El Coraje de Vivir

Después de tantos años, ¡por fin lo he conocido! Hace tan sólo unos días, me he reunido con él, para organizar y realizar unas actividades de ajedrez, en un Instituto de Enseñanza Secundaria donde imparte clases de matemáticas. Durante muchos años vivimos  en  la misma ciudad, nuestra querida y añorada Algeciras. También habíamos frecuentado la misma peña de ajedrez  del barrio  de La Piñera, pero  cuando yo comencé a visitar el local, hacía ya  algún tiempo que él, no aparecía por  allí.
Me habían comentado que este algecireño atleta, jugaba muy bien al ajedrez y que su creatividad y capacidad de concentración, le convertían en un formidable jugador. Para Esdras durante toda su juventud, lo más importante, su verdadera pasión era el atletismo. La naturaleza le dotó de un organismo capaz de resistir cualquier esfuerzo por intenso y persistente que éste fuese. Las pulsaciones de su corazón eran más potentes y mucho  menores en frecuencia que las de la inmensa mayoría  y la musculatura general de su atlético cuerpo, reflejaba la disciplina y constancia con que  entrenaba. El físico de Esdras estaba diseñado por la genética y por la voluntad de éste, para una durísima prueba de atletismo: la carrera de maratón.
Desde  muy temprana edad, siempre que tenía tiempo libre, corría largas distancias y todos los domingos llegaba corriendo hasta la Sierra  de  La  Luna, una  vez allí a los pies  del Pico del Fraile (lugar donde nace el río de La Miel), realizaba una tabla de gimnasia y luego regresaba corriendo con su natural y elegante estilo. Unas veces le acompañaban los amigos, y  otras  corría solo, pero siempre lo hacía con  ilusión. Muy pronto fue invencible en las pruebas de fondo y con apenas diecisiete años, era un serio candidato para vencer en el campeonato nacional de maratón. Todo el entrenamiento que realizaba, estaba consagrado a un mismo sueño: Las Olimpíadas de Montreal del año mil novecientos setenta y seis.
Cuando Esdras aceleraba el ritmo de la carrera, parecía que formaba parte del viento y de  la tierra. Creo que en aquella olimpíada, habría vencido a los atletas favoritos, Frank ShorterWaldemar Cierpinski.
Cuando comencé a ir por la peña, los compañeros del ajedrez me mostraron un periódico local que contenía una entrevista que le hicieron a Esdras. Ya por entonces tenía ganas de conocerlo porque  me  parecía admirable que en una misma persona, confluyeran virtudes tan excepcionales para el ajedrez y el atletismo. Recuerdo que en esa entrevista, le preguntaron si había algún personaje histórico   a  quien él admirara.
Me gustó mucho su respuesta:
-exceptuando a mis padres, quizás con quien más simpatice sea con Filípides, aquel mensajero de la batalla de Maratón; también admiro a Pablo Morphy el genio del ajedrez del Siglo XIX.
A Morphy  le conocía y admiraba yo también, pero apenas sabía nada de Filípides. La personalidad de mi paisano era tan interesante para mí, que quise saber algo más de aquella  batalla de las guerras médicas, para conocer mejor a ese legendario mensajero. Con algunos  datos históricos y con más imaginación  que otra cosa, retrocedí  mentalmente en  el  tiempo, en esa misteriosa rueda de lo que fue y pudo haber sido, llamada Historia…
En el año cuatrocientos noventa  antes de la era cristiana, Artafernes sobrino del rey  persa  DarioI, ayudado   por el general Datis  y por el traidor ateniense Hipias, pretendía destruir Atenas. Los persas se situaron  en las cercanías de Maratón a poco más de cuarenta y dos kilómetros de la capital helena. La defensa de los griegos estaba a cargo del general Milcíades, el cual viendo  que los  persas  casi  le  triplicaban  en  número; envió a Filípides para pedir ayuda a Esparta. El eficaz mensajero montado a caballo, realizó la hazaña de recorrer  más  de doscientos kilómetros en un  día en busca del espartano auxilio. Los espartanos prometieron ayuda, pero primero debían acabar sus rituales religiosos .Cuando Milcíades recibió esta noticia, supo que no podía perder más tiempo y sin la ayuda de la ciudad de Esparta, atacaría a tan numeroso y temible ejército, pues no tenían tiempo para esperar la prometida ayuda. Por otro lado, los persas habían hecho correr  la voz de que si vencían, entrarían en Atenas, matarían a los niños y violarían a las mujeres. Esta amenaza tuvo tal repercusión, que las mujeres atenienses decidieron que si una vez comenzada la batalla, llegando la noche, no tenían noticias de la victoria de sus soldados, ellas mismas matarían a sus hijos y luego colectivamente se suicidarían.
Milcíades preparó y organizó su ejército y su conocimiento del terreno fue muy útil para tender una mortal celada a los persas. Hizo avanzar a la infantería pesada (los hoplitas), hasta llegar al borde de un pantano cenagoso, y provocó el avance de la caballería enemiga que a galope tendido se lanzó para abatir a los hoplitas; éstos retrocedieron  para confiar y enfurecer aún  más a los jinetes  medos que cegados por  la  ira, caían junto a sus corceles en  el  interior  del pantano, así murieron muchos de ellos.
Mientras, los  arqueros  helenos hacían llover flechas contra los despavoridos persas, provocando muchas  bajas. Los hoplitas se  reagruparon formando una gigantesca coraza con sus escudos y  largas  lanzas, al unísono con armoniosa sinergia, se movían todos  a  la vez, como si de un único soldado se tratara, construyendo una letal e impenetrable fortaleza. Tal era la disciplina que tenían, que para  ellos,  perder  su escudo (aspis u hoplon) en  batalla, estaba penado con la muerte, pues también quedaban desprotegidos sus compañeros. El puntiagudo bosque que formaron con las  sarisas (lanzas muy largas), dieron muerte a muchos persas. Artafernes no daba crédito a sus ojos, la mejor caballería que el mundo conocía, estaba destrozada en la llanura; el terreno que eligió el traidor Hipias, pues éste sabía que  los helenos no disponían de belicosos  jinetes.
La batalla fue un éxito rotundo para los atenienses, pero se prolongó demasiado porque los persas eran muy numerosos. Aún había que librar una batalla terrible contra un  inexorable e invisible enemigo: el tiempo. El sol comenzaba a caer por el horizonte, había que avisar de la victoria antes que se hiciera de noche o comenzaría la hecatombe humana en Atenas. Una vez más, Milcíades confió la misión  a su mensajero, el rápido y eficaz atleta, Filípides, para que recorriera los cuarenta y dos kilómetros que los separaban de  la  capital. El mensajero se deshizo de las armas y vestimenta de guerra, respiró profundamente queriendo reunir y concentrar las escasas energías que le quedaban tras la lucha. Imagino que Filípides con mirada suplicante, contemplaría el sol que parecía  descender como una mortal guadaña de cegador brillo. Con la poderosa decisión de quién quiere salvar las inocentes vidas de los niños y mujeres de Atenas, comenzó a correr con alados pies impulsados por su voluntariosa  alma. Su cuerpo, su espíritu y su mente; entraron en conexión emocional con la tierra que pisaba y ésta generosa siempre, se apiadó  del mensajero enviándole solidarias y energéticas ondas, para que pudiera triunfar en tan durísima prueba. Filípides corrió y corrió, y mientras más distancia recorría, más conciencia tomaba que la verdadera razón de su vida, consistía en salvar la de sus conciudadanos. Por fin, faltando poco para  que  la  noche cubriera con su negro  manto de muerte el cielo de Atenas, Filípides extenuado, llegó justo a tiempo; concentró las  últimas energías en  su  garganta y con todas  sus  fuerzas  gritó: ¡alegraos atenienses!, ¡hemos vencido!
La voz  del héroe, cruzó las calles de Atenas para gran regocijo de todos…una vez cumplida su misión, Filípides cayó muerto, exhausto por el esfuerzo; así  nació una de las pruebas más duras del atletismo: la carrera de maratón.
Desde que leí dicha entrevista, para mí, Esdras, Filípides y el maratón, constituyen un trinomio indivisible. Cuando le preguntaron por qué  razón le gustaba el ajedrez, respondió que le apasionaba porque también en este deporte, además del aspecto artístico, la paciencia y la resistencia tanto física como mental, son muy importantes.
Todos los amigos de la peña de ajedrez , hablaban muy bien de él  y  le  recordaban  con mucho cariño .Pero  ¿qué  sucedió?, ¿ por qué abandonó tan joven el atletismo?, ¿por qué hasta hace pocos días no he conocido personalmente a Esdras?,¿ por  qué vive  ahora en  Sevilla?...
Curiosamente a pesar de haber vivido tantos  años en Algeciras, no nos habíamos conocido y eso que  frecuentamos el mismo local de ajedrez y teníamos amigos en común.
Comencé a participar en torneos de ajedrez a  finales del año mil novecientos setenta y cinco. Yo vivía en la calle  Andalucía muy cerca del barrio de La Piñera, que así se llamaba también la peña. Esdras vivía en  un  barrio cercano al mío, el de Los  Pastores. Debíamos haber coincidido en algún torneo o en alguna actividad de ajedrez, pero el infortunio se ensañó drásticamente con él. La desgracia  le visitó, la noche de San Juan de aquel mismo año.
Como en tantos otros pueblos y ciudades españolas, en esa ancestral noche en la cual se rinde homenaje a la llegada del verano; son muy populares los fuegos y hogueras que se hacen para que  según la tradición, ardan, se quemen y se alejen los malos espíritus.
Esa noche, Esdras y su padre salieron para organizar y celebrar la fiesta junto a los vecinos del barrio. En aquella ocasión la hoguera se hizo a la antigua usanza, entre todos apilaban y amontonaban muebles rotos y viejos y grandes objetos de madera que los vecinos consideraban inservibles. También prepararon muñecos de trapos, cartones, cañas y otros materiales combustibles; cualquier cosa  era buena en manos de tan creativos y entrañables artistas como son los  vecinos  de  tan  estimado barrio. 
El fuego fue prendido a medianoche como de costumbre y el júbilo y la alegría de todos eran tan fascinantes como la misma hoguera. Una vez apaciguado el fuego, lo típico era saltar sobre las ardientes ascuas y bailar cantando, haciendo una humana rueda que  giraba danzando frenéticamente en torno a las ascuas. Aquella noche, todo parecía mágico, la amistad y armonía reinaban con majestuosidad. La felicidad general, parecía brillar tanto como el fuego que ya había comenzado a trepar en la oscuridad como queriendo acariciar con sus flamígeros dedos a las lejanas y altivas  estrellas. 
La única pena del corredor de maratón era que su madre, se encontraba enferma con gripe y a esas horas ya estaba dormida. Esdras era hijo único y estaba celebrando en ese momento el festivo evento junto a su padre y vecinos, en una era cercana a su casa. Comenzaron los cantos, las danzas alrededor del fuego, todos reían y disfrutaban con la natural desinhibición que produce lo que se disfruta en colectividad.
Algunos vecinos incluso habían conseguido varios  cohetes de pirotecnia; lanzándolos al nocturno aire para el deleite de todos. La diversión era cada vez mayor, pero…por desgracia, nadie pudo darse cuenta que uno de los cohetes, tomó una errónea y trágica trayectoria, colándose inadvertidamente por una ventana de la casa de Esdras. El entusiasmo como una sutil histeria colectiva, conseguía que todos cantaran y danzaran con las miradas magnetizadas por  las llamas de la hoguera. El cohete desviado con rabiosa incandescencia, prendió fuego a las cortinas de la ventana por donde había entrado y muy pronto las llamas invadían toda la casa. Mientras tanto Esdras giraba alrededor del fuego. En algún momento sintió una voz como telepática que le llamaba; sin  ninguna explicación razonable, se paró, soltó las manos de las de los amigos a los que estaba asido, miró hacia atrás y creyó ver a través de la oscura distancia, algo parecido a un relámpago que con  oscilante resplandor, provenía de su casa. Se restregó los ojos para ver mejor y cuando tomó verdadera conciencia de lo que ocurría, corrió hacia su hogar con tal velocidad que la oscuridad  de la noche, quedó dividida en dos. Esdras gritaba mientras corría avisando a los vecinos para que le ayudasen. Su voz  retumbó como un gigantesco y lamentable trueno:
¡¡¡ Mamá!!!!   ¡¡¡ mamá !!!...
Todos corrieron tras él. Su padre palidecía ante el horror de lo que sucedía. Esdras llegó a  su casa, derribó de una patada la puerta. El intenso y sofocante calor no le permitía ver, el humo también se lo impedía, casi asfixiado subió la escalera para llegar al dormitorio de sus padres. Con la rapidez y eficacia que ofrece la decisión de quien quiere salvar la vida de su madre, Esdras la cogió en brazos y se dispuso a salir a la calle con ella. Su madre, debilitada por el susto, el calor y el asfixiante humo, estaba inconsciente. El atleta con su querida carga, a duras penas descendía por la escalera. Los infernales peldaños rodeados por un marquito de madera, crujían bajo sus pies, y en el tramo final de la escalera, ésta se desplomó de tal forma que las ardientes astillas se clavaron en los gemelos del joven. Concentrando sus agotadas fuerzas, reunió valor y energía para seguir avanzando con su madre.
La distancia que le separaba hasta la puerta le parecía interminable, el dolor era muy intenso y el fuego adquirió dimensiones dantescas, pero con un titánico esfuerzo, arrastrando los pies y sin soltar a su madre, consiguió salir de la casa. Justo en ese momento, otro alarmante trueno retumbó en el frescor de la noche, era la voz de Juan,  su padre, que gritando le avisaba:
¡¡¡Cuidado, Esdras!!!    ¡¡¡ corre !!!  ¡¡ ¡ por Dios, corre!!!
El atleta no podía correr, sus piernas casi no le respondían, el dolor de sus heridas era insoportable  y el cansancio hacía estragos. Instintivamente, con su propio cuerpo, cubrió el de su madre, como si del escudo de un glorioso hoplita se tratara. El balcón de su casa se desprendió cayendo al vacío y la balaustrada de hierro se desplomó sobre la espalda de Esdras, destrozándole la columna vertebral, aún así al caer de bruces al suelo, continuó cubriendo el cuerpo de la mujer que le dio la vida.
Cuando su padre y los vecinos llegaron para ayudar, Esdras y su madre yacían en el suelo, extenuados y moribundos; ambos fueron urgentemente trasladados al hospital. Estrella, que así se llamaba su progenitora, se recuperó pronto, pero para él, todo fue muy distinto, la médula espinal quedó muy dañada,  aprisionada en algunas zonas de la columna. La vida del algecireño no corría peligro, pero  cambió fatídicamente. En lo sucesivo unas ruedas neumáticas, harían las veces de piernas. Los amigos del ajedrez le visitaban siempre que podían, con tablero y reloj de competición en mano, y la gratitud del portentoso atleta, demostró ser tan sublime como su organismo. De esta forma comenzó a integrarse más que antes en el fascinante y mágico mundo de las sesenta y cuatro casillas. Así empezó a participar en torneos por correspondencia, y su nivel ajedrecístico aumentó mucho en poco tiempo.
Pasados algunos meses desde la trágica noche de San Juan, Esdras fue trasladado de hospital en hospital y de ciudad en ciudad. Los amigos jugaban  por  correspondencia con él, y tenían noticias de que el voluntarioso joven, cada vez estaba más animado y contento de seguir con vida.
Pasaron los años y lo último que supe de Esdras, era que residía en Sevilla y que  había terminado sus estudios de Filosofía y Letras además de Ciencias Exactas. Su  prodigioso tesón, le ayudaba siempre a conseguir todo lo que emprendía.
Aún me cuesta creer que el destino, me regalara el placer de conocer  a mi paisano. Hace muchos años que la vida es para él un largo camino repleto de obstáculos  que  salvar, pero  también era un camino colmado de satisfacciones si se sabe luchar por conseguirlas. Ahora también da clases  de ajedrez en horas extraescolares para sus alumnos. En cuanto me enteré que se había acercado por la federación de ajedrez de Sevilla, hice lo que pude por conectar con él y  ver lo que podíamos  hacer juntos por los chavales y por el ajedrez. Además hacía más de treinta años que quería conocerlo personalmente.
Llegué al instituto a la hora que habíamos  acordado por  teléfono para hablar sobre las actividades. Era la hora del descanso y me dirigí a la cafetería (amable lectora o lector, disculpe que aún no le haya saludado, ni invitado a café; pero es que voy como corriendo el maratón), que como es lógico es un buen sitio para conversar. Sólo  verlo  ya supe quién era, le tendí la mano y lo saludé con afecto y respeto:
¡Hola Filípides, digo  Esdras! ¡qué alegría conocerte! ¿cómo estás?
Sonriendo me contestó:
Muy bien gracias, yo también tenía ganas de conocerte paisano y tú ¿qué tal?
Le dije que estaba  muy contento y que  para mi  era un placer conocerlo después de tantos años. Enseguida nos pusimos de acuerdo y concretamos las actividades ajedrecísticas que realizaríamos. Hablamos todo el tiempo que pudimos sobre nuestra amada Algeciras y sobre los beneficios que el ajedrez podría  aportar a la sociedad, si se facilitara más su divulgación. Esdras me comentó que el ajedrez fue quien le ayudó a superarse cuando quedó postrado en silla  de ruedas.
Al reanudarse las clases del instituto, se despidió, salió y  a los pocos minutos regresó,  yo seguía tomando café  (amable lectora o lector, como no sé si quedé disculpado anteriormente, vuelvo a invitarle si lo desea a otro café). Esdras había olvidado su bastón en el respaldo de la silla donde se había sentado. Regresó  caminando a sus  clases, pero antes volvió a despedirse diciéndome:
¡vaya cabeza la mía! Siempre lo olvido, pero pronto dejaré de usar  este bastón. Bueno Rafa, estamos en contacto, ya nos vemos.
Al corresponder a su nueva despedida, quedé otra vez admirado porque en sus ojos  pude ver que el  brillo de sus ilusiones, alumbraban tanto como las hogueras  de San Juan.
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