La maldición de Pepe Mandanga

A la memoria de Robert James Fischer.
Ya ha acabado todo Bobby, descansa en paz, pasa tranquilo al otro plano y ten presente que en mis sueños yo te hubiera llevado a Neutralium para que formaras parte de nuestro equipo junto con Pablo, Guillermo, Manuel, José Raúl y Vera, a quienes tanto admirabas. Si hubiera sabido que morirías de forma repentina a los sesenta y cuatro años (¿uno por cada casilla, Bobby?), sin dudarlo habría retrasado aquel interplanetario relato para llevarte con nosotros, aunque tuviera que volver a discutir con Mensajerus.
Te dedico este relato porque aunque hay dos cosas en las que no estoy de acuerdo contigo, para mí serás siempre un genio de nuestro amado arte y tanto tus admiradores como tus detractores estamos de acuerdo en que quizás hayas sido la persona que más ha hecho por popularizar el ajedrez.
Ya ha acabado todo Bobby, descansa en paz. Saluda por favor a Pablo; Guillermo; Manuel; José Raúl y Vera y a tantos otros que tanto habéis hecho por el ajedrez. Quiero (os lo ruego), que cuando vaya a visitaros permitáis que levante mi taza de café con vosotros y todos juntos brindemos: ……………….¡¡¡ por Caissa!!!
“El ajedrez es la vida” (R. J. Fischer).
“Desprenderse de una realidad no es nada, lo heroico es desprenderse de un sueño” (Rafael Barreti).
“Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, aunque la violencia se practica a plena luz del día” (John Lennon).
“Despertar de un mal sueño es dar las gracias a la vigilia sonriendo, lo curioso es que si el sueño ha sido bueno también sonreímos al despertar; ¿tendremos que soñar más para sonreír más?” (Perdonar al autor de esta frase, cada vez dice más tonterías).

Siempre que Pepe Mandanga visita los espacios de mi memoria, recuerdo la graciosa y antológica presentación que Pedro Antonio de Alarcón hace sobre el tío Lucas en su simpática obra “El sombrero de tres picos”: el tío Lucas era más feo que Picio. Pues bien, comparado con Pepe Mandanga, el tío Lucas pasaría por ser el más bello de todos los celestiales serafines. Pepe Mandanga, haría correr de terror al mismísimo monstruo de Frankenstein, incluso éste, sería capaz de adelantar sin montarse en una moto al mítico piloto Ángel Nieto por más que el campeón acelerase. Pero más que su fealdad, el verdadero pánico que yo sentía al verle consistía en el maleficio que este grotesco personaje ejercía sobre mí.
Pepe Mandanga apareció en mi vida una mala tarde del mes de noviembre de mil novecientos setenta y cinco. Por aquellos lejanos días de mi juventud, Cupido acertó con su infalible disparo e hizo blanco en mi corazón, pero no con una flecha, sino con una lanza y no con la sutileza de un dios del amor, sino con la furia de un caballero medieval que en frenético combate contra mí arremetiera.
Debo confesar que en aquel tiempo estaba perdidamente enamorado de la campeona de nuestra peña de ajedrez, Filomena Tormento. Todos mis pensamientos, desde los más platónicos hasta los más mundanos estaban orientados a la dama de mis amores, que en mis más recónditos sueños eclipsaba con su luminosa hermosura el bello resplandor de la mismísima Afrodita.
Con la pasión y la candidez típicas de la edad, deseaba ardientemente que su corazón y el mío se enlazaran con los fuertes e invisibles hilos del amor. Para mi desdicha, muy pronto sentiría en mi alma que los latidos de mi corazón sonarían como redobles de tambores anunciadores de mi muerte. Para mi desgracia, aquella fatídica tarde ingresó en la querida peña de ajedrez de mi barrio el más feo (incluso más que yo) de todos los jugadores de la historia. Ya sé que alguien pensará que en todos los centros de ajedrez se reúnen con demasiada frecuencia una nutrida colección de feos, pero os aseguro que Pepe Mandanga no tenía rival, su fealdad era sencillamente inefable.
Yo era el más tímido de todos los ajedrecistas y conocí a Filomena Tormento cuando esa tarde, al entrar al local, me acerqué como de costumbre a la pequeña y humilde biblioteca de ajedrez. Cogí un libro, “Mis sesenta memorables partidas” del recién fallecido genio, Robert Fischer. Cuando me iba a sentar para reproducir las bien analizadas y famosas partidas de tan admirado jugador, Filomena, con filarmónica voz, me invitaba a jugar con ella. Mi corazón no pudo con tanta emoción, la más bella joven que mis ojos jamás habían contemplado me proponía jugar al más apasionante de todos los juegos. Acepté encantado, mi educación por una vez pudo más que mi timidez y con ferviente sinceridad agradecí la invitación de nuestra campeona. Yo casi no podía hablar, la emoción me atenazaba y paralizaba tanto mi voz como mis gestos. Me senté frente a ella y sentía que la luz de su mirada inundaba todo el tablero. Mientras pensaba cómo salir del furibundo ataque que Filomena me estaba lanzando, presentía que me miraba y al elevar mi rostro del tablero, mis ojos se encontraron con los de ella.
No sé si alguien ha sufrido alguna vez un ataque de belleza, pero la hermosísima y turbadora mirada de Filomena me hizo enrojecer y mi corazón, de ella quedó preso. No supe reaccionar y queriendo huir para evitar que me diera un soponcio incliné mi rey y ante la sorpresa de la ajedrecista, me rendí. Me despedí como pude, necesitaba tomar aire (perdonar que aún no os haya invitado a café pero ni ganas de tomarlo tenía en ese momento), deseaba sentir el fresco de la calle en la cara y lo único que sentí fue el golpe que me di en la boca al tropezar con el escalón de la puerta y darme con el pomo de ésta de forma que casi me lo trago.
Por fin paseaba por la calle y caminaba hacia una cafetería (ahora sí, invito a café, a quien esté leyendo en este momento), cuando sólo tenía que atravesar el ancho de la calle que me distanciaba del café apareció ante mis ojos el personaje más feo que sobre dos piernas haya caminado jamás. Quedé paralizado. Mi cabeza como la de un curioso búho, giró casi ciento ochenta grados para seguir mirando con total perplejidad a Pepe Mandanga. Me distraje al mirar hacia atrás y sin darme cuenta pisé una cáscara de plátano que alguien tiró al suelo. Mirando atrás y avanzando veloz hacia delante debido al resbalón, fui a caer de bruces sobre un cactus que había en un jardincito. Creo que después de tantos años, aún no han salido de mi cuerpo todas las púas que se me clavaron. No os aconsejo que os aventuréis sobre un monopatín platanero, las consecuencias pueden ser fatales.
Me repuse un poco al tomar el café y decidí regresar a la peña de ajedrez.
Cuando me acercaba a la puerta, observé que Filomena, radiante, parecía sonreírme muy contenta de verme y como a una sonrisa le corresponde otra (sobre todo si es de la mujer de quien uno está enamorado), mi sonrisa se extendía de oreja a oreja. Miraba a Filomena Tormento con tan enamorado embeleso, que sólo su persona era lo único que podía contemplar, pues todos mis sentidos estaban cautivos de su belleza. En la puerta de la peña de ajedrez, Filomena parecía la más divina y elegante cariátide que nunca haya sostenido un edificio; mis ojos no daban crédito a tanta beldad. No me explico cómo no tropecé con nada ni nadie, pues no miraba otra cosa que no fuera Filomena. Sólo cuando estuve muy cerca de ella me di cuenta que no era a mí a quien sonreía, ¡qué decepción!, mi atormentado corazón sufrió un gran desengaño. Desvié la mirada hacia donde miraba Filomena y para mi desgracia, ésta sonreía a Pepe Mandanga.
Con tanta frustración perdí el equilibrio de mis pasos, avancé por el lado de la muchacha de mis amores, pero estaba tan aturdido que tropecé con el escaloncito delantero de la puerta y entrando precipitadamente me estrellé contra una larga mesa en la cual se disputaban tres partidas. Puedo asegurar que ha sido la única vez en mi vida en que he dado tres jaques mates simultáneos, pues tiré al suelo todas las piezas de los tres tableros. Las magulladuras no significaron nada para mí comparadas con la sensación de bochorno y vergüenza que sentía. Pedí disculpas como pude a mis amigos y con ayuda de éstos recogí los trebejos que derribé por el suelo. Me preguntaron si me encontraba bien y les respondí que no se preocuparan. Pensé que lo mejor sería sentarme y observar las partidas de mis compañeros, pues las ganas de jugar las había perdido.
Pasados unos minutos, Filomena acompañada por Pepe Mandanga, entró a la sala de juego. Filomena me preguntó si quería jugar con Pepe, pues como él estaba aprendiendo y era por tanto un novato, la partida estaría equilibrada. A pesar del pésimo concepto que de mi nivel de juego tenía la angelical Filomena, acepté a jugar con Pepe Mandanga. En efecto, Pepe Mandanga jugaba tan mal, que su juego era casi tan feo como su rostro. No quiero justificar mi derrota, prefiero aceptarla con deportividad, pero con tantos y tan infortunados incidentes que me ocurrieron en tan poco tiempo (teniendo en cuenta además que la presencia de Filomena, ejercía en este caso un mal influjo en mi concentración y no digamos nada de la presencia de Pepe Mandanga), no pude jugar adecuadamente. Con tanto agobio, quise acabar pronto, pero Pepe Mandanga que no era precisamente ningún dechado de buenos modales, estornudó estrepitosamente sobre el tablero, de tal forma que en mi confusión, en vez de mover la dama y lanzarle un ataque imparable, cogí el rey, y claro, como pieza tocada, pieza jugada –según reza el reglamento- tuve que mover el monarca en vez de la reina y el único sitio posible para mover el rey era una casilla en la cual éste recibía mate. Con un alarde de deportividad felicité a Pepe Mandanga que reía estrepitosamente, alegre de haberme vencido.
Me despedí de todos los amigos de la peña y me fui. Esta vez tuve cuidado con el escalón de la puerta (ya iba aprendiendo), pero al salir a la calle, sin saber cómo, al mirar la hora de mi reloj y levantar la mano, ésta se engancho en el escote de una gruesa mujer que justo en ese momento pasaba por delante de la puerta. La correa metálica del reloj se ancló en el sujetador de la inoportuna señora. La pobre mujer gritó asustada (juro que antes que violar a nadie, prefiero suicidarme), y los amigos del ajedrez salieron a socorrerla. Filomena Tormento y Pepe Mandanga también aparecieron. El maleducado de Pepe se reía a mandíbula batiente (jamás comprenderé que Filomena estuviera enamorada de semejante energúmeno, pero en efecto, el amor debe ser ciego; y aunque ella no lo fuese, también idiota), y ante las carcajadas de Pepe, la perplejidad de mis amigos, el miedo de la señora y la delicadeza de Filomena, os aseguro que quería morirme. Creo que de vergüenza es imposible morir, me convencí aquella tarde. Con inusitada habilidad, Filomena acertó a separar mi reloj del sujetador de la asustada mujer igual que Alejandro Magno hiciera muchos siglos antes con el nudo gordiano. Como ya sabéis, lo de gordiano no lo digo porque la desdichada mujer fuese gruesa, sino por Gordio, el antiguo rey de Frigia.
Una vez libre de la atadura temporal con aquella mujer (lo de temporal no lo digo por mi reloj), agradecí a todos la ayuda prestada, incluso le di las gracias al perrito que en ese momento la señora sacaba a pasear, que por cierto, me mordió en una pierna.
Necesitaba estar sólo y por eso busqué un sitio cercano para tomar un café, ya que anteriormente no pude tomarlo con tranquilidad. (Aprovecho para invitar a quien en este momento, esté leyendo). Me sentía herido en cuerpo y alma, deseaba sentarme tranquilo en la cafetería, quería relajarme; pero no lo conseguía. La cafetería estaba a esa hora de la tarde totalmente vacía, tanto era así que sólo yo tomaba café y el camarero aprovechó la tranquilidad reinante para arreglar la pata de una mesa que se había despegado. Cuando el camarero me sirvió el café, sobre la bandeja en que éste me traía mi bebida favorita había también un bote de un fortísimo pegamento. No creo que exista esa marca, pero me pareció leer que el nombre de dicho pegamento era Tatequieto; era como si el pegamento me insinuara que me retirara y me quedara quieto con mi soledad.
Unos minutos después, para colmo de mis desdichas, entraron a la cafetería Filomena Tormento y Pepe Mandanga. Pepe preguntó por los aseos y justo cuando pasó por mi lado tropezó con el camarero que llevaba en la bandeja el bote con el que pegaba la pata de la mesa. Con tan mala suerte que el pegajoso y viscoso líquido no tuvo otro sitio donde caer que sobre la herida que poco antes me hizo el perrito de la señora. Instintivamente, quise quitarme el pegamento, pero era tan fuerte que mi mano izquierda quedó pegada a mi pierna derecha, casi a la altura del tobillo. En vano me esforcé por separar la mano de la pierna, el dolor era insoportable pues casi me dejaba la piel en la tela del pantalón. No tuve más remedio que salir a la pata coja, mientras a cada salto que daba, más me dolía la palma de la mano. Pasé sin poder saludar por el lado de Filomena y ésta, sobresaltada, me vio pasar como si me persiguiera el mismísimo diablo. Con una mano pegada al tobillo y avanzando hacia la calle a la pata coja en dirección a la farmacia que había en la acera de enfrente, debía parecer un revólver humano en solitaria estampida. Pero no acabaron aquí mis desdichas, pues cuando salía a la calle, como no podía ver bien por dónde iba, no me percaté que justo delante de la puerta de la cafetería pasaba una señora que no era otra que la del perrito. Pobre mujer, recibió un cabezazo mío como si de un balón de fútbol que yo rematara en plancha se tratase.
Como tengo la cabeza tan grande y tan dura, la tiré al suelo con tan mala fortuna que una mano suya también quedó pegada a mi tobillo, la mujer me miraba queriéndome matar. Aquello parecía una brutal agresión en toda regla. Tanto la señora como yo gritábamos de dolor y desesperación. Jamás una mujer ha estado tan unida a mí, ni siquiera la que más me haya querido. La pobre señora no sabía si estrangularme o casarse conmigo. Filomena con rapidez avisó al farmacéutico de lo que ocurría y éste, con diligencia y buen hacer, con unas tijeras cortó la tela de mi pantalón y luego con un disolvente aséptico consiguió quitarnos el pegamento. De esta forma, la castigada señora y yo pudimos incorporarnos, el perrito volvió a morderme y yo sentía remordimientos y vergüenza sin límites. Pepe Mandanga se partía de risa y yo seguía sin saber la razón por la que Filomena estaba enamorada de él. El farmacéutico propuso que tanto la maltrecha señora (que se llamaba Martirio Tuercas), como yo, fuésemos al ambulatorio para un reconocimiento médico. Jamás en mi vida me sentí tan torpe, tan aturdido y tan abochornado.
Pero de forma inexplicable, de pronto, y como por arte de magia, todas las personas presentes desaparecieron de mi vista, tampoco las podía oír. Misteriosamente ya no sentía ni amor por Filomena Tormento, ni aversión por Pepe Mandanga, ni congoja por Misterio Tuercas, ni agradecimiento por el farmacéutico, ni dolor por el perrito. Tan sólo una sonrisa afloró de mi alma, creo que nunca he sonreído de forma tan sincera.
Desperté del mal sueño de aquella tarde ¡todo había sido una pesadilla! Me sentía feliz, muy feliz y aliviado, pero por si acaso, os puedo asegurar que cuando desperté de la siesta de aquella lejana tarde no fui a la peña de ajedrez, no quería saber nada ni de Filomena, ni de Pepe, ni del camarero, ni de Martirio, ni del farmacéutico, ni del perrito... 
Admirado Bobby, desperté contento de que todo hubiera sido un sueño. Pero una mala tarde del mes de Mayo de mil novecientos ochenta y uno, en Pasadena (California), te confundieron con un ladrón y te encarcelaron injustamente. Te ultrajaron, te maltrataron, te privaron de tu libertad, castigaron tu cuerpo y tu alma. No Bobby, lo tuyo no fue un mal sueño como el mío.
Quizás con mejor fortuna puedo volver a soñar que por ejemplo, Filomena Tormento y Pepe Mandanga no estaban enamorados, que eran hermanos con apellidos distintos y que la mujer de mis sueños sólo quería poner a prueba mi paciencia y mi capacidad de supervivencia. Puedo volver a soñar y advertir que en realidad, Filomena Tormento, estaba tan loca de amor por mí como yo por ella.
No Bobby, lo tuyo no fue un mal sueño. La policía de una nación como la tuya, que se considera tan justa y tan democrática, ¡qué mal te trató! Siempre te han tratado mal los políticos de tu país. En plena guerra fría, te usaron para que destronases la hegemonía soviética en ajedrez y veinte años después, por intereses políticos, te prohibieron jugar en la antigua Yugoslavia. Pero tú, plantando cara, jugaste (¿quizás porque prometiste la revancha a Boris Spassky?), ¡qué valor demostraste Bobby! Desde entonces te persiguieron para volver a encarcelarte. Has vivido tus últimos años como un pordiosero. ¡Qué valor le has echado a la vida! Sé que te utilizaron, sé que has sido uno de los mejores jugadores de la historia y tú sabes lo mucho que siempre te he admirado.
Pero hay dos cosas Bobby, con las que no estoy de acuerdo contigo. Cuando la muerte venga por mí y pase al mismo plano que tú, quiero que hablemos, lo haremos si quieres después de brindar con todos los amigos por Caissa. Confío en tu sinceridad, porque sé que no eres un traidor. Creo, genio de Brooklin, que ya sabes cuáles son esas dos cosas que te preguntaré. Mientras tanto, mientras la muerte aún me regale días de vida, seguirás permaneciendo en mi memoria.
Ya ha acabado todo Bobby, descansa en paz.
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