El fantasma de la Casa del Ajedrez

Dedicado a mi amigo, José Carlos Aranaz, por tantos años de ajedrez compartidos .Por aquellos tiempos en que desde Algeciras, yo venía a Sevilla y me alojaba en su piso de estudiante, para poder participar en el famoso torneo internacional. Por tantos duelos de partidas relámpagos y por tantas cosas que aunque sé que a él le cuesta manifestarlas, las siente igual que yo. También  por las muchas discusiones que hemos tenido y porque aunque es un buen arquitecto, su mejor obra ha sido sin duda alguna la de colaborar con la naturaleza para dar vida a Amalia, su hija y gran jugadora  sevillana de ajedrez.
De nuevo mi más sincero agradecimiento a todos los que con vuestros comentarios, me alentáis para  seguir escribiendo. Algunas veces pienso dejar de escribir relatos y hacer lo que hice toda la vida, escribir para mí mismo cosas que acababan o bien quemadas o bien arrojadas a la más cercana papelera. Otras veces pienso que enviar relatos a esta página,  es una forma de retener y congelar  de forma escrita, experiencias mezcladas con fantasías; pensando quizás que alguien  con su atenta lectura, pueda insuflarles algo de vida.
También quiero agradecer a los alumnos y  profesores del Instituto Polígono Sur, su buena predisposición  y su buen hacer para que las partidas simultáneas, que hace unas semanas hemos realizado allí; resultasen una grata actividad. Ya sabéis que podéis contar conmigo, para la puesta en marcha de un taller de ajedrez o para cualquier otro proyecto.
Antes de comenzar este relato, quiero comentar que  en la actualidad estoy leyendo “El Fuego”; la supuesta segunda parte de “El Ocho”,  de la famosa escritora Katherine Neville. Casi al comienzo de esta novela, podemos leer este fragmento: “Vive  en el Gran Canal de Venecia, así que podéis llegar hasta él en barca en cuestión de días. No os costará encontrar su palazzo. Se llama George Gordon, lord Byron. Le llevaréis el objeto que sostienes en las manos y él lo protegerá con su vida si fuese necesario. Está disimulado entre el carbón, pero en su interior se encuentra la pieza más valiosa del antiguo “ajedrez del tarikat” creado por al-Jabir al-Hayan. Esta figura especial es la verdadera clave hacia la Vía Secreta. Es la pieza que hoy conocemos como la Reina Negra”.
La dama negra en esta novela es una pieza muy importante, como también lo era en mi anterior relato titulado Misiones. Es una de esas casualidades o mejor, causalidades, que hacen que de verdad sienta ganas de invitar a café a tan excelsa autora, que al igual que todos vosotros, quedáis invitados. Os aseguro que mientras escribía Misiones, yo no sabía nada de la reina negra del Fuego de Katherine Neville.
“- Rafael, si esto es la casa del ajedrez ¿por qué no vive ni duerme nadie aquí?” (Un alumno mío de siete años)
“He sido un hombre afortunado: nada en la vida me fue fácil” (Sigmund Freud)
“La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo” (Giacomo Leopardi)
“Cuando hacemos aquello en lo que de verdad creemos, los efectos producidos, pueden hacer creer a los demás en lo que han de hacer”  (Como podéis ver, el autor de esta frase, no tiene remedio).

Ahora que el llamado espíritu navideño parece olvidado, que los Reyes Magos y sus camellos, están sumidos en una larga siesta; quizás ahora es un buen momento para recordar que aún quedan personas de buen corazón y que sea la época del año que sea, pueden hacernos regalos y transformar nuestras vidas como si de un cuento de hadas se tratase.
Aquella tarde de hace algunos años (como había advertido con anterioridad), el monitor de la casa del ajedrez de Sevilla, retrasó su llegada, pero contó con la ayuda de uno de los participantes asiduos a sus clases, para abrir el aula principal y comenzar  la sesión de ajedrez. Se acercaba con rapidez por el pasillo cuando creyó confundirse de lugar. Desde el  aula principal, una maravillosa interpretación del Vuelo del Moscardón de Rimsky Korsakov, lo inundaba todo de música y alegría y unos fuertes aplausos agradecían tan hermoso ofrecimiento para todos los oídos presentes. El monitor aceleró aún más sus pasos y al llegar a la sala central, pudo contemplar una animada reunión de ajedrecistas que prestaban toda su atención a una nueva alumna, Irina, que era además como todos pudimos apreciar, una consumada violinista. Llegó acompañada por su padre, Leónidas y  sus dos hermanos Mijahil y David, ambos mayores que ella. En cuanto fuimos presentados, Leónidas me explicaba que sus tres hijos deseaban participar en todas las actividades ajedrecísticas de la casa del ajedrez.
Siempre he pensado que debe ser muy triste para una familia, vivir fuera de su contexto social. Leónidas junto  a su compañera y sus tres hijos, integraban esa larga lista de personas (más de ciento treinta y cinco mil), que tuvieron que ser desalojadas de Chernobil, cuando la fatídica noche del veintiséis  de Abril de mil novecientos ochenta y seis, un fallo técnico en el cuarto reactor nuclear, vertió al exterior toneladas de material radioactivo con efectos devastadores. Residían en Sevilla desde aquel trágico año, y al parecer se habían adaptado muy bien y no tenían ningún problema con el idioma, sobre todo Irina, quien a pesar de ser ciega de nacimiento; la naturaleza la había dotado de un privilegiado oído. 
Por aquel tiempo se rumoreaba (y a veces los rumores tienen mucha fuerza), que cuando nadie se encontraba presente en la casa del  ajedrez, se oían extraños ruidos, se podían ver lucecitas que salían por las ventanas y  hay  quienes decían que se escuchaban pasos que recorrían todas  las  aulas y pasillos y también como si deslizaran  piezas de ajedrez sobre  un  tablero. Una de esas tormentosas  noches  en  que  la  ira del  cielo lo ilumina todo, uno de los vigilantes de seguridad del polideportivo San Pablo, en el cual se halla la casa del ajedrez, dice que vio sombras humanoides que se movían por las aulas y que pudo oír ruidos como si las piezas de un tablero hubieran caído al suelo. En otra ocasión comentó que la puerta de la oficina, chirrió enigmáticamente como si alguien la estuviera abriendo. Todo eran rumores sin importancia, cosas que se dicen cuando hay poco que decir, pero la curiosidad aumentaba entre los alumnos de la casa del ajedrez. Es bien sabido que el misterio aviva el interés de los humanos, como muy pocas cosas pueden hacerlo.
Debido al horario laboral de Leónidas Lazarev, sus tres hijos llegaban un rato antes que los demás, su padre los acercaba con su vehículo y luego acudía a su lugar de trabajo. Se sentaban en un banquillo delante de la entrada y con el pequeño tablero adaptado al tacto de Irina, jugaban una partida o bien comentaban las posibilidades de alguna interesante posición. Siempre que podía el monitor procuraba llegar antes de la hora de comienzo, para que los hermanos no tuvieran que esperar en la puerta y siempre que esto sucedía, observaba que Irina, a pesar de su ceguera, miraba hacia la puerta con infinita atención, como si quisiera percibir lo que sucedía en el interior de la casa del ajedrez.

Se acercaba la fecha en que comenzarían los torneos de las diversas categorías de ajedrez de Sevilla y los que iban a participar en las competiciones junto con el monitor, decidieron que las sesiones de entrenamiento fuesen de dos días semanales en lugar de uno que era lo habitual. Por entonces, dos de los alumnos, los hermanos Gálvez, AnselmoJulián, ambos estudiantes de psicología, estaban igual de interesados en clasificarse para los campeonatos de Andalucía que en descubrir en qué consistía ese enigma que ellos denominaban, el “fantasma de la casa del ajedrez”. Pero para eso, tendrían que dar jaque mate al misterio. Si algo siniestro estaba ocurriendo, ellos querían ser los primeros en averiguarlo. Habían observado que el único libro cuyo contenido no era ajedrecístico (Carta de una desconocida de Stefan Zweig), unas veces aparecía en un sitio y otras en otro, como si el supuesto fantasma, no tuviese un lugar preferido para leer. Advirtieron también que la postal que  separaba  la página de lectura, avanzaba hacia el final de la novela y por supuesto sabían que durante las clases, nadie leía libros que no fuesen de ajedrez. Por tanto no tenían dudas de que alguien, cuando todo estaba cerrado y en silencio, tenía una extraña actividad dentro del local.
Cada vez los alumnos hablaban con más frecuencia sobre esos rumores que parecían provenir de ultratumba. Yo les pedía por favor, que se centraran más en los temas que teníamos que  tratar  que  en patrañas y habladurías y medio en serio, medio en broma, les rogué que no se les ocurrieran hacer ningún tipo de “exorcismo”.
Para que las reuniones fuesen más uniformes y aprovechar mejor el tiempo, habíamos decidido que los dos días semanales fuesen continuos, y elegimos los  miércoles y los jueves. A los hermanos Gálvez  se  les ocurrió una disparatada y pseudo científica idea; colocarían discretamente en un sitio oculto una grabadora de avanzada tecnología a modo de lo  que algunos llaman psicofonía. Sin más dilación, el primer miércoles que pudieron, colocaron la grabadora y la escondieron cerca de donde localizaron la novela del idealista escritor vienés. El siguiente jueves, antes que llegara el monitor, todos estaban atentos a los ruidos que la grabadora de los hermanos Gálvez estaba reproduciendo. Aquella tarde toda la familia Lazarev, hizo acto de presencia, Leonidas tenía la tarde libre y decidió participar de la sesión acompañando a sus hijos.
El entrenador de ajedrez, llegó a la hora convenida, la puntualidad era para él, de vital importancia, algo que tenía que ver con la disciplina personal. Penetró en el local y su semblante denotaba una contrariedad que no pudo disimular. Saludó a todos los presentes y mirando la grabadora y a los hermanos Gálvez, suplicó que no hicieran más caso a las habladurías de los que decían que habían percibido  sensaciones paranormales en el local. Pidió por favor que prestaran atención  a los ejercicios de entrenamiento que había seleccionado.
Todos los presentes miraban al monitor con respeto, pero a todos les extrañó que se preocupara tanto para que hicieran caso omiso de los rumores. Mientras  éste se acercaba al tablero mural para comentar el tratamiento posicional de una famosa partida, parecía que la cadena del  reloj (que desde que era un niño, siempre llevaba en su mano derecha), le molestaba y giraba a ambos lados  la mano para ajustar la cadena en su muñeca. El chasquido metálico que tal acto produjo, llamó poderosamente la atención de Irina que llevándose un dedo a los labios, rogó silencio a sus compañeros. Los ojos de la joven se orientaban hacia su profesor de ajedrez, guiados por los sonidos de los pasos que éste daba al acercarse al tablero donde iba a exponer el tema del día. El docente alargó la mano hacia las grandes y planas piezas magnéticas y cuando iba a avanzar el peón de la columna de la dama blanca, sintió una penetrante mirada de unos ojos que sin ver, parecían percibirlo todo. Giró sobre sí mismo y sus ojos se encontraron con los de la joven ucraniana, una gran expectación reinaba en el ambiente. El rostro de la menor de los Lazarev, oscilaba entre la curiosidad y la tristeza.
El monitor le preguntó qué le ocurría y la virtuosa del violín le respondió.
Rafael, el sonido de de la cadena de tu reloj, que parece molestarte y tus pasos; son los mismos que hace un momento, antes que llegaras, hemos oído todos. ¿Eres tú quién estaba esta madrugada en esta misma sala?
Un angustioso silencio se adueñó de todos. Tanto los hermanos Gálvez como Irina, me miraban como pidiéndome perdón por haberme descubierto; pero yo no podía enfadarme porque es bien sabido que la curiosidad por conocer la verdad, es algo que caracteriza a los buenos ajedrecistas y nada puede detener la voluntad de quienes de verdad quieren investigar.
Respondí a Irina como mejor pude.
Acabas de dar un jaque mate a un misterio. No le has dado mate a un rey, sino a un pordiosero como yo, que no tiene otro sitio para dormir que este local de ajedrez. Yo soy el “fantasma de la casa del ajedrez”, el causante de tantas habladurías. Cuando las sesiones se acaban y todos os marcháis, parece que yo también me voy; pero luego entro por la puerta que hay al final del pasillo que conduce a  los servicios y regreso aquí casi todas las noches para dormir. Sé que ahora que todos sabéis la razón de los rumores paranormales que tanto os han llamado la atención; será inevitable que busque otro sitio donde pasar las noches y no tengo ni idea de dónde las pasaré. En cuanto los guardias de seguridad del palacio de deportes, sepan que duermo aquí; me prohibirán la entrada y dudo si podré seguir dando clases, que es lo que más me gusta hacer.
Leonidas Lazarev que aquella cenicienta tarde también se encontraba presente, dijo en un perfecto castellano.
-   Rafael sé cómo se siente una persona, cuando de repente pierde su hogar. Ya sabes lo que ocurrió hace años en Chernobil, mi ciudad de origen. Me gustaría que a cambio de darnos clases gratuitas de ajedrez a mis hijos y a mí, aceptes compartir un piso de mi propiedad que está justo debajo del que vivimos nosotros. Lo vamos a alquilar para que lo compartan cuatro personas, tú serás si quieres esa cuarta persona y será gratis para ti, mientras encuentras algo que te guste más.
Agradecí a Leónidas su generosísima oferta y todos los presentes también parecían contentos que aún hubiera personas de tanta bondad como este hombre, que por trágicas circunstancias tuvo que huir de un lugar que en la actualidad, parece un pueblo fantasma. La emoción me quebró la voz y los hermanos Lazarev, me suplicaron que aceptara la proposición  de su padre.
Han pasado algunos años y  cuando me retiro para descansar, siempre agradezco a los dioses que me hayan protegido con un lugar para dormir. Miro a las estrellas, las mismas que  vierten sus  trémulas luces tanto en Algeciras donde nací, como en Sevilla donde vivo o en Chernobil donde ocurrió una inmensa catástrofe. Unas estrellas que cuando  el crepúsculo da paso a la noche, parecen encenderse con los compases de un sublime violín que parece se tocado desde el cielo; justo desde el piso de arriba de donde ahora duermo.
 
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