contra los cristales. El estruendo de los truenos, parecían los redobles de unos tambores que anunciaban la muerte. De pronto advertí que no estaba solo. Un desconocido compartía conmigo aquella extraña soledad, otra persona también presenciaba el lamento de la noche. En la penumbra sólo podía apreciar la silueta de alguien  que sentado, apoyaba la cabeza sobre ambas manos. Decidí esperar allí hasta que amaneciera y me senté  a una distancia prudente para no molestar a aquel extraño compañero del pluvioso espectáculo. Cada cierto tiempo como astronómicas antorchas, los relámpagos con enfurecidos resplandores, inundaban de luz la espaciosa habitación en la que nos hallábamos. Sentí una presencia, la persona que antes estaba sentada, se había levantado y caminaba hacia mí. Estaba tan absorto en mis pensamientos, que ya no temía nada. Una conocida y amistosa voz, detrás de mí preguntó.
Ruinas de San Ignacio
-    ¿Has vuelto a soñar con esa mujer verdad Rafa?

Era mi buena amiga y compañera Arián. Me alegré que se tratara de ella, así podría pensar en voz alta. Respondí.

-    Sí, he vuelto a soñar con ella y creo que tú  también has tenido una pesadilla. He sentido en mi sueño mucho dolor, mucha opresión; murieron demasiadas personas en las misiones. Es indignante, terrible, y espantoso que por egoísmo murieran tantos seres humanos que no habían hecho daño a nadie y que sólo querían mejorar sus propias vidas.

Con voz cansada, mi gran amiga comentó.

-     Rafa yo estuve también en esas misiones, mi marido era un hermano tuyo. Vinimos los tres desde Algeciras en un barco que tú capitaneabas. Más tarde te enamoraste de esa mujer que ahora se te aparece. Trabajábamos en un taller de escritura y lectura, alfabetizando a los indígenas; a la vez que aprendíamos guaraní; pues ya se había construido un alfabeto de este idioma. Un mal día los bandeirantes incendiaron el taller y  cometieron múltiples asesinatos.

Las palabras de mi joven compañera, me parecieron muy esclarecedoras. Suspiré profundamente y dije.

-    No hay más remedio que aceptar de una vez por todas que en otro tiempo, estuvimos aquí; eso explicaría muchas cosas. Es un alivio para mí, que estés convencida de lo que dices, porque si tú también viniste; ya no me siento tan culpable de haberte metido en todo este asunto.

Como queriéndome consolar, Arián respondió.

-     No tienes que sentirte culpable por nada. Tu hermano, que se llamaba Gabriel y yo, estábamos tan involucrados en la causa de las misiones como estabais Sarika y tú.  Así que ya sabes, este asunto, como tú lo llamas, también es cosa  mía.

Extrañado por tantos datos que ella me aportaba, pregunté.

-    ¿Gabriel era un hermano mío? ¿Sarika se llamaba la mujer de quien me enamoré?

La valiente madrileña, contestó a mis preguntas.
Era martes y aún así nos embarcamos rumbo a la isla de San Martín. Cataratas de Iguazú
-    Tu hermano  era profesor de literatura en Alicante donde yo vivía y como quiso venir contigo a Misiones, regresó a Algeciras. Yo estaba enamorada de Gabriel, así  que me casé con él para poder acompañaros. Sarika era el nombre de la indígena de quién no sólo te enamoraste, también te casaste con ella por el ceremonial guaraní. Esta noche a pesar que hemos dormido poco, nos han sido reveladas muchas cosas.

Nos miramos con fraternal complicidad, ahora sabíamos que habíamos compartido nuestras anteriores vidas. Sabíamos que juntos encontraríamos la dama negra en San Ignacio. De pronto un relámpago iluminó  toda la estancia, dimos media vuelta para ver el exterior de la sala y quedamos sobrecogidos. Dos personas, una mujer y un hombre aparecieron tras los cristales. Las doloridas expresiones de sus rostros, nos transmitían una indescriptible angustia; creo que en algún momento confundimos la intensa lluvia con las lágrimas de esta enigmática pareja. Repentinamente enlazando sus manos, sostuvieron una figurita, como si quisieran mostrarnos la pieza que debíamos encontrar. Se trataba en efecto de una dama negra de ajedrez. Poco después pudimos observar que sus semblantes ya no transmitían tristeza, nos miraban con infinita dulzura y nos regalaron las más tiernas de las sonrisas y lentamente los rasgos de estas familiares personas, comenzaron a desdibujarse. Cuando desaparecieron de nuestra vista, la claridad del alba parecía bajar de las montañas, dando paso al día. La  lluvia dejó de golpear los cristales y todo quedó en calma.

Arián me comentaba que en este nuevo día, atravesaríamos la contigua provincia de Chaco, cruzaríamos un tramo de Corrientes y ya estaríamos en Misiones.

Una larga jornada de viaje nos esperaba y nosotros apenas habíamos dormido.

No sé exactamente en qué pensaba, sólo era capaz de sentir. Sabíamos con certeza que Sarika y Gabriel, nos habían precedido, se habían adelantado para transmitirnos amor y desearnos suerte. Las imágenes de estas queridas personas del pasado, aún permanecían en nuestras retinas. Debíamos prepararnos para el viaje, pero aún no podíamos ponernos en marcha. Un intenso llanto nos atenazaba, nos abrazamos en nombre de los aparecidos, compartiendo la salada y cálida lluvia que los sentimientos habían provocado. Cuando nos calmamos, Arián con renacida alegría exclamó.

-¡Rafa hoy estaremos en Misiones!

Una amiga y conocida voz, resonó por toda la sala.

-¡Por fin os encuentro!

Era Sergio que se reunía con nosotros para desayunar.

Desayunar con Arián y Sergio, siempre es para mí como desayunar con dos tesoros vivientes. Aquella soleada mañana desayunamos con la avidez de costumbre, pero con más rapidez pues queríamos llegar a  Posadas, capital de Misiones, antes que anocheciera. Mientras saboreábamos un  delicioso café, trazamos un sencillo programa de viaje.

(Para que la felicidad sea aún más completa, invito a café a todos los que aún seguís leyendo este relato, ya sabéis  que el café no puede faltar).

El plan era el siguiente: pasar la noche en Posadas, por la mañana salir directamente hacia Puerto Iguazú, para ver las cataratas desde la frontera argentina. Al otro día haríamos un matutino viaje para cruzar la frontera brasileña por Fo de Iguazú para ver las cataratas desde otra perspectiva y al día siguiente, regresaríamos a Misiones para visitar las ruinas jesuitas de San Ignacio.
Cantando sobre el agua
Salimos del hotel y la furgoneta parecía contenta de cargar de nuevo con nosotros, creo que  incluso la figurita se alegraba de vernos. El sol ascendía por momentos ante nuestras absortas miradas. Contemplar tan pintorescos paisajes, ver tanta  variedad de fauna, sobre todo aves, y de árboles; era un continuo y embelesador espectáculo. Atrás dejábamos la provincia de Santiago del Estero y decidimos cruzar la de Chaco pasando por su capital la mítica ciudad de Resistencia. Recuerdo que cuando salimos de dicha población; nuestro dilecto amigo Sergio, nos explicaba que cuando viésemos las cataratas, nos daríamos cuenta que mientras las mejores vistas las obtendríamos desde Brasil, las mejores sensaciones las percibiríamos desde Argentina. A partir de ese momento, tuve en cuenta este dato como un misterio a resolver; al cabo de dos días ya no me cupo dudas que nuestro compañero tenía razón, pero faltaban muchos kilómetros para llegar hasta esos emblemáticos saltos de agua. Transcurrieron dos horas de marcha y paramos un momento en una cantina. Arián quedó impresionada observando unas amatistas que el dueño coleccionaba en un magnífico armario de fina ebanistería. Tomábamos café (si estás leyendo, ya sabes que te invitamos) mientras comentábamos la singular belleza del local. El  mismo dueño era quien atendía a los clientes; nos explicaba que las amatistas procedían de la misionera ciudad de Wanda, y  que los indígenas las usaban como remedios mágicos para los trastornos nerviosos. Yo pensaba que me vendrían bien unas pocas toneladas de estos medicinales cuarzos. También nos dijo que las maderas usadas tanto para el armario, como para recubrir las paredes  de la taberna, eran de un apreciado árbol llamado guatambú. Los tres escuchábamos agradecidos y con respeto al tabernero; pero lo que decía, no era una novedad para nosotros; momentos antes, Sergio ya nos lo había explicado. Lo que sí es cierto es que tuvimos que añadir a nuestro particular y compartido itinerario, la ciudad de Wanda en Misiones; Arián quería regalar algunas piedras para su familia y sus amigos; yo pensaba que faltando aún casi dos meses para regresar a España y dada su afición a la mineralogía, hundiría el avión con tan inmenso y pétreo peso.

Quedaba poco para llegar a la vecina provincia de Corrientes y cuanto más nos acercábamos al grandioso Paraná; más variaba el colorido de la vegetación, el tono verde aumentaba hasta ofrecer ese cromatismo típico que caracteriza a las selvas sudamericanas; sencillamente estábamos llegando a nuestro destino. ¿Cómo no detenerse para ver de cerca, incluso refrescarnos en tan legendario y caudaloso río? No me extrañaba que Corrientes fuese la cuna del libertador descendiente de españoles, San Martín. ¡Qué pena que para conseguir tantas cosas, tuviera que emplear las armas!

 Nos detuvimos para comer en las orillas del generoso Paraná. El comienzo de la tarde trocaba el azul cielo por  un gris cada vez más intenso. A lo lejos desde la orilla opuesta, una inmensa bola de fuego anaranjada parecía descender perezosamente. Jamás he contemplado una puesta de sol tan nítidamente como aquella tarde. Podíamos admirar sin dañarnos la vista todo el disco solar, no sé la razón  que posibilitaba ver por completo tan luminoso círculo; Sergio y yo habríamos jurado que estábamos detectando una mancha solar, identificábamos un punto oscuro cerca del centro. En ese momento recordé un truco astronómico que me enseñó hacía muchos años, mi buen amigo Javier de Mosteyrin. Como siempre llevo un bolígrafo conmigo, lo usé para ocultar con él ante mis ojos, la enigmática mancha. Lógicamente lo coloqué en horizontal con respecto al suelo. La idea es que si el sol, como es natural, sigue moviéndose hacia abajo (sabemos que no se mueve así, pero para tal efecto, era lo mismo); pasaría por debajo del bolígrafo, y si dicha mancha seguía estando en el mismo lugar, entonces no habría duda que era algo perteneciente a nuestro soberano astro. Transcurrieron pocos minutos, para darme cuenta después de repetir varias veces la prueba, que ese  oscuro punto mantenía la misma posición dentro del disco solar.
Garganta del Diablo. Vista argentina
 Teníamos prisa, comimos con rapidez pero seguíamos maravillados por el paisaje. Regresamos a la furgoneta y a escasos metros de ella, creí ver en la arena la figurita que estaba en la guantera, al acercarme advertí que sólo se trataba de una estilizada y oscura piedrecita. Arián tenía ganas de conducir, así que cedí mi lugar de copiloto a Sergio y como aunque parezca raro, durante casi todo el día estuve calladito, me puse en los asientos traseros, justo en el centro para poder hablar mejor con mis amigos. Algo que se deslizaba con el desplazamiento del vehículo, chocaba en mis pies; era la figurita que se había caído. Tanto Arián como Sergio, advirtieron que nuestra inmóvil mascota, no estaba en el lugar de costumbre. Cuando me preguntaron les dije, que acababa de recogerla, que se había soltado y que la encontré debajo de los asientos. Nuestro buen amigo me preguntó si creía en las premoniciones. Contesté que a estas alturas, creía en demasiadas cosas extrañas aunque la ciencia las calificara de casualidades o de rarezas incluso de supersticiones. También comenté que los científicos, jamás demostrarán ni la falsedad ni la certeza  de lo que algunos pensadores llaman fenómenos paranormales; porque para tales demostraciones, aún debían aprender mucha ciencia. Pasé la figurita al copiloto para que la colocara en su lugar habitual. Sergio parecía meditar profundamente y al cuando tomó de nuevo la palabra, mantuvimos la siguiente conversación.

S- He preguntado lo de las premoniciones, porque como ya sabéis, muchas veces pienso que  figurita es como un transmisor, una herramienta de comunicación; y el hecho que la hayas encontrado justo en tus pies, igual es un indicio de  que debemos buscar tanto en el suelo como en las paredes de las ruinas. Quizás  al llegar a San Ignacio caminemos sobre ella.

A- Seguro que al llevarla con nosotros, la figurita nos servirá de detector, pero aún no sé por qué motivo, encontrar esa dama negra de ajedrez, es tan importante. Ésa es la pregunta que más me inquieta, ¿por qué y para qué hemos de hallarla?

R- Estoy totalmente de acuerdo, además en caso que la encontremos, no sabríamos ni qué hacer con ella, ni a quién pertenecería. No sabríamos si debemos quedarnos con ella o entregarla al museo arqueológico de San Ignacio. Ha permanecido demasiado tiempo escondida, creo que sería casi imposible responder a estas dudas.

S- Pero si volvéis a tener esos sueños tan misteriosos, igual se os revelarán nuevos datos. Sólo faltan dos días para visitar las ruinas, estoy convencido que muy pronto sabréis cosas nuevas; quedan dos noches para soñar.

A-    Segura estoy que si lo que hay que buscar tiene algo que ver con el ajedrez, es por culpa del cabezota del Rafutis. Por lo tanto  si hay que volver a tener esas extrañas experiencias oníricas, espero que este cabezón  también las tenga, porque para mí sola serán demasiadas revelaciones y hay que compartir ¿no crees Rafutis?
Emoción sobre el agua
No tuvimos más remedio que reír, aunque no podría decir con certeza si la opinión de mi amiga me preocupaba o me alegraba. En cualquier caso, lo mejor para todos era que la búsqueda de la pieza concluyera cuanto antes. Si para un mejor despertar había que soñar, que así fuese.

Sergio y yo, nos miramos con complicidad y como nos hacía gracia la madrileña y acentuada forma de hablar de Arián; gritamos al compás.

 -¡¡¡ Esssssssssssssssssssssssssstaaaaaaaaaaaaa niñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa   esssssssssssssssssssss demasssssssssssssssssssssssssssssssssssiado para nossssssssssssssssssssssssssssotrosssssssssssssssssssssssssssss!!!

 Casi sin darnos cuenta salimos de Corrientes y entramos en Misiones. ¡Por fin llegamos a Misiones! La tierra se tornaba más y más roja conforme nos adentrábamos en la nueva provincia. Quizás el tono rojo del suelo me producía ganas de hablar, comenzaba a encontrarme de mejor humor, durante casi todo el día estuve poco hablador, incluso lacónico. Las interminables y cilíndricas columnas de termiteros a cada lado de la carretera, así como las vastas plantaciones de hierba mate y el casi cegador verde de la vegetación; consiguieron apartarme de mis elucubraciones acerca de mi pasado. Mis dos compañeros se alegraron de verme con mejor ánimo; sentía que una energía muy especial recorría todo mi ser; como si el aire de Misiones me rodease de revitalizantes sensaciones.  Anochecía cuando llegamos a Posadas; habíamos logrado el objetivo del día. Sólo restaba encontrar un sitio para cenar y dormir. Yo bromeaba diciendo que en Posadas al menos una posada deberíamos encontrar, y en efecto tardamos muy poco tiempo en hallar un hotelito semejante al de Quimili; éste tenía además un jardincito a la entrada con unos estupendos columpios.
 Igual que la noche anterior dormiríamos en una habitación triple; para este menester sólo hace falta poseer la elocuencia y diplomacia de mis dos compañeros.

- ¡Dos días! no me cansaba de repetirme a mí mismo, que sólo quedaban dos días para llegar a San Ignacio. Decidí concentrarme en la alegría que me produciría ver por la mañana las Cataratas de Iguazú. Meditaba también sobre cómo varían las sensaciones y los deseos de las personas en cuanto a prioridades se refiere. Respecto a los viajes durante toda mi vida, ir a las cataratas, fue mi más deseado sueño y mi más ferviente ilusión. Ahora ese anhelado sueño, era compartido con otro; explorar y encontrar una dama negra de ajedrez en unas ruinas jesuitas. Cuando les comenté esta dualidad a mis amigos, los dos me aconsejaron lo mismo; que disfrutara de ambas cosas, exactamente igual que harían ellos.
Garganta del Diablo. Vista brasileña
 Dejamos los bolsos de viaje en el hotel y salimos a cenar a un restaurante que nos aconsejó el recepcionista, donde un grupo de músicos interpretaban canciones populares de muchos países. La comida era excelente ¡qué bien saben las mandiocas de Posadas! Estábamos ya tomando café, después de los postres, cuando el solista del grupo musical, preguntó a los clientes si alguien de España se encontraba cenando en ese momento. La intención era tocar una canción típica española. Arián no pudo remediar decir que era de Madrid; yo con más timidez sólo pude saludarlo con la mano. El solista parecía ser muy cosmopolita, pues para colmo de mi desgracia, respondió que interpretaría un chotis, a condición que la madrileña y yo, formáramos pareja de baile. Yo miré desesperado a Sergio para que fuese él quien bailara, pero éste respondió.

-Vamos Rafita si fuese un tango o una chacarera, bailaría yo; pero esta vez te corresponde a ti.

Sólo pude responder casi aterrado.

- ¡Esssssssssssssssssssta   niñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Me armé de valor, me dejé llevar por el sentido del ritmo de mi buena amiga y pude salir de aquel trance musical; y aunque creo que yo debería parecer mientras bailaba, un escarabajo metido en un tarro de pegamento, cuando acabamos la pieza, por respeto, todos los presentes nos aplaudieron. Al oído,  le iba diciendo a la muchacha de los castellanos acentos.

-    Essssssssssssssssssssssssssta me la pagassssssssssssssssssssssssssssssssss Arianidusssssssssssssssssssssssssssssss.

Terminamos de cenar y muy contentos regresamos al hotel. A la entrada, los columpios se balanceaban mecidos por una suave brisa. Aunque era invierno, la noche invitaba a pasear. Estábamos en el noreste de Argentina y también en eso las cosas son distintas a  como suceden en España, cuanto más al norte nos encontrábamos, más calor hacía.

Entramos en la sala de estar, instintivamente miraba por todos sitios para comprobar si alguien jugaba al ajedrez. Para mi felicidad, estaban jugando una partida con un tablero que al igual que las piezas era de  bambú. Sergio nos comentó que se  alegraba que estuvieran jugando al ajedrez, pero que no le gustaba que se incrementaran las plantaciones de bambú, porque no es una planta autóctona de la zona y estaba causando daños de invasión en la selva. Comenté a mis amigos que en lugar de ver alguna película, prefería curarme en salud y me quedaría observando la partida; no fuera que me diese otro ataque de risa. Como no puede ser de otra forma, rápidamente entablamos conversación los dos jugadores y yo. La velada fue inolvidable para mí, intercambiamos no sólo opiniones sobre ajedrez, también sobre famosos escritores argentinos y españoles.

Unas dos horas después me reuní con mis inseparables compañeros de viaje y nos retiramos a descansar. Todavía teníamos fuerzas para charlar durante mucho tiempo antes de quedarnos dormidos; creo que esta vez ellos visitaron al dios Morfeo antes que yo. La emoción  me embargaba por completo, dentro de pocas horas estaría en las cataratas. A la mañana siguiente desayunamos con avidez, había que tomar  fuerzas para caminar por todo lo largo y ancho de los saltos de agua.
La fuerza del agua
Durante dos días, uno en la frontera argentina y otro en la brasileña, pudimos contemplar más de doscientos setenta saltos de agua que caían desde una media de setenta y cinco metros de altura, a lo largo de más tres kilómetros y medio.

Sería imposible describir el más impresionante paisaje que he admirado en toda mi vida. No podría explicar con palabras la emoción que sentía al ver tantas especies de aves y de plantas. Vencejos por acá, atravesando como aladas saetas las inmensas cascadas; por allá, bandadas de tucanes dueños del aire con su señorial plumaje, vestidos de negro parecían perseguir para besar sus  propios, coloridos y robustos picos. ¡Indescriptible! Todo era tan grandioso como inefable .Era como un gigantesco teatro de la naturaleza, cuyos actores de eterna y bella elocuencia; nos hablaban de la vida y cuyo telón era una formidable cortina de agua que no cesaba de caer.

Al cabo de los dos días, pude comprobar el motivo por el que Sergio decía que la emoción estaba del lado argentino y la belleza de las vistas del brasileño. Desde la frontera de su país, pudimos caminar por un entramado de puentes de madera sobre el río Iguazú, hasta llegar a la Garganta del Diablo y contemplar como el mayor de todos los saltos de agua, se desplomaba casi desde  nuestros pies, como un mar que fuese tragado continuamente por la tierra. Cuando los tres nos miramos, después de ver el sublime y acuático espectáculo, tomamos conciencia que estábamos llorando, como si nuestras lágrimas quisieran acompañar a las desprendidas aguas. Desde el lado argentino las cataratas se observaban con unas perspectivas más apaisadas, y podía verse además muchos arcos iris formadas por las astronómicas cantidades de gotas de agua en suspensión. En efecto: las mejores sensaciones desde Argentina, las mejores vistas desde Brasil. De todas formas insistiré siempre en que las Cataratas de Iguazú, no son  paisajes para ser descritos, sino para ser vividos.

Al tercer día de estar en Misiones, teníamos que realizar el próximo objetivo del programa; ¡visitar las ruinas de San Ignacio!

Pero antes debéis perdonarme porque con la emoción de las cataratas, he olvidado deciros que antes de llegar a ellas; Arián y yo, ya sabíamos por qué y para qué teníamos que encontrar la dama negra de ajedrez. Volvimos a soñar los dos durante la noche que pasamos en Posadas. Ambos despertamos sobresaltados, yo salí del hotel buscando el fresco de la noche y me senté en uno de los columpios; para mi sorpresa antes que yo llegara, ya había otra persona sentada en el otro columpio. Se trataba mi queridísima amiga Arián ¡essssssssssssssssta niñaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
 
La noche invitaba a conversar, aunque no había luna llena, la claridad que proyectaban las farolas del jardín, iluminaban lo suficiente para poder charlar con tranquilidad. Los dos éramos conscientes que no podríamos dormir; sabíamos que de nuevo mediante el sueño; personas cercanas de nuestro pasado, se habían comunicado con nosotros. Todo lo que tenía que contarle a mi amiga, me parecía tan extraño, que sólo me tranquilizaba pensar  que a ella le ocurría lo mismo que a mí, por lo tanto la mutua comprensión estaba asegurada. Propuse a la pensativa madrileña que entráramos en la cafetería, pues el rocío de la noche comenzaba a hacerse notar.

(Como ya sabéis, estáis invitados todos los que aún seguís leyendo este relato).

Elegimos una apartada mesa para poder hablar con toda tranquilidad. Acompañados por el aroma, el sabor y el calor de un magnífico café, dimos rienda suelta a nuestra onírica complicidad manteniendo esta conversación:

A-    Rafa estoy segura que la cercanía hace que los sueños sean cada más intensos, más reales; es como si quisieran subrayarnos que no nos marchemos de aquí sin encontrar la dama negra.

R- Es la misma sensación que yo tengo. Estoy convencido que no tendrían ningún sentido todas las experiencias extrasensoriales que estamos teniendo, si no fuesen por una causa, por un motivo, por algo que en otro tiempo debió realizarse, pero que fue imposible por circunstancias muy ajenas a nuestra voluntad. Ahora, más de doscientos años después, tenemos una nueva oportunidad.

A- Tenemos un nexo en común, tu hermano Gabriel, que es con quien sueño desde que comenzamos este viaje. Me ha comunicado que vuestro padre vino con vosotros, para regresar con el barco. Tanto Gabriel como tú, le prometisteis que en un plazo de tiempo no superior a tres años, regresaríais a España. Los dos abrazando a vuestro progenitor, hicisteis juramento de regresar. Entonces tu padre (que por cierto, también se llamaba Rafael), te entregó la dama que estamos buscando. Te dijo que el juego de ajedrez que estaba en Algeciras, ahora tenía una pieza menos y era muy importante que siempre estuviera completo, por eso tú le prometiste que regresarías con ella y con tu hermano Gabriel. También hubo un encargo para mí; que cuidara de vosotros.

R- Supongo que mis húmedos ojos, expresarán más emociones que mis palabras. Al soñar con Sarika, ésta me explicaba con su melodiosa voz que las piezas de ajedrez, así como el tablero, fueron un regalo de bodas para su hija, por parte de mi abuelo paterno que se llamaba Federico y era un prestigioso artesano de la madera. Cuando se lo regaló a mis padres, les dijo que su deseo era que el juego completo, pasara de primogénito a primogénito. Por esta razón, Sarika intuyendo que las misiones correrían peligro, introdujo la dama de ajedrez, en una cajita de madera de timbó, el interior del cofrecito, cubriendo la figurita, lo rellenó de hierba mate. Los guaraníes también usaban esta planta como conservante. El lugar elegido para esconder la dama, es como bien sabemos, las ruinas jesuitas de San Ignacio. Me preocupa que no me haya comunicado el lugar con exactitud.

 A-    Pues a mí no me preocupa eso mucho, porque una vez allí tu intuición (o la mía), te llevarán al lugar exacto, ya lo verás. Si Sarika no te lo ha comunicado es porque confía en ti y además supongo que ella sabe que si tienes algo que resolver, estarás más motivado; ¿o piensas que te lo va a dar todo hecho?

R-¿Cuándo sueñas con mi hermano, cómo lo ves, qué sensación te transmite?

A- Me transmite paz y tranquilidad y una inmensa ternura; creo que para tu hermano, compartir todo lo referente a cultura, era aparte de un placer, una herramienta popular de liberación; ¿no crees que ésa es la razón por la que vino?

R- El resumen de todo esto es que dejamos sin cumplir, lo que Gabriel y yo prometimos a nuestro padre; es curioso porque una de las cosas que más detesto de las personas, es que no cumplan su palabra.

A- No te preocupes, aunque hayan pasado más  doscientos años, la palabra sigue en pie, porque sólo la muerte impidió que la cumplierais. Rafutis  te aconsejo que disfrutes de tu gran sueño, ver las cataratas, céntrate en eso; sólo quedan tres días  para que estemos en San Ignacio y no tengo dudas, por más oculta que esté esa dama, tanto Sarika como Gabriel, nos ayudarán a encontrarla.

El sol comenzaba a sumergir en su lago de luz a las estrellas que como lucíferos pececillos se ocultaban en sus esplendorosas aguas.

Nos miramos pensativos y alegres al mismo tiempo, nos sentíamos acompañados mutuamente;  y teníamos una misión que cumplir; éramos cómplices.

Decidimos buscar a Sergio para desayunar con él y comenzar el viaje a las cataratas. Tres días después, por fin llegamos de noche a San Ignacio. Hacía mucho tiempo que la oscuridad había invadido toda la ciudad, buscamos y encontramos un hotel con habitación triple. Soltamos los bolsos y salimos a cenar. Todo parecía cotidiano pues la misma operación ya la habíamos realizado antes, pero esta vez, sucedió algo que ninguno de los tres supimos explicar.

Salimos de la habitación dispuestos a encontrar un restaurante, Sergio cerraba la puerta con la llave cuando se dio cuenta que un objeto pequeño parecido a un muñequito estaba muy cerca de sus pies. Al recogerla del suelo, advirtió que se trataba de la figurita de Berny, que a modo de mascota habíamos colocado en la guantera de la furgoneta. Nos miramos  preguntándonos de qué forma habría llegado aquel juguete hasta la puerta. No sabíamos la respuesta y dije que como soy tan despistado igual sin querer yo mismo lo traje sin darme cuenta.

Arián comentaba que de todas formas lo ocurrido era muy extraño, ya que yo tuve dos despistes, uno el de coger la figurita y otro el de dejarla caer en la puerta; y además ninguno de los tres  nos dimos cuenta de nada. La verdad es que a estas alturas, pocas cosas nos extrañaban ya. Cogí el travieso muñequito y lo coloqué sobre la televisión.

A pesar de que estábamos en el mes de Agosto, la noche era agradable, casi cálida y por tanto nos ofrecía la oportunidad de dar un buen paseo. Tuve la tentación de acercarme a las ruinas aquella misma noche, pero mis amigos me animaron a esperar la mañana, además no podría visitar fuera de horario un lugar tan turístico. Yo ansiaba la llegada del día, sentía que mi corazón vibraba, golpeaba mi pecho como un tambor que emitiera penas y alegrías contenidas durante demasiados años. Mañana iluminado por  el sol, mi corazón se abriría como una flor que buscase una sutilísima luz que llevaba oculta más de dos siglos.

Encontramos un restaurante cuyo comedor era una amplia sala rodeada de grandes ventanas. En el interior de trecho en trecho, había muchos escaparates con objetos típicos del lugar, compré algunas ocarinas de barro, desde entonces, siempre que mi hija Sara toca una de estos silbatos, mi alma se llena de recuerdos. Mientras cenábamos tuve que hacer muchos esfuerzos para controlar mi impaciencia, pero tanto Arián como Sergio son maravillosos conversadores y como siempre me hablaban de cosas que me interesan, conseguían calmar mi ansiedad. Como sabíamos que nos costaría mucho dormir, decidimos prolongar la cena y luego decidimos jugar al futbolín, pues durante el viaje jugamos alguna que otra partida y surgió una amistosa rivalidad entre los tres. Sergio me ganaba siempre al futbolín o metegoles como él lo llama y yo le decía que en España no me ganaría con tanta facilidad y él se reía preguntándome si era por jugar en casa. Dice un antiguo refrán que quien ríe último, ríe mejor, pues bien, esa paremia se cumplió plenamente: años después cuando ya vivía toda la familia de Sergio en Alicante, volvimos a jugar y me pude desquitar de tan monumental goleada. Los jugadores de los futbolines españoles tienen un diseño en la parte de los pies, totalmente distintos a los argentinos, por eso él jugaba mejor en Argentina y yo en España.

Tras la estrepitosa derrota futbolera, jugamos también al billar con suerte diversa, luego paseamos por el  centro de la ciudad. El dulce y fresco aire de San Ignacio me evocaba extraños y familiares recuerdos. Encontramos una cafetería y nos sentamos en una terracita cubierta con lona y estuvimos charlando hasta que el sueño nos iba venciendo. Regresamos al hotel y yo presentía que no podría dormir, el nerviosismo me tenía aturdido, sólo tenía ganas de contar  chistes y decir más tonterías de las normales; me sentía embriagado por una sensación parecida a la de un niño que espera con ansiedad que al día siguiente le regalen juguetes.

Estábamos cerca de la entrada del hotel cuando se me ocurrió una brillante idea; esta vez en caso que no hubiera nadie jugando al ajedrez en la sala, yo bajaría de la habitación con mi inseparable tablero magnético por si alguien quería jugar. En realidad la idea no era muy brillante, se le hubiera ocurrido a cualquiera, pero como no doy para más; se puede dar por buena. Cuando abrimos la puerta de la habitación, sentí curiosidad por ver si la figurita aún estaba sobre la televisión. Al comprobar que permaneció totalmente estática, suspiré contento; de haberla visto con el mando y cambiando canales, me hubiera muerto del susto. Como ya era costumbre, nos quedamos charlando tumbados en las camas hasta quedarnos dormidos, pero yo había cogido mi ajedrez de viaje y un libro de problemas de Kasparian; ambas cosas las puse sobre mi pecho al tumbarme en la cama como diciendo a mis compañeros  que saldría después de la tertulia. Arián quiso acompañarme y dejamos durmiendo a Sergio. Al salir por la puerta miré al suelo del pasillo y luego otra vez a la televisión y me tranquilicé: todo seguía en orden. El salón estaba desierto y casi me alegré  pues así podríamos hablar con más tranquilidad.Yo pensaba que si alguien que no fuese Sergio escuchara la conversación, nos tomarían por locos, a menos que le hubiera ocurrido algo parecido a lo que nos ocurría a nosotros. Arián me preguntaba si había recordado que yo cogiese la figurita de la guantera de la furgoneta, le contesté que no lo recordaba que no era consciente de haberla cogido. Colocamos las piezas y jugamos una partida comentando jugada a jugada todo su desarrollo. Mientras le explicaba a mi inteligente amiga la estrategia general del juego, me daba cuenta que si se lo propusiera, sería una buena jugadora, pues su capacidad de deducción me tenía maravillado. Arián me preguntaba si había discusiones sobre el nivel de juego entre los hombres y las mujeres, si los hombres jugaban mejor o al revés. Contesté que no había ninguna razón para pensar que los hombres juegan mejor, para mí era una simple cuestión de probabilidades; si hay más  hombres que mujeres en los torneos, es normal que el campeón mundial estuviera entre ellos. Arián se reía cuando le conté la opinión que sobre este tema, tenía el gran maestro inglés Nigel Short. Este maravilloso jugador opina que las mujeres son más inteligentes que los hombres, por eso no quieren perder  tanto tiempo de sus vidas con el ajedrez.

Jugamos y hablamos durante un buen rato y al terminar de resolver un problema de Kasparian, me dijo que estaba ya muy cansada y se retiraba a dormir. Yo le comenté que me quedaría  algún tiempo más.

En mi soledad mi mente no dejaba de pensar en qué sitio de las ruinas estaría la dama. Trataba de adivinar qué lugar elegiría una bella mujer guaraní de hace dos siglos. Me concentré en esa idea, imaginaba a Sarika queriendo salvaguardar un objeto que era muy importante para mi familia; me molestaba pensar que también yo podría haber guardado aquella pieza y no lo hice, seguramente porque mi confianza en el buen hacer de mi antigua compañera, era total. En la tranquilidad de la noche, no paraba de hacer conjeturas y mil elucubraciones daban vueltas en mi cabeza.
 Risas y agua
Para intentar distraerme, coloqué la posición de un problema de Kasparian, intentando resolverlo sin mover las piezas. Aunque  estaba absorto buscando la solución; advertí que una elegante mujer llegaba a recepción acompañada de su madre. Como todo estaba en silencio pude observar para mi sorpresa que hablaban español con acento andaluz. Deseaban una habitación doble. Cuando el recepcionista les dio la llave, caminaron cogidas del brazo y daban la sensación de ser muy atentas la una con la otra. Justo en ese momento, una fugaz intuición pasó por mi torpe mente. Recordé que para los guaraníes, la madre tierra era un regalo del bondadoso dios Tupá y deduje que Sarika encomendaría la protección de la dama negra a la tierra; por tanto la pieza estaría enterrada. No tendríamos que buscar entre los muros de los ruinosos edificios. Pero de todas formas, suponiendo que estuviera  oculta en la tierra, el asunto seguía siendo muy complicado porque tendríamos que explorar por el patio de armas, los jardines y demás lugares terrosos.

Seguía sin tener sueño, pero al menos estaba disfrutando resolviendo problemas artísticos. Cuando iba a colocar la posición de un nuevo problema, me di cuenta que alguien avanzaba hacia mí; se trataba de la bella mujer que había llegado con su madre. Se acercó con seguridad y con mucha confianza en sí misma. Sonriendo me preguntó si quería jugar una partida con ella. Acepté encantado y al ofrecerle las piezas blancas me dijo que era muy amable. No le ofrecía las piezas blancas porque ella era un mujer, sino por un acto de deportividad ajedrecística. Nos presentamos, me dijo que se llamaba Sonia y su madre Adriana y yo le dije mi nombre y que me había llegado acompañado por Arián y Sergio. No sé muy bien por qué motivo, pero creo que a Sonia le ocurrió lo mismo que a mí; sentíamos que podíamos confiar el uno en el otro. Tras los primeros movimientos recordé el sueño de la partida que tuve en el barco. Yo juego con negras y el peón de rey de las blancas avanza dos casillas y en pocas jugadas queda planteada la apertura española. Pero esta vez hay una gran diferencia, mientras en el sueño las piezas blancas se mueven solas, ahora son movidas por la preciosa mano de una mujer de dorados cabellos y con unos claros ojos que parecían lucir todo el intenso azul del océano que había dejado detrás. Se me ocurrió que en lo sucesivo, siempre llevaría mi tablero conmigo, así podría conocer mujeres tan especiales como la que tenía presente.

La partida se complicó y las jugadas tenían ahora una cadencia más lenta. Sonia entendía bien los conceptos posicionales de la partida. En un determinado momento me preguntó a qué había venido a San Ignacio y lo hizo al tiempo que apoyaba su cabeza entre sus manos, en ese momento hubiera jurado que sentí la presencia de Sarika. Después de una larga meditación, Sonia realizó una sorprendente jugada y al mismo tiempo me preguntó si podríamos continuar la partida al día siguiente por la noche después de la cena. Me miró con una sonrisa que además de bondad transmitía algo de solidaridad y me dijo que me notaba preocupado por algo. Como era una mujer muy agradable, acepté de buen grado su proposición y añadí que también me gustaría hablar tranquilamente con ella. Sonia anotó la posición en una pequeña libreta, y con amable voz me dijo que tras la cena de mañana conversaríamos y acabaríamos la partida y que procurara descansar. Le di las gracias por jugar conmigo y me contestó que la agradecida era ella. Se marchó y poco después el sueño se apoderaba de mí y me retiré a descansar.

Caminaba hacia la habitación y pensaba en hacer el menor ruido posible para no despertar a nadie y también pensando que no me gustaría encontrarme al muñequito esperándome en la puerta. Por suerte para mí, no había ningún centinela en la entrada y todo estaba tranquilo, sólo pude ver el lento pasear de un anciano que apoyado en un bastón se encaminaba al restaurante. Otra intuición se me vino a la mente cuando introduje la llave en la cerradura: debía comprar un bastón y caminar apoyándome en él. Entré y para mi alivio, la figurita seguía colocada en el mismo sitio, sobre la televisión. Cuando me eché sobre la cama, el cansancio era tremendo, intenté dormir mientras esperaba que mis buenos amigos se despertaran para desayunar. La noche había sido muy intensa y necesitaba reponer fuerzas urgentemente. Pocas horas después, una mano sacudía cuidadosamente mi hombro izquierdo, Arián me decía en voz baja.

D-¡Vamos Rafutis, llegó el gran día!

Completamente adormilado respondí.

-¿Vais a matarme?

Sergio mientras se afeitaba  reía diciendo.

-¡Essssssssssssssssstaaaaaaaaaaaa  niñaaaaaaaaaaaaaaaaaaa  esssssssssssssssssss  demasiado para nosotrossssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss!

Desayunamos con más rapidez que de costumbre y nos dirigimos hacia las ruinas. Por supuesto no habíamos olvidado llevarnos la figurita con nosotros, pues era como nuestra particular brújula. El día era precioso, el cielo estaba limpio y azul como los ojos de la mujer con quien había jugado al ajedrez por la noche. Contemplamos la famosa higuera conocida también como Corazón de Piedra, porque en el interior de su tronco se halla una pétrea columna  del tiempo de los jesuitas; ante tan singular milagro de la naturaleza, quedamos maravillados. Alrededor de toda la edificación, numerosas tiendas mostraban sus artículos de regalo. Como nos quedaríamos en San Ignacio dos días más, no teníamos prisas en comprar nada. Recordé al anciano con  el bastón y les pedí a mis amigos que me ayudaran a encontrar uno. Entramos en una tienda y Sergio me recomendó uno de alecrín, típico árbol de Misiones, cuya fuerte y rojiza madera imprimía cierta personalidad al bastón. Arián me pregunto por qué no esperaba el último día para comprar regalos y quedó sorprendida cuando le comenté que el bastón no era un regalo, que era para mi uso personal. Me dijo que no me impacientara que dentro de poquitos años ya podría usarlo por necesidad. Riendo les expliqué que lo había comprado porque se me había ocurrido que podría ser un objeto que pasara desapercibido para los vigilantes de las ruinas y que podría servir para localizar la pieza si con disimulo, lo usaba clavándolo en la tierra. Como es natural, mis queridos compañeros, me miraron perplejos. Les expliqué que intuía que la dama negra estaba enterrada y el bastón era para hacer hoyos a modo de sondeos. Entonces Arián, me dijo que estaba convencida que Sarika, debió ser una mujer amante de la paz, por tanto la pieza, no se contraría enterrada en el patio de armas, sino en algún lugar dedicado al cultivo de plantas o flores, posiblemente en los antiguos jardines.
Vista de una puerta de las ruinas de San Ignacio
 Antes de atravesar las murallas construidas con asperón rojo y adentrarnos en la edificación jesuita, visitamos el museo arqueológico. Mirando los cuadros que representaban a los guaraníes y a los jesuitas, mi amiga Arián lloraba con amargura y sobrecogido la abracé; siempre recordaré la extraordinaria sensibilidad de mi gran amiga. Todo lo que vimos y aprendimos no hacía sino aumentar nuestra admiración por la formidable convivencia entre jesuitas y guaraníes. Salimos del museo y pasamos por la puerta principal, mi ya estremecido corazón, comenzó a latir aún con más fuerza, una especie de energía revitalizante, me rodeaba por completo y yo buscaba y miraba por todos sitios intentando adivinar o intuir algún indicio de lo que buscábamos.

La construcción era tan sólida que ha resistido el paso del tiempo y los efectos erosivos de la intemperie. La combinación de solidez y arte que poseen las ruinas, era algo digno de nuestros elogios. En el interior y rodeado de rojizas murallas encontramos el patio de armas, yo miraba la superficie del césped, buscando algún saliente o algo parecido, pero me sorprendió la homogeneidad y la horizontalidad del patio. Dimos varias vueltas buscando espacios terrosos que estuvieran dentro de las murallas, pero no advertíamos nada especial. A ambos lados del verdoso llano, unas terrazas de cuidado césped, nos parecían que podrían haber sido antiguos jardines; pero las horas iban pasando y no detectábamos nada que pudiera darnos alguna pista. Yo miraba y miraba por todos sitios, unas veces a todo lo que fuese de tierra y otras a los encargados del mantenimiento de las ruinas. En mi desesperación pensaba que si me tumbaba sobre la hierba y rodaba sobre ella o sencillamente descansaba, al contacto de mi cuerpo  sobre la madre tierra, percibiría o captaría algunas ondas que me diesen pistas. Por momentos aumentaba mi desesperación, mis amigos también estaban inquietos.

Si me dejaba caer al suelo, podría decir a los empleados que me había dado un mareo; me preocupaba que si yo me tumbaba, otros visitantes hicieran lo mismo y aquello pareciera una manifestación parecida a la de los tiempos de Gandhi. Loco de impotencia me dejé caer al suelo, como si hubiera tropezado con algo. Sobre la hierba, besé el sagrado suelo. Los oídos comenzaron a pitarme, no sabía qué me estaba ocurriendo. Cerré los ojos y decidí que clavaría el bastón sobre el primer espacio verde que viese al abrirlos. Un extranjero que me vio caer, quiso socorrerme y agradecido le dije que no se preocupara que me no me hice ningún daño. Observé que en la dirección del solidario visitante, a su espalda se extendía una amplia zona rectangular semejante a  una gran alfombra verdosa. Arián y Sergio también se afanaban en hallar indicios, pero al mismo parecían disfrutar más que yo de aquellas joyas arqueológicas. El tiempo pasaba y Sergio propuso que saliéramos para comer algo y volver luego por la tarde. Contrariado acepté y Arián sabedora de mis preocupaciones, me recordó que ella estaba tan interesada como yo en encontrar la dama negra. Me dijo que me tranquilizara, que no estábamos allí guiados por el  azar ni por la casualidad. Sus sabias palabras, hicieron efecto en mí y poco a poco el febril estado emocional en que me encontraba, fue dando paso a una piadosa tranquilidad. Llegamos a un cercano restaurante y para mi asombro, me di cuenta que los tres estábamos muy tranquilos, como si tuviéramos que poner en común alguna conclusión y sólo faltase ejecutarla. Tras los cafés nos centramos en lo que íbamos a hacer.

(Por supuesto que quedáis invitados los que seguís leyendo).

Sergio comentaba que de alguna manera, todos habíamos intuido dónde se hallaba la dama. Arián se reía diciendo que mientras yo hacía el loco en el suelo, ellos disimuladamente, dieron varias vueltas sobre sí  mismos y con cuidado de no caer a tierra como hice yo; cerraron los ojos  y cuando los abrieron, sus miradas apuntaban al mismo sitio que yo observaba  cuando el extranjero quiso socorrerme. No podía ser casual que los tres, de forma independiente hubiéramos coincidido sobre el césped del mismo rectángulo. Si la intuición no nos fallaba, habíamos concretado mucho, pues al menos ahora sólo buscaríamos en un lugar. Sergio propuso que fuéramos de nuevo a la tienda para comprar otros dos bastones, uno para él y otro para Arián. Yo bromeaba comentando que al regresar  a las ruinas, apoyados cada uno en un bastón, íbamos a parecer una excursión de la mal llamada tercera edad. Salimos en dirección hacia la tienda, compramos los bastones y nos dirigimos a las ruinas. Caminando de esta guisa, parecíamos una suerte de tres mosqueros, cuya misión era rescatar de la cárcel del tiempo a una bella dama.

Las sombras de los muros de asperón rojo, eran mucho más alargadas que por la mañana, estaba cayendo la tarde. La gente nos miraba y no sabían si sentir pena o risa, porque a veces apoyábamos nuestro peso sobre los bastones y otras, jugábamos con ellos. Tan pronto como pudimos llegamos al cuadrilátero en cuestión. La uniformidad del césped auguraba que tendríamos  dificultades. Durante la comida, habíamos comentado que la pieza de ajedrez no debería tener una ubicación muy profunda, pues cuando Sarika lo ocultó no lo hizo con la intención que desapareciera para siempre, simplemente se trataba de un escondite temporal. Con cuidado de no ser vistos, hincábamos los bastones por donde nos parecía, pero cuando se hundían, no tropezaban con nada que fuese sospechoso. Pasaba un niño acompañado de su padre y cuando nos vio dijo.

-¡Papá, papá, son detectores de metales!

El tiempo pasaba y cada vez había menos luminosidad. Nos preocupaba la hora del cierre para los visitantes. Sergio  con su filosófica forma de ser, pensaba que aún disponíamos de dos días, que no perdiéramos la calma. Yo comentaba  que si todo el tiempo que nos quedaba, lo pasábamos pinchando la tierra, o nos contrataban para sembrar mandiocas o nos metían en la cárcel. En un momento de inspiración, se me ocurrió una feliz idea, le dije a Arián que sacara de su mochila la figurita que aún no la habíamos usado como elemento detector. Los tres nos miramos, extrañados que no hubiéramos reparado en la ayuda de ese muñequito que tantos sobresaltos nos había causado. Nuestra compañera sacó la inerte y diminuta criatura y una vez que salió de la mochila, nos dijo que también ella tenía una idea. Propuso que nos pusiéramos de espaldas al verde  paralelogramo y al azar, lanzáramos  al aire la figurita y allí donde cayera, clavaríamos un bastón. Nos pareció una buena idea, pues no disponíamos de ningún otro intuitivo método de búsqueda. El muñequito sería arrojado de la misma forma que una novia tira el ramo de flores el día de su boda. Mientras le dábamos la espalda al herboso plano yo suplicaba a todos los dioses que una vez en el aire, no pasara un tucán volando y se llevara al causante de los sobresaltos. A la de tres, Arián con todas sus fuerzas lanzó al aire la figurita y con curiosa rapidez nos dimos la vuelta para verla caer al suelo. El humanoide objeto giró en el aire sobre sí mismo efectuando gimnásticas cabriolas, incluso al  aterrizar nos sorprendió con su espectacularidad, pues cayó de pie.

Contemplamos la figurita erguida sobre la hierba, nos pareció que se trataba de un impaciente gnomo que nos gritaba que estaba justo en el sitio que tanto habíamos buscado. Miramos en todas las direcciones, no vimos a nadie y decidimos recoger la figura y hundir un bastón en su lugar. Sergio y yo convenimos en que fuera nuestra buena amiga quien clavara el bastón en la tierra. Arián respiró profundamente, nos miró diciéndonos  que le deseáramos suerte y avanzó con decisión, apartó la figurita apoyó la punta de su bastón en la tierra y ayudada de ambas manos, presionó con fuerza y cuidado sobre el mango, asombrados advertíamos que se hundía con facilidad y en un preciso instante la punta del bastón chocó con algo y pudimos oír un seco y esperanzador sonido. Con triunfadora sonrisa, Arián comentó que le parecía que las vibraciones que subían por el bastón, indicaban que el objeto con que había tropezado era algo hueco; podría tratarse del cofrecito en el que Sarika metió la dama negra. Volvimos a mirar por todos sitios, pues no teníamos más remedio que escarbar, la fortuna estaba de nuestra parte. Nos pusimos de acuerdo para que Arián mirase por si venía alguien y Sergio y yo cada uno con un bastón, agrandábamos el que ya había hecho ella.

De la misma manera que las Cataratas de Iguazú son inefables, también lo fue el momento en que sacamos de aquel hoyo la cajita de madera en la cual se hallaba el mejor tesoro que jamás pudiera encontrar. Con mucha sensatez, Arián con rapidez metió la cajita en su mochila y nos dijo que nos diéramos prisa, que tapáramos el hoyo y saliéramos de allí para sacar la dama en un lugar más tranquilo.

 ¡Qué felicidad, la habíamos encontrado! Una intensa satisfacción  se adueñó de nosotros. Salimos del recinto de las ruinas y buscamos una tranquila cafetería para poder admirar el contenido de aquella cajita. Ahora  para Arián y para mí, al otro lado del Atlántico, comenzaría otra misión: encontrar en España a la actual familia a quien perteneciera la pieza de ajedrez. Encontramos una tranquila cafetería de dos plantas, preguntamos si arriba servían café y subimos. Con verdadera ansiedad, pero con profundo respeto, abrimos el pequeño cofre. Una hermosísima dama negra de ajedrez de madera de ébano y peana de mármol rosado, apareció en su interior envuelta en  olorosas hojas de hierba mate. También encontramos una nota escrita con tinta sobre una tablilla, que decía: “esta pieza pertenece a la familia de don Federico González León”

Los tres nos abrazamos felices por el milagroso hallazgo. Un camarero subió con tres cafés y si exceptúo el que tomé cuando nació mi hija Sara; no recuerdo haber tomado un café más sabroso. Charlábamos como si hubiéramos realizado una portentosa hazaña arqueológica. De pronto, una elegante y bella mujer avanzó hacia nosotros, nos saludó y mirándome como si en ello le fuese la vida; me suplicó que la escuchase. La persona recién llegada no era otra que la atractiva Sonia, la mujer con quien yo había jugado al ajedrez la noche anterior. Lo que nos contó, nos dejó a todos estupefactos.

-    Rafael, os he seguido durante todo el día porque sospeché que  vosotros erais los encargados de encontrar una dama de ajedrez que de generación en generación,  siempre nos ha faltado en nuestro familiar tablero, por eso  lo tenemos incompleto. Hace unos meses, mi  madre comenzó a tener extraños sueños, en los cuales, sus antepasados familiares se le aparecían, diciéndole que tres personas encontrarían la dama que nos faltaba para tener completo nuestro juego de ajedrez y que por esta razón deberíamos venir a las ruinas jesuitas de San Ignacio, pues aquí era donde la encontraríamos. También quiero decir que mi nombre completo es, Sonia González Salinas y que soy descendiente de don Federico González  León, el artesano que diseñó y realizó tanto las piezas como el tablero.

Mis dos amigos y yo quedamos perplejos escuchando a Sonia y no nos cupo ninguna duda de lo que nos decía. Si era cierto todo lo que contaba, nuestra misión ya habría acabado por completo, pues le entregaríamos la dama que habíamos encontrado. Como adivinando que yo seguía pensativo y algo indeciso, Sonia continuó explicando.

-Es lógico que tengáis alguna duda sobre lo que una desconocida como yo os está contando, pero quiero presentaros a mi madre y mostraros algo. Si sois tan amables, os suplico que me acompañéis, vayamos a vuestro hotel, donde también nosotras estamos alojadas.

Acompañamos a Sonia y por el camino Arián me decía que era muy guapa y que estaba convencida que yo le caía muy bien. Llegamos a la habitación que compartía con su madre. Nos presentamos y Adriana, la madre de Sonia, abrió una maleta de viaje y sobre la mesa colocó un artístico tablero de ajedrez, labrado en madera de sándalo y de de dos bolsas de terciopelo, sacó todas piezas y cogiendo la dama blanca de su juego; nos la mostró para que viéramos que era exactamente igual que la que habíamos encontrado, la única diferencia era por supuesto, el color. Miré a Arián y luego a Sergio preguntándoles con la mirada, y ambos constataron que debíamos entregar la dama de ajedrez a las dos mujeres. Se la entregamos y los cinco emocionados nos abrazamos, felicitándonos. No hace falta explicar que una experiencia de esta magnitud, une mucho a las personas. Decidimos que en una hora quedáramos todos para cenar y celebrar el hallazgo. Después de la prolongada cena en la que tantas cosas contamos, todos estábamos muy cansados y quedamos para desayunar por la mañana. Bueno, debo decir que no todos nos retiramos para cenar, Sonia me dijo que por favor la esperase, que en cuanto acompañara a su madre a la habitación, bajaría para reunirse conmigo, pues teníamos aún muchas cosas de las que hablar y además…..¡ teníamos una partida pendiente de ajedrez!

¿FIN  O CONTINUARÁ?... BUENO MEJOR LO DEJAMOS ASÍ:

(FIN)
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