Padres, hijos y Ajedrez

Dedicado a mi amigo y difusor del ajedrez, Pedro Torres, por ayudarme desde que llegué a Sevilla y por las muchas conversaciones que hemos mantenido sobre el comportamiento que muchos padres tienen con sus ajedrecistas hijos.
La última vez que hemos hablado sobre el tema que intento reflejar en este relato, ha sido durante la definitiva jornada del torneo escolar a la que fui acompañado de mi hija. Pedro me decía que por qué si mi hija Sara tiene ya cinco años, no la enseñaba a jugar, que yo estaba haciendo un disparate. Mi planteamiento después de muchos años como monitor de ajedrez, es que la enseñaré y pondré todo mi empeño en ello, sólo cuando sepa que ella de verdad quiere aprender. Mientras tanto, la veo feliz, aprende las cosas propias de su edad y cada vez va siendo más autónoma. Por muchas razones, yo deseo ardientemente que ella se aficione, pero ni por todas esas razones juntas, impondré el ajedrez a cualquier otra afición que ella pueda tener. No importa tanto lo antes que se empiece a jugar como las ganas con que se quiera aprender y la motivación que se tenga.
“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan tontos la mayor parte de los hombres” Debe ser el fruto de la educación” (Alejandro Dumas, hijo)
“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres” (Pitágoras)
“Educar a los hijos, es en esencia, enseñarles a valerse sin nosotros” (Mario Sarmiento)
“Educar a un joven no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía” (John Ruskin)
“La única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna” (Jean Jacques Rouseau)
“Sólo espero que el día que mi hija medite sobre la cita del hijo de Alejandro Dumas, sepa comprenderme y perdonarme”
(Como siempre sed benévolos con el autor de estas líneas) Todo lo que narraré a continuación, es ficticio. Si por la aproximación a la realidad, alguien se siente ofendido, espero me disculpe; sólo trato de reflejar algunos comportamientos paternos que lejos de ayudar a sus hijos, lo que consiguen es perjudicarlos y no sólo en el perfeccionamiento ajedrecístico, también en el desarrollo integral de la personalidad que es lo verdaderamente grave. Cualquiera que sea la disciplina que practiquen nuestros hijos, dejémosles que mientras la realizan, se expresen como ellos son y sienten; no como a nosotros nos gustaría. Debemos ayudarles antes y después de la partida, es muy negativo hacerlo durante la misma; entre otras razones porque podemos tener problemas con los árbitros de los torneos y entonces como agravante estaríamos enseñando a nuestros hijos actitudes antideportivas.
Felicitémosles cuando jueguen bien, y no le impregnemos de nuestras propias frustraciones cuando no lo hagan tanto. No olvidemos nunca que sea cual sea el resultado de sus partidas, ellos serán siempre una parte del resultado de nuestros actos y por tanto de nuestras vidas. Quizás no debamos olvidar nunca que tienen su propia forma de ser, su propia identidad.

- “No sé cuándo se darán cuenta algunos padres que el mejor sitio de la sala donde pueden estar, es donde sus hijos no los vean”
Me parecieron que estas palabras fuera de contexto, no podían ser significativas; pero también sabía que encierran mucha verdad; pues hay padres que se acercan a las mesas de sus hijos mientras éstos juegan una partida de torneo y lejos de ayudarles (que estaría prohibido), lo que hacen es sumar sus nervios y crispar aún más a sus pequeños.
Subía por las escaleras que conducen a la Casa del Ajedrez de Sevilla, cuando observé con enorme alegría al autor de las palabras que acaba de oír.
-    Rodri, ¿cómo estás? ¡me  alegro de verte!  Saludé.
-    Hola Rafa, te presento a Irene mi esposa, vamos a tomar café ¿nos acompañas?
Por supuesto que tras saludar a Irene, acepté el café,  y no sólo porque me encanta su sabor, también porque siempre me pareció muy interesante hablar con mi amigo Rodrigo que además es colega mío, pues es monitor de ajedrez.
-    Rodri, subo un momento a saludar a los amigos, veo el ambiente y bajo enseguida a veros. Ya sabes que me gusta con poca leche. Comenté.
Entré en la Casa del Ajedrez sin preocuparme demasiado de los rumores que corrían sobre un supuesto fantasma, que loco por el ajedrez deambulaba por allí.
La voz firme del árbitro principal sonó clara y fuerte con tintes de seria advertencia hacia los padres de los niños que participan en los torneos por categorías de edades de Sevilla:
-   Señores padres, les ruego se retiren de las mesas donde juegan sus hijos. Recuerden que no pueden hablar con ellos y por favor tengan en cuenta que si os acercáis demasiado a los tableros, los árbitros no podremos apreciar las incidencias que puedan dar lugar a situaciones de litigios reglamentarios. Sería conveniente que para el buen desarrollo del torneo, colaboremos todos, o sintiéndolo mucho, me veré obligado a invitaros a salir del local.
Saludé a los amigos, observé rápidamente el ambiente general y bajé a la cafetería donde me esperaban Rodrigo e Irene. (Como siempre, invito a café a quien siga leyendo en este momento)
Mientras bajaba por las escaleras imaginé que el supuesto fantasma de la Casa del Ajedrez, estaría totalmente conforme con las palabras que el director del torneo, acababa de pronunciar. Me senté a la mesa y Rodri comentaba que le agradaba la cantidad de chavales que estaban participando, pero que a su parecer, las salas estaban muy concurridas, pues como es lógico los niños iban acompañados de sus padres y que por esta razón decidió salir de ellas. Su hija Begoña también participaba en la categoría de alevines. Opinaba que  por razones de proxémica, era conveniente que los jóvenes tuvieran más espacio libre y que la cercanía de sus progenitores, lejos de beneficiar, les perjudica, pues como animales que somos, es bien sabido que la muchedumbre tiende a ponernos nerviosos, como ya advertía a principios de los años sesenta del pasado siglo el antropólogo Edward  Hall.
Rodrigo hablaba sobre psicología aplicada al deporte y me pareció muy interesante todo lo que comentaba, pero llegados a un punto, su voz cambió de ritmo, de tono e incluso de timbre y me contó una pequeña historia, que quiero transmitir a todos los amigos amantes del ajedrez; en especial a los que son padres.

Torneo de ajedrez para escolares
LA BREVE HISTORIA CONTADA POR RODRI
Teodoro, era un hombre educado en los tiempos de la postguerra civil, época difícil para todos los españoles, en especial para las familias humildes. Era un individuo responsable, luchador y tenaz. Aprendió algo bueno en el colegio, a jugar al ajedrez; y algunas cosas útiles, casi todas las demás cosas que aprendió, estaban impregnadas por el veneno autoritario del franquismo. En nuestro juego  encontró Teodoro un aliciente y un refugio a la vez, que le hacía olvidar las penurias de su vida. Se hizo socio de una peña de ajedrez y en su juventud participó en pequeños torneos con suerte diversa. Las responsabilidades cotidianas le dejaban poco tiempo para jugar. Tras cumplir con la odiosa obligación del servicio militar; consiguió un puesto de trabajo estable y pocos años después contrajo matrimonio. En efecto, poco tiempo le quedaba al voluntarioso Teodoro para jugar al juego que mejor jugaba y que más le gustaba. Un lustro más tarde ya era padre de cuatro saludables hijos y a todos los introdujo en el aprendizaje del ajedrez, pero al mayor de ellos, trató de enseñarlo de forma especial, inculcándole siempre el espíritu competitivo, su primogénito tenía unas estupendas dotes ajedrecísticas y a temprana edad solía vencer en casi todos los torneos escolares de la ciudad hispalense; Teodoro sentía verdadero orgullo por su ajedrecista hijo. Algunas veces (pocas afortunadamente), si los resultados deportivos de su vástago no eran los deseados, no podía ocultar su decepción; la comunicación era menos fluida y los dos se iban distanciando a nivel emocional. Cuando Teodoro reflexionaba, comprendía que su actitud no era la más idónea, pero no lo podía remediar y muchas veces se olvidaba que su descendiente, no era más que un niño.
El último año en que el hijo mayor de Teodoro participó en un campeonato de escolares, fue en el campeonato de Andalucía que se celebró precisamente en Sevilla. Ya era un destacado  jugador y poseía una sólida técnica ajedrecística, por otro lado ya tenía experiencia en estas competiciones.
Durante todo el torneo marchó en cabeza y en todas las rondas sintió cómo los padres de casi todos los participantes, transmitían sus agobios a los niños. Era como si proyectaran sus vanidades y sus frustraciones a sus hijos, tomaba conciencia que la forma de proceder de sus mayores, en realidad, era más infantil que la de sus pequeños. 
El día de la partida decisiva, Teodoro sonreía feliz viendo cómo su hijo con impecable sentido de la estrategia y con gran tesón iba consiguiendo ventaja. El padre del jugador rival, se acercó a la mesa y miró con hostilidad a su hijo, parecía que quisiera pegarle por jugar tan mal la partida. Teodoro también se aproximó y triunfante esperaba que su chaval ejecutara la jugada decisiva; pero el corazón de éste se apenó y en vez de asestar la jugada fulminante, tendió la mano a su contrincante y ofreció tablas que fueron rápidamente aceptadas, en consecuencia, en lugar de ser campeón en solitario, compartió el campeonato con su rival. Teodoro se enfadó con el muchacho porque quería que su hijo fuese el único vencedor del torneo y no atendía a las razones de éste. Para él la competición, parecía más importante que el aspecto humano. Puede comprenderse la reacción de un hombre que quizás quería que su retoño, llegara a un lugar imaginario al que él no pudo llegar. Lo que ya no es tan lógico, es que durante días, no quiso escuchar las razones de su pequeño y éste enfadado con su padre tomó una drástica decisión: dejó de competir”
Cuando Rodri terminó de contar este pequeño relato, le dije que me pareció que hablaba con mucha autoridad y que lo había narrado con intensidad humana. Mi amigo me respondió.
-    Claro Rafa, Teodoro era mi padre y yo dejé de competir.
-    Lo siento porque aún tienes mucho talento y sé que eres un buen  monitor de ajedrez.
Rodrigo me comentaba que con el tiempo su padre, fue comprendiendo que ni se es mejor ni peor por perder o ganar, que lo importante es luchar por la felicidad. Me contaba que a veces jugaba partidas amistosas con él.
Mientras hacíamos tiempo, esperando que acabasen las partidas, se nos acercó, un señor que a pesar de su edad tenía un porte muy digno y parecía pletórico de vitalidad. Al llegar a la mesa en la que yo tomaba café con Irene y con Rodri, el señor me saludó afectuosamente.
-    Hola Custodio, es un placer saludarte, soy Teodoro Almagro y te conocí en el teatro Lope de Vega de Sevilla durante el campeonato del mundo de mil novecientos ochenta y siete entre Kasparov y Karpov. Recuerdo que tú viniste de Algeciras porque la organización hizo unos torneos paralelos por equipos y por las tardes ibais a ver las partidas del mundial.
Es bien sabido entre todos los enamorados del ajedrez, que casi sin conocernos, sin saber siquiera cómo nos llamamos, los ajedrecistas compartimos muchas cosas, sobre todo análisis  y comentarios de las partidas interesantes. Al hacer memoria, recordé que en efecto en aquel histórico duelo, por el campeonato del mundo, coincidí con Teodoro, el padre de Rodri, pero entonces, yo no sabía su nombre.
-    El placer es mío Teodoro por  poder saludarle y compartir además un rato muy agradable con su hijo y con Irene. Respondí.
Charlamos aún durante unos minutos, rememorando  aquel encuentro entre esos dos mitos vivientes del ajedrez mundial. La reunión era muy agradable, se respiraba armonía. Pasados unos instantes, Teodoro, comentó lo siguiente.
-    He estado paseando, dando una vuelta alrededor del polideportivo, mientras mi nieta participa en este campeonato. Igual va siendo hora que nos acerquemos para ver si ya acabó su partida. Espero que nos haya echado de menos.
Salimos todos de la cafetería, subimos  a la segunda planta, recuerdo que como iba acompañado, apenas pensé en el fantasma de la Casa del Ajedrez. Cuando llegamos a la puerta, una contenta y feliz Begoña, se nos acercó casi corriendo.
-   ¡Papá he ganado, soy la campeona del torneo de mi categoría! 
-    ¡Enhorabuena!  Dijo Rodri a su simpática hija.
La chiquilla dirigiéndose a Teodoro, comentó.
-     Abuelo, he vencido con una combinación parecida a la que tú me enseñaste el otro día.
-     Cuando lleguemos a casa, comentaremos juntos tu partida que aprendo mucho contigo. Contestó con alegría, el abuelo de la chiquilla.
Me presentaron a Begoña, y pude darme cuenta que era una niña muy feliz, que sabía que si no importaba perder o ganar, era muy bonito competir, pero sobre todo, lo que más claro tuve fue que esta risueña jovencita, era como un eslabón intermedio que unía a una sana cadena familiar. Quizás ella sirvió de acicate para que Teodoro y Rodri, se comprendieran mejor y se reconciliaran como corresponde a los buenos corazones que ambos poseen.
Perdonad si soy reiterativo, pero todo, absolutamente todo, lo que acabo de narrar, es pura ficción; aunque confieso que no me hubiera importado que todo, absolutamente todo, hubiera sido realidad.
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