Corazonada

(Dedicado a mi eficaz amigo A. M., por su generosidad y saber estar y porque su trabajo en las sombras de esta página, merece brillar como un portentoso sol. Gracias A. por muchas cosas)
Quiero como siempre dar las gracias a todos los amigos que me animan a seguir escribiendo y comentarles que es natural que unas veces tenga más ganas de hacerlo y otras veces menos, que unas veces tenga más tiempo y otras menos, porque como diría el famoso filósofo; también somos nuestras circunstancias.
“La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse.” (Roger Martín du Gard).
“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida, es vivir dos veces” (Marco Valerio Marcial).
“Hay recuerdos tan intensos que más que formar parte del pasado, forman parte de un eterno presente” (Se recomienda no leer con atención esta frase). 
He vuelto a encontrarme con mi amigo Esdras, el gran luchador  contra los infortunios de la vida, aquel hombre a quien  en plena juventud, el destino le privó de todas las posibilidades de  ser un  gran atleta. Tanto tiempo en hospitales, tantas operaciones y tantas horas de dolorida y estoica inmovilidad, forjaron el carácter de este coloso de la esperanza. A pesar de tantas penalidades, Esdras consiguió caminar con sus propios pies y todavía es joven, pues además de muchos recuerdos, tiene muchas ilusiones y proyectos por realizar. Siempre que pienso en este paisano mío, medito sobre la fuerza que tiene y los milagros que a veces obra esa facultad llamada voluntad. Además para fortuna de muchos aficionados y amigos, ha regresado al mundo del ajedrez.
Quizás por pura empatía, quizás porque pertenecimos a la misma peña de ajedrez, quizás porque somos dos amigos de Algeciras que ahora viven en Sevilla, o quizás porque nos vamos conociendo mejor; entre Esdras y yo hay una creciente y amistosa complicidad. Hemos vuelto a coincidir y mientras tomábamos café, me ha contado un interesante e importante suceso acaecido hace menos de un año. (Aprovecho este momento para invitar a café a todos los que seguís leyendo este relato).
Con su permiso y mi torpe teclear, intentaré narrar lo que a Esdras le ha acontecido y ha cambiado su vida.

Un insinuante olor a castañas asadas se adueñaba de las céntricas calles de Sevilla. Sin permiso de nadie, el otoño avanzaba obedeciendo solamente a los movimientos de nuestro planeta. Una tarde de finales de Noviembre, ya sin bastón y sin apoyo de ninguna clase, Esdras caminaba por el centro de la ciudad hispalense. Al pasar delante de la puerta de una biblioteca pública, advirtió que una curiosa actividad ajedrecística estaba a punto de comenzar. En la entrada,  sobre la acera habían colocado una mesa con un tablero de ajedrez de competición, las piezas estaban dispuestas para iniciar una partida. A los lados de la mesa según estaban orientados ambos bandos, un cartelito anunciaba que se iba a celebrar “la partida del pueblo”. Nuestro amigo se preguntaba, ¿qué era la partida del pueblo? Sin más preámbulos, se acercó a un señor que parecía organizar el evento para preguntar en qué consistía. Con amabilidad el organizador explicó cómo se desarrollaría el acontecimiento ajedrecístico. Dijo que se llamaba la partida del pueblo porque podrían participar todas las personas que lo desearan. Cuando dieran las cinco de la tarde, el primer ciudadano que quisiera, haría la primera jugada para las blancas, el siguiente haría la primera para las negras, el tercero, la segunda jugada blanca y así sucesivamente hasta que la partida acabara. Incluso una misma persona en su debido turno, podría participar efectuando movimientos tanto con el bando de las blancas como con el de las negras.
A mi paisano le pareció bien el objetivo de tan extraña partida y decidió participar, al menos realizaría alguna jugada y estaría algún tiempo observando el transcurso de la misma. Aún quedaba un  ratito para la hora de inicio y el algecireño fue a comprar castañas asadas cuyo  olor era una auténtica tentación gastronómica suspendida en el aire. Con su reproductor de canciones, se dirigió al puesto de venta más cercano; a través de los auriculares escuchaba la famosa canción “sellado con un beso” que desde hacía ya más de treinta años, siempre le evocaba una entrañable e incumplida promesa.
Al terminar el curso académico del año mil novecientos setenta y cinco, Esdras que durante todo ese tiempo intimó mucho con Adriana; no pudo hacer realidad lo que prometió a su apreciada amiga. Adriana era su compañera de estudios y también una buena jugadora de ajedrez que entrenaba con Esdras e investigaban juntos las posibilidades de una determinada línea de la conocida defensa siciliana. Ese año sería el último que estudiaran en el mismo instituto. Ambos compañeros se despidieron al comenzar las vacaciones de verano, pero antes  de la despedida,  prometieron ir juntos a Granada para comenzar la licenciatura de Ciencias Exactas. Durante el estío, ella  estaría en Escocia para ayudar a su padre en las actividades laborales de éste y perfeccionar sus conocimientos sobre el idioma inglés. Cuando acabaron las clases en el liceo, además de estudiar juntos el próximo curso en Granada, prometieron intercambiar unas idénticas estilográficas. En la que él le regalara, estaría inscrita la  frase: para una dama; en la de ella, debería leerse: para un rey.
Pocos días después de comenzar las vacaciones, ella ya se encontraba en Edimburgo en cuya universidad estudió el atleta favorito de Esdras, Eric Liddell; cuya vida fue la inspiradora de la famosa película “Carros de Fuego”. Para Adriana ambos atletas, tanto el algecireño como el escocés, eran poseedores de unas cualidades físicas extraordinarias, pero si algo tenían en común ambos deportistas, era una fuerza de voluntad capaz de mover el mundo.
Como sabéis los que ya conocéis a Esdras, éste se entrenaba para las Olimpiadas de mil novecientos setenta y seis que se celebrarían en Montreal. Su especialidad eran las carreras de maratón. Por supuesto que también era y sigue siendo un gran jugador de ajedrez, pero los sueños de participar en la famosa ciudad canadiense y de estudiar con su compañera en Granada, se truncaron aquella trágica noche de San Juan de mil novecientos setenta y cinco al incendiarse su casa y sufrir un nefasto accidente mientras salvaba a su madre de las llamas. Desde aquella aciaga noche, como ya muchos sabéis, Esdras estuvo durante años soportando operaciones y luchando por volver a caminar por sí mismo. La vida se le complicó mucho, pero con el tiempo consiguió su propósito y también se licenció  en  Ciencias Exactas. Como un humano ave fénix, tanto su cuerpo como su mente renacieron con renovadas y voluntariosas alas.
Esdras jamás olvidó a Adriana y aunque nunca supo con certeza si hizo bien o mal, no quiso volver a verla; quería que ella lo recordase tal y como se despidieron al principio de  aquellas lejanas vacaciones de verano. Constantemente la recordaba y siempre que oía la canción que en estos momentos escuchaba, sus ojos se humedecían. Por otro lado, ella también guardaba para Esdras una hermosa flor en el jardín de su memoria. Lo último que mi amigo supo de la algecireña es que ejercía como profesora de matemáticas en el mismo instituto donde ellos estudiaron. Ambos estaban llenos de recuerdos, pero como luchadores que eran, también estaban repletos de esperanzas. Siempre que Adriana veía una prueba de carreras de atletismo, sus ojos también se humedecían.
Pasaron los años y las complejas circunstancias que dirigen nuestras vidas, no permitieron que volvieran a encontrarse, por extraño que pudiera parecer, tanto ella como él,  deseaban verse y al mismo tiempo lo evitaban.
Mientras regresaba a la puerta de la biblioteca, recordaba con  nostalgia a Adriana. La melodiosa voz de Bobby Vinton, interpretaba la canción que tanto evocaba lo que prometieron cuando estudiaban juntos. Aún no había llegado a la mesa donde estaba el tablero de ajedrez, cuando una repentina lluvia amenazaba con suspender la partida. Efectivamente el tablero fue retirado de la acera, pero el organizador anunció que se jugaría en el interior, en una sala de la biblioteca. Esdras hubiera preferido que se jugara en plena calle para que la participación ciudadana fuese más fluida, pero mejor era jugar dentro del edificio que no jugar. En cualquier caso ajedrez y biblioteca, forman un simbiótico binomio, una pareja cultural que pueden aportar muchos beneficios a la sociedad.
Ya eran las cinco de la tarde y un glacial frío comenzaba a invadir las calles de la capital andaluza. A pesar de la escasa concurrencia, el organizador colocó un letrero sobre la mesa de ajedrez que por los dos lados anunciaba lo mismo: juegan las blancas. La partida había comenzado, le correspondía al bando de las blancas realizar la primera jugada. Esdras pidió permiso para mover y al efectuar su jugada, que consistió en avanzar dos casillas el peón de rey, el organizador cambió el letrero por otro que también estaba escrito por sendas caras: juegan las negras.
 Un señor de edad avanzada se acercó al tablero, y movió el peón que estaba delante del alfil de la dama negra y también lo avanzó dos casillas; por lo tanto la defensa siciliana sería la discusión teórica que había quedado planteada en la “partida del pueblo”.
Al igual que cuando escuchaba “sellado con un beso”, también cuando se jugaba una defensa siciliana, nuestro amigo, siempre se acordaba de Adriana, pues era un sistema que analizaron juntos; pero en concreto, estudiaron una determinada posición de la defensa que en honor al siciliano Pietro Carrera, lleva dicho nombre. Aunque es una defensa tan compleja que ni siquiera su origen está claro, pues algunos autores afirman que su verdadero creador fue el jugador Giulio Cesare Polerio; pero que fue el también ajedrecista Gioacchino Greco quien la bautizó con su actual nombre: defensa siciliana. Como quiera que sea, la defensa elegida por el jugador que movió después que lo hiciera Esdras, le hizo recordar las horas que pasaba con Adriana en los recreos y las veces que juntos salieron a tomar café; siempre acompañados por el tablero de bolsillo de ella. En esos años en que no existía la comunicación  informática de hoy, era mucho más difícil localizar partidas con el esquema que ellos estudiaron y a la que tantas horas dedicaron.
Esdras esperaba que una tercera persona, hiciera la segunda jugada de las blancas, pero quizás debido al mal tiempo, nadie se acercó a la mesa para mover. El organizador que estaba atento a todo lo que ocurría, le dijo que si lo deseaba podía hacer otra jugada para las blancas. Sin más dilación, mi amigo cogió un caballo blanco y lo colocó en la casilla (f3), acto seguido salió para buscar  una cafetería; el persistente frío incitaba a tomar una buena taza de café. (Vuelvo a aprovechar para invitar de nuevo a café a quien siga leyendo el relato).
Mientras caminaba hacia la cafetería, algo le decía que cuanto más tiempo estuviera participando en la “partida del pueblo”, más sensaciones de tipo casi telepático iba a percibir. Tomó su café con presuroso deleite y tuvo cierta prisa por volver a la biblioteca .En cuanto regresó, observó con suma curiosidad la nueva posición de las piezas y con mucho agrado advirtió que conforme avanzaba la partida, más cerca estaba de producirse sobre el tablero la continuación de la defensa siciliana, que hacía más de tres décadas había investigado con Adriana.
Una extraña intuición, unas incomprensibles sensaciones y una sutil corazonada se adueñaban por completo de nuestro amigo. El letrero decía: juegan las negras y el mismo señor que realizó la primera jugada para este bando; se disponía a realizar la novena jugada para éstas. Esdras sintió que el corazón se le encogía pero la verdad es que no había motivos aparentes para ello, pues hasta ese momento no había nada nuevo sobre el tablero, pues esa misma posición se había repetido en miles de partidas de torneos; era sólo que si el señor en cuestión, avanzaba ahora el peón de la casilla (g7)  a la de (g5), quedaría planteado el sistema que antaño había examinado con Adriana. Como si quisiera de todo corazón que ese peón fuese adelantado, mentalmente suplicaba al veterano aficionado que lo avanzara. Esdras quedó perplejo al ver que la jugada que se había efectuado, daba comienzo a  la complicada ramificación, el peón negro fue avanzado a la casilla (g5).
Correspondía jugar a las blancas y efectuar su décima jugada. A partir de este momento decidió anotar la partida con ayuda de un cuadernito y su inseparable y elegante estilográfica en la que aún podía leerse: para una dama. También tendría en cuenta cómo eran las personas que entraban en la biblioteca para mover las piezas, sobre todo las que jugaran con el bando negro ¡Qué extraña es la mente humana! Cuando de verdad algún suceso nos ha marcado, buscamos analogías y semejanzas en todo aquello que hacemos y observamos y las comparamos con lo que ya hemos experimentado; quizás sea una forma natural de aprender. Esto era lo que le estaba ocurriendo a nuestro amigo. Había algo que le llamaba poderosamente la atención: la variante denominada Gotemburgo (el mismo nombre que a veces también se la da a otra posibilidad totalmente distinta: la del peón envenado), hacía muchos años que ya no estaba de moda y en la práctica magistral apenas se jugaba ¡La variante Gotemburgo, qué placer volver a jugarla después de tantos años! A mi buen amigo le hubiera gustado poder contemplar en directo el famoso torneo celebrado en el año mil novecientos cincuenta y cinco, en la ciudad sueca que presta su nombre a la variante.
El frío insistía en hacerse notar y aunque la lluvia había cesado, nadie se acercaba para efectuar la décima jugada de las blancas. El algecireño convencido que el tiempo era muy importante y que la tarde se iba pareciendo a la noche, preguntó al organizador si de nuevo podía hacer otra jugada para las blancas. Como la respuesta fue afirmativa, Esdras capturó el peón de la casilla de (g5) y esperó que alguien moviera para las negras. Un joven estudiante que portaba bajo el brazo un libro de filosofía, retiró el amenazado caballo de la casilla (f6) y lo trasladó a la de (d7). Una señora que salía de un aula de lectura, se interesó por la partida. Con mucha amabilidad  pidió consejo a Esdras para hacer la undécima jugada blanca; correspondiendo a la dulzura y buenos modales de la señora, éste respondió que la jugada que recomendaban los expertos era capturar el peón de la casilla de (e6) con el caballo blanco que estaba en (d4). Así lo hizo la educada mujer y dando las gracias, se despidió. Todavía no había salido la amable lectora por una puerta, cuando por otra, entró una joven que asiendo el peón de la casilla (f7), capturó al audaz caballo que se había sacrificado anteriormente.
Por suerte para Esdras un buen aficionado al ajedrez que además era alumno suyo de matemáticas, hizo la jugada exacta para las blancas, en la duodécima jugada blanca, dio jaque con la dama en la casilla (h5); acto seguido saludó a su profesor y se despidió cortésmente. Instantes después una decidida joven de unos quince años (la misma que hiciera la última jugada de las negras), avanzó hacia la mesa, leyó el letrero: juegan negras y situó el rey negro en la casilla (f8) y casi sonriendo salió del local. Justo entonces nuestro héroe (así lo considero), cayó en la cuenta que entre el joven que llevaba el libro de filosofía y la muchacha que acababa de salir, había un parecido muy peculiar; ambos eran pelirrojos y esta similitud aún despertaba más la curiosidad de Esdras: Adriana también era pelirroja. Los latidos de su corazón aumentaron en fuerza y ritmo.
Lo que iba a ocurrir ahora era muy importante. Como todo un experto  que era de la variante Gotemburgo, sabía que la mejor continuación para las blancas era la decimotercera jugada que consistía en trasladar el alfil de la casilla (f1) a la casilla (b5). Era una jugada difícil de deducir para una persona que no estuviera avezada en esta intrincada posición. De no realizarse esa jugada, no podría observar lo que deseaba.  Para Esdras no solamente por esta razón era importante que las blancas realizaran este movimiento, sino también para comprobar si las negras replicarían acertadamente con una jugada que fue analizada por el legendario Bobby Fischer y realizada en una famosa partida que este genio jugó contra el gran maestro yugoslavo Gligoric en el torneo de Portoroz del año mil novecientos cincuenta y ocho. En la inspirada continuación de Fischer, se basaba todo lo que los dos algecireños habían analizado conjuntamente.
De nuevo solicitó permiso al organizador para volver a jugar.
-  Por favor ¿puedo mover nuevamente para las blancas?  Preguntó Esdras.
-  Sin ningún problema; hace tanto frío que puede usted permitirse el lujo de ponerse algo pesado. Contestó el organizador.
Ambos rieron y el paciente y trabajador profesor de matemáticas, ejecutó el movimiento decimotercero para las blancas, efectivamente situó el alfil  de casillas blancas en el escaque (b5). Esdras estaba impaciente por averiguar si la siguiente jugada de las negras sería la misma que medio siglo antes a la edad de quince años el inmortal Fischer jugó contra Svetozar Gligoric, y también quería saber quién sería la persona que la realizara.
Con decisión y cierta rapidez, un hombre que debía tener unos setenta años, el mismo que ya había movido varias veces con el bando de las negras; se aproximaba al tablero. Esdras lo observaba con suma atención y parecía decirle: por favor señor  mueva usted la torre negra a la casilla (h7). Como obedeciendo a su deseada petición, el ya familiar y septuagenario jugador, deslizó sobre el tablero la torre de la casilla (h8) y avanzó un único cuadro con ella soltándola en la casilla (h7).
Esdras estaba muy contento pero al mismo tiempo una indescriptible sensación, algo que parecía  premonitorio le embargaba de una dulce inquietud. La última jugada de las negras era la responsable de que él y Adriana decidieran practicar la variante Gotemburgo. El hombre que hizo la última jugada, salió de la biblioteca y Esdras le siguió con la mirada y de pronto sin saber por qué, decidió seguirle también con sus pasos y de esta forma entró en una cercana cafetería. Alrededor de una  mesa, para sorpresa de nuestro amigo, el veterano jugador estaba reunido junto al estudiante de filosofía y una simpática jovencita. La curiosidad se adueñó por completo de él, y con mucho respeto y cortesía, se acercó a ellos. Dirigiéndose al mayor de los reunidos, dijo.
-  Buenas tardes, me llamo Esdras y quisiera comentarles que me ha sorprendido mucho la continuación que habéis elegido en la partida. También quiero deciros que jugáis muy bien al ajedrez.
Las tres personas que le oían, agradecieron la opinión del recién llegado. El agradecido señor, le dijo que se sentara junto a ellos y además, respondió.
-  Buenas tardes, me llamo Andrés y estos son mis nietos, Raquel y Gustavo, los dos son hijos de Gertrudis, mi hija menor ¿ha dicho usted que se llama Esdras?
-  Ése es mi nombre, ¿le resulta familiar? Respondió nuestro amigo.
-  Por favor Esdras, si te  parece podemos tutearnos. Somos de Algeciras, he venido con mi nieta Raquel, para visitar a este joven estudiante de filosofía, mi nieto Gustavo. Esta tarde mientras paseábamos, nos hemos enterado que se celebraría la “partida del pueblo” y decidimos participar.
Esdras palidecía y entre aturdido y emocionado miraba a Andrés y éste advirtió que algo sorprendente le sucedía a su interlocutor. Retomando la palabra y queriendo calmar a mi amigo, habló de esta forma.
-  Supongo por su expresión que también es usted natural de Algeciras. He preguntado si su nombre es Esdras, porque así se llamaba un gran atleta algecireño, que sufrió un desgraciado accidente.
Esdras no salía de su asombro y la emoción invadía todo su ser, con una agradecida  sonrisa y de la mejor forma que pudo, dijo.
-  Soy Esdras Hernández, nací en Algeciras y le agradezco que me considere un gran atleta, yo competía en la especialidad de maratón.
Ahora era Andrés quien estaba gratamente sorprendido, se incorporó y pidió a nuestro héroe que le permitiera abrazarlo. Se dieron un fuerte abrazo y Esdras supo de inmediato que Andrés era una persona que de alguna manera, compartía algo con él, y no sólo era la afición al ajedrez. Andrés tomó la palabra y dijo.
-  Hace ya muchos años, trabajando en Escocia, nos enteramos de lo que te ocurrió. Soy padre de Adriana y es ella quien desde nuestra querida ciudad, ha estado jugando “la partida del pueblo”, la hemos  informado por teléfono de todas las jugadas, de esta manera también ha podido participar. Cuando Adriana supo lo de tu accidente, quiso regresar a Algeciras, para estar a tu lado porque eras su mejor amigo y compañero; pero su madre y yo, con mucho trabajo, la disuadimos  para que no regresara sola a España. Espero que nos perdones por no dejarla regresar, pero eran otros tiempos y otra forma de entender la vida.
Esdras casi estaba llorando, la conmoción emocional por la que estaba pasando en tan poco tiempo, sencillamente era enorme. Tomó la palabra y dijo.
-  Andrés estoy convencido que tanto su esposa como usted, hicisteis lo mejor para su hija. Yo era su compañero y amigo de aquellos años y el recuerdo de la variante de ajedrez que estudié con ella, ha sido quien me ha hecho presentarme ante usted y sus nietos. Me gustaría saber si puedo saludar a su hija Adriana y hacerle alguna visita.
Con una sonrisa en los labios, Andrés comentó.
-  Se acercan las vacaciones de Navidad y si no tiene usted nada mejor que hacer, le suplico que nos visite; Adriana aún vive con su madre y conmigo. Será todo un honor y una inmensa alegría recibir a tan ilustre paisano.
Esdras prometió visitarles a finales de Diciembre y propuso que todos regresaran a la biblioteca para ver cómo había terminado la contienda. “La partida del pueblo” acabó en tablas por acuerdo porque ya estaba próxima la hora del cierre del local. Pero el resultado  de la partida carecía de interés, lo importante era que siguiendo su intuición y los latidos de su corazón, Esdras consiguió reencontrarse con una persona muy estimada por él.
Se despidió de Andrés y de sus nietos con un abrazo y reiteró su promesa de hacerles una visita durante las próximas vacaciones. Cuando estuvo solo, nuestro amigo miró a  las estrellas y agradeció al universo que existieran eso que muchos llamamos, corazonadas.
Aún no he dicho a los amables lectores que todo lo sucedido, Esdras me lo contó en el mes de Mayo de este año. Lo he visto muy feliz, como si hubiese participado en una larga carrera de maratón y hubiera vencido al mismísimo dios Cronos. Sí, ahora Esdras está muy contento y eso es lo que nuestro héroe se merece,  porque jamás se rindió a las adversidades de la vida y porque al menos a mí, me ha demostrado que todo se puede conseguir y a todas partes se puede llegar mientras nuestro motor sea  esa milagrosa virtud llama voluntad.
Quizás no sea necesario, pero quiero comentar un último detalle acerca del reciente encuentro con Esdras. Cuando le pedí un bolígrafo para anotar los títulos de algunos libros, en lugar del bolígrafo, me prestó una preciosa estilográfica, en la que pude leer: para un rey.
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