Las jugadas del destino

Hacia finales del Siglo XIX, las iniciativas de las revoluciones industriales europeas, estaban alcanzando algunos de sus objetivos. También en España, muchos trabajadores comenzaban a sentir que sus vidas, podrían mejorar, pues se abrían muchas expectativas laborales, aunque la regular escolarización de sus hijos, aún era algo por conseguir.
Las tendencias literarias y ajedrecísticas (como siempre), iban de la mano y coincidían en la forma de expresión; los ideales y los sentimientos se enaltecían frente a lo  material. La corriente cultural de esa época  era el romanticismo. Dos estrellas fugaces, Morphy en el ajedrez mundial y Bécquer en la poesía española; iluminaron con fulgor y fantasía, el universo de los ajedrecistas y poetas. Los dos brillaron con luz propia en las alturas del firmamento y aunque sus vidas fueron efímeras, la intensidad con que imaginaban y creaban, aún hoy a principios del Siglo XXI, sigue inspirando a muchos corazones.
Alguien en algún sitio y en algún momento, dijo que los románticos estaban destinados a sufrir, porque sus ideas, jamás podrían hacerse realidad ya que la vida es muy distinta a como ellos la imaginan. Me rebelo contra esta concepción de la vida y parafraseando a Bécquer, digo: “puede que un día, no haya idealistas, pero  siempre habrá ideales”.
Amable lectora o lector, si Cupido, nunca atravesó tu corazón con una arrebatadora flecha de amor, entonces te ruego (si no lo has hecho ya), que dejes de leer este  artículo; pero ten en cuenta que la flecha de Cupido igual que el rayo de Júpiter, puede dispararse en cualquier momento; por eso quizás sea mejor que sigas leyendo. Espero al menos que  las jugadas de ajedrez del destino, sean  de tu agrado, María y Federico se batirán en frenético y amoroso duelo ajedrecístico”.

El matutino silencio, dio paso al alegre silbido de aquel tren que un día de finales de Junio de mil ochocientos ochenta y ocho, llegaba a la estación de Algeciras como un alborotador dragón metálico. Eran tiempos en que los ferrocarriles del sur de España, estaban dominados por las compañías inglesas.
Aquella mañana, tras cinco años de ausencia, una joven de veintiún años, regresaba a su tierra natal. María volvía a su pueblo, se había convertido en una mujer de excepcional belleza y ahora su gracia y elegancia, estaban adornadas por la formación académica que su padre, le había procurado en la romántica ciudad de Sevilla, cuna de tantos artistas. María y su padre se fundieron en un abrazo, como si tácitamente firmaran el cariñoso acuerdo de no volver a separarse nunca más. En una diligencia de la época, llegaron a su casa de las afueras de Algeciras, situada en la verde antesala boscosa, donde comienza  La Sierra De La Luna. La felicidad de la recién llegada, hubiera sido completa si su madre, estuviera con ellos, pero Isabel, murió dos años antes que María partiera hacia Sevilla. El corazón de María, como un sensible péndulo, oscilaba entre la alegría de la presencia de su padre y la desgarradora ausencia de su amadísima madre. Padre e hija habían hecho planes durante cinco largos años, de continua comunicación  epistolar. Miguel continuaría dirigiendo su fábrica textil con ayuda de su hija como secretaria y contable .Además, María sería la profesora de una escuela rural que su padre, había construido para ella. En la mente de la muchacha, sólo anidaba la idea de facilitar la cultura académica  de todas las personas que la solicitasen. Era consciente que casi todos los vecinos, tanto los niños como sus padres, necesitaban alfabetizarse para mejorar sus vidas. Los tiempos cambiaban y María pensaba que saber leer y escribir, era un derecho, una necesidad y también un placer. No descansaría hasta que los habitantes de su entorno, tuvieran acceso a otro tipo de conocimientos. La tenacidad y el amor a la sabiduría, eran virtudes muy acentuadas en nuestra protagonista; eran casi la razón de su vida.
Amable lectora o lector, si aún sigues leyendo; me gustaría confesar que de una mujer con esas características; quedaría locamente prendado, así que imagínate cómo se enamoraría Federico, que además tuvo la suerte de  poder admirarla con sus ojos. Espera un poco más y lo sabrás….
Pasados unos días, Miguel quiso celebrar con sus amigos y allegados, la vuelta al hogar de su amada hija. María ansiaba después de tanto tiempo saludar a sus amigos y vecinos, en especial a Federico, su amigo de siempre, a quien ella cuando eran niños, enseñó  a leer y a jugar al ajedrez. Compartieron muchas cosas, entre otras el cariño que sus respectivas familias, se profesaban. Sus padres eran muy amigos y cuando vivía Isabel, ambas familias, se visitaban a menudo, con  recíproca y verdadera amistad. Nuestra joven profesora, recordaba que Federico, para distraerla y hacerla reír, trepaba sobre el ilustre y milenario roble que ellos llamaban Ilus, porque además de ilustre, para ellos representaba la ilusión de vivir muchos años. Quizás para la joven, la verdadera ilusión que le inspiraba el roble, radicaba en una oquedad en  el centro de su tronco, donde con su innata habilidad, su amigo colocó una preciosa maderita que hacía las veces de repisa y sobre la cual, de vez en cuando, él situaba una figurita de madera, para que ella  la encontrase a modo de regalo. Sí, María, lo recordaba sobre las fuertes ramas del árbol, imitando para ella, igual que un pajarillo la musicalidad de las siringes de éstos; de la misma forma que años más tarde, aquel poeta de Orihuela, llamado Miguel Hernández, haría en Madrid para su buen amigo Pablo Neruda.
También recordaba, el gran sentido artístico de Federico, éste con una pequeña navaja, construía para ella las figuritas que  ésta le demandaba. La destreza que él poseía, se desarrolló con el tiempo, hasta convertirlo en un prestigioso carpintero y tallador de imágenes de madera. María observaba desde su regreso, que su casa era más hermosa y lo era por los muebles tan majestuosos que Federico y Pedro, el padre de éste, habían construido con delicado estilo.
Ambos amigos, compartieron muchas cosas, él se parecía en algo a ella, sobre todo en la tenacidad, que era una virtud común a los dos. María se asombraba al recordar cómo Federico (que por tener que ayudar a sus padres desde muy niño, nunca fue a la escuela), aprovechando que ella le enseñó a leer, aprendía de forma autodidacta. Los dos jóvenes, coincidían también en su afición a la lectura. Pero lo que ella más admiraba de él, era que podía confiarle cualquier cosa, fuese lo que fuese; sabía que si él, le daba su palabra y prometía algo, Federico preferiría morir antes de no cumplir lo prometido.
Amable lectora o lector, de verdad que no me he olvidado de la celebración que  el padre de María, había preparado para el reencuentro de su hija con  sus amigos; así que si todavía sigues leyendo, me siento obligado a invitarte; pues después de cinco años, María y Federico, volverán a verse. Venga ¡vamos a la fiesta! ¿qué  sucederá?.
Era una plácida tarde, de  un estupendo sábado algecireño. Las frondosas encinas, acariciaban con sus sombras el patio donde Miguel y su hija, recibían a sus invitados. Sobre amplios tablones colocados con elegante estilo a modo de mesas, la magnificencia de los manjares, ponía de buen ánimo a todos los vecinos, que tras los cariñosos saludos se iban sentando en cómodas sillas. Padre e hija  se mostraban como amabilísimos anfitriones y es que se portaban con la naturalidad de su propia forma de  ser. Todos saludaban a María con cariño, y ésta, los contagiaba de alegría  con su graciosa sonrisa. Sólo la sombra del recuerdo de su madre, gravitaba tristemente sobre ella; pero poco a poco se acostumbraba a vivir con esta añoranza. Al salir al patio con una enorme y suculenta tortilla de patatas,  contempló con  gran satisfacción, como Pedro y Lucía, llegaban acompañados por su hijo Federico. Como si fuese una niña a la que no le importasen las cuestiones de etiqueta, soltó  la bandeja y avanzó jubilosa hacia Lucía para abrazarla efusivamente, la  madre de su amigo, era  como de su familia; luego abrazó y besó con ternura a Pedro y por último, saludó cariñosamente a Federico asiéndole por los codos con las palmas de sus manos y dedicándole una estupenda y alegre sonrisa. El joven artista de la madera, la miraba absorto de felicidad y en su embeleso, tropezó con su propio pie delantero al avanzar para corresponder al saludo.
Federico le dijo:
- María, estoy muy contento de volverte a ver, te he echado mucho de menos.
- Muchas gracias, yo también me alegro de volver a verte, respondió ella.
La preciosa muchacha, bajando la voz, dijo a Federico:
-Cuida de tus padres y disfruta de ellos.
Sus miradas, coincidieron en un punto de mutuo afecto y comprensión, como les ocurría en el pasado, se comunicaban con telepática empatía; el joven al sentir la aflicción de su amiga, contestó:
- Siempre que quieras, acércate a nuestra casa que es también la tuya y saluda a mis padres, ellos te quieren mucho. Ya sabes  que yo también quería mucho a tu madre, perdóname que te la recuerde ahora, pero quiero que sepas que  comprendo tus sentimientos.
Federico y sus padres, se sentaron al lado de los generosos anfitriones. Todos los presentes, disfrutaban de un ambiente muy familiar y la alegría llenaba sus almas, como el maravilloso gazpacho andaluz, llenaba sus cuencos (amable lectora o lector, perdona mi glotonería).
El ambiente era estupendo, la risa era la música común de todos y en un arrebato de felicidad, Federico se levantó de la  silla y elevando su copa al cielo, dijo con fuerte voz: -¡brindo por  María! Todos los comensales, imitaron de buenas ganas al joven carpintero y al unísono con verdadera sinergia sonora, como un armonioso y afinado  coro, todos gritaron:- ¡¡¡ por María!!!.
Hasta una banda de jilgueros, ocultos en las encinas, volaron sobre el patio para unirse al brindis con una explosión de color. La bella anfitriona, no pudo reprimir unas lágrimas que como líquidos diamantes, caían sobre sus mejillas; Lucía, emocionada acarició a la joven  secándole  con sus dedos el sensible llanto de ésta. María se contuvo, respirando hondo se puso de pie y levantando con gracioso ímpetu su copa, exclamó: ¡salud y felicidad para todos!
!Otra vez, todos al compás, unieron sus voces hasta llegar a las  alturas de la sierra: ¡¡¡salud y felicidad para María!!! 
La reunión transcurrió de manera deliciosa y después de comer opíparamente, cuando comenzaba a oscurecer, a la luz de los candiles y de las estrellas; entre cantos, palmas, castañuelas y guitarras; comenzó una típica fiesta andaluza, que se prolongó  hasta bien  entrada la noche. Cuando la fiesta terminó, Miguel quiso que Pedro y su familia se quedasen un poco más, quería hablar sobre algunas reformas para su casa y encargar unos muebles. Entraron al salón, pues comenzaba a caer el rocío de la noche. Tras llegar como siempre a un buen acuerdo, tomaron café y de lo profesional, la conversación pasó a temas más distendidos. Federico que no había dejado de mirar a María en ningún momento, observó que en el otro extremo del salón, había un tablero de ajedrez con las piezas colocadas. 
María dándose cuenta de la curiosidad de su amigo, le preguntó:-¿aún te gusta jugar al ajedrez? Mientras he estado en Sevilla, algunas veces he podido jugar con  mis profesores, ¿quieres que juguemos una partida?.
El respondió: -encantado, pero desde que te  marchaste, apenas he jugado, aunque me sigue fascinando el ajedrez.
Ambos amigos se dirigieron al tablero, sortearon el color de las piezas y comenzaron a jugar. Federico que llevaba las piezas blancas, tardaba en hacer su primera jugada y cuando su compañera de partida, dirigió su mirada hacia él, sintió algo de confusión; él la miraba como quien contempla la más bella obra creada por la naturaleza. Nunca el genial y joven carpintero, había contemplado en su vida unos ojos tan hermosos como  los de María, tan hechizado estaba por la presencia de ella, que al coger un peón para moverlo, metió un dedo en el café y se quemó, ella reprimió una sonrisa.
Con espontaneidad, a la luz de un elegante candelabro, surgió entre ellos este diálogo:
M-¿por qué estás tan pensativo, qué te aturde Federico?
F- María, ya sabes la alegría que me produce que vuelvas a estar entre nosotros. Sólo me siento triste cuando nuestras miradas no se encuentran. Me emociona la luz de tus ojos y…
M-acaba la frase por favor, con mi timidez ya tenemos bastante, pero siempre hemos tenido confianza mutua. Así que por favor continúa.
F- llevas  razón, siempre  hemos sido sinceros el uno con el otro y en honor a la verdad, debo decirte que necesito tu presencia, que no puedo respirar si no me hablas, si no me miras; que  se congela mi sangre si  no me sonríes. No sé explicarlo, sólo sé que estoy enamorado de ti.
Nuestra joven algecireña, enmudeció, quedó pensativa, miró  con cariño y tristeza  a su interlocutor, mientras meditaba su respuesta. Su silencio era insoportable para Federico, que sentía como si el aire del salón, fuese cruzado por el hálito de la muerte y las llamas de las velas del candelabro, eran para él, como puñales de fuego que le oprimían el corazón. La núbil profesora, no sabía qué decir y de repente, improvisando, preguntó a Federico:
M-¿Has leído el último libro que te presté?
F- ¿La  Eneida?
M- Sí, ése mismo
F- ¿Cómo lo dudas?, siempre que me prestabas un libro, te prometía leerlo.
M- ¿Qué  simboliza Eneas para ti?
F- Supongo que lo mismo que para Virgilio, Eneas es un símbolo de la piedad y del valor.
M- Pues sólo te pido piedad, no me hagas pasar por  el trance de responderte.
F- ¡Vaya una forma de evadirte! prefiero que tengas valor y me digas que te olvide; aunque esta vez, no podría cumplir mi palabra, porque te quiero demasiado como para olvidarte.
Aturdida nuestra protagonista, respiró hondo y  meditando sus palabras, dijo:
M- Federico, en estos momentos siento miedo porque no quiero que nuestra amistad de tantos años, desaparezca para siempre en un instante. Acabo de regresar, aún no estoy adaptada a este cambio. ¡Si supieras lo desierta que me parece la casa sin mi madre! Cuando he vuelto, su recuerdo se ha hecho más intenso y la pena me invade; supongo que con el tiempo lo superaré. Además, tengo muchas cosas que hacer, debo poner en orden todos los asuntos laborales de mi padre y queremos que la escuela para los vecinos, funcione cuanto antes. Me desborda pensar en tantas cosas ¡compréndeme por favor! No te alejes de mí, eres muy importante en mi vida.
F- Mi intención no es alejarme de ti y si quieres, te ayudaré con todas mis fuerzas, aunque mi corazón muera de amor.
Otra vez el silencio, creó entre ellos un muro impenetrable de sutil y transparente cristal. Instintivamente ambos comenzaron a centrarse en la partida que habían comenzado. Poco a poco la atención de los dos, quedaba reducida a un universo de sesenta y cuatro casillas, pero sentían  que no habían llegado a una decisión ni satisfactoria ni decisiva. Ambos temían que su amistad se resintiera. Nunca desde que la conocía, Federico se había sentido tan triste como en estos momentos. Súbitamente, María miró a su amigo, sus ojos de un negro intenso, eran como dos soles encerrados en dos oscuras noches. Él la contempló atónito, sin saber cómo interpretar la enigmática mirada de ella.
M- Acabo de tener una idea, que igual es una locura.
F- ¿A qué te refieres? te escucho con atención, habla por favor.
M- ¿Recuerdas a Ilus?
F- ¿Cómo voy a olvidarlo?, casi todos los días lo veo y en otoño, sigo recogiendo sus bellotas que tanto te gustan asadas.
Con ganas rieron, pues recordaron los tiempos cuando eran niños y además necesitaban suavizar la tensión de los nervios.
M- Quiero que aceptes jugar una partida de ajedrez conmigo.
F- ¿No es lo que hacemos ahora?
M- Sí, pero será la próxima partida que juguemos y quiero que aceptes mis condiciones.
F- Tú dirás, siempre termino haciendo lo que me dices.
María estaba tan aturdida, qué no sabía si su propuesta sería justa, pero algo debía hacer, para ella Federico era muy significativo y sintió que debía darle una oportunidad. Haciendo un esfuerzo de concentración, sacó del cajón de la mesa donde jugaban, un sobre y un papel para escribir cartas y midiendo sus palabras, dijo:
M- Jugaremos una partida por correspondencia. Anotaremos cada jugada que hagamos en este papel y utilizaremos siempre el mismo sobre. Tú comenzarás con blancas y cuando hayas metido tu jugada anotada en el sobre, lo dejarás en el hueco de Ilus. Al día siguiente yo haré lo mismo y así sucesivamente. Si tú ganas la partida, accederé que me cortejes, si la partida acaba en tablas, jugaremos otra, pero si yo gano la partida; tendrás que  desistir de cortejarme.
F- No sé si prometértelo, te quiero demasiado, no me parece bien jugar la felicidad a una partida, por más que nos guste el ajedrez.
M- ¡Promételo por favor!, yo tampoco sé si está bien o no, ahora estoy confundida; así por lo menos tendremos más tiempo para reflexionar.
Federico vio tan desolada a  María, que conmovido, aceptó la decisión de ella.
F- Lo prometo, que sea como tú quieras.
Al oír estas palabras, ella quedó tranquila pues sabía que él cumpliría lo prometido y aprovechó para añadir otras condiciones.
M- También debes prometerme que cuando me toque mover a mí, no te acercarás a Ilus para  esperarme y hablar conmigo y tampoco podrás escribir en el papel otra cosa que no sea tu jugada de ajedrez. Sólo nos veremos en caso de necesidad.
F- Para mí, es una necesidad verte; pero repito que acepto si así lo prefieres
M- Siempre me ha bastado tu palabra, para creer  en ti.
Cuando acabó de hablar, ella no sabía si las condiciones que había impuesto serían muy severas para él, por eso lo miró amablemente, de forma tan delicada que ni el mismísimo Bécquer, podría describir la fascinación de sus ojos. El ingenioso y hábil carpintero, anonadado por tan sublime belleza, sólo pudo contestar:
F- Acepto María, aunque creo que esto será terrible para mí.
Para dejar de pensar, Federico pidió a María unas cuartillas de papel y sobre ellas trazó con su inseparable lápiz, las dimensiones de las piezas con las que estaban jugando.
F- Te regalaré unas piezas, más bonitas que éstas, pero respetaré las bases que tienen para que quepan bien en los cuadros de este tablero. Con cada jugada que lleve al hueco de Ilus, dejaré también una pieza, si la partida dura menos de treinta y dos jugadas; entonces te traeré personalmente las que falten.
M- Gracias, pero no sé si retiraré las piezas, no sé si debo aceptarlas. El Lunes  por la mañana, antes de las doce, debes dejar en el hueco de Ilus tu primera jugada. Ahora por favor, vayamos con nuestros padres, que echarán de menos nuestra compañía. Perdóname si he sido brusca en algún momento, pero los dos hemos estado muy nerviosos.
F- No me pidas perdón. Debido al amor que siento por ti, he sido yo quien te ha presionado, lo siento María.
Ambos amigos callaron y una vez más en sus miradas, hubo recíproca comprensión, pues bien o  mal; habían tomado la decisión que en ese momento, creyeron la más justa. Se levantaron y caminaron  para reunirse con sus mayores.
Amable lectora o lector, pido perdón por tanto lío; pero a veces las cosas del amor son así.
La voz de Miguel, sonó clara, firme y generosa:
- ¿Queréis café muchachos?
- Por supuesto, contestaron a la vez los jóvenes.
Se reunieron como una buena familia de cinco miembros. Charlaron apaciblemente y disfrutando de tan entrañable amistad, pasaron unas horas maravillosas, hasta que el Sol, comenzó  a  lucir queriendo competir con los ojos de María. Era ya el momento de despedirse, las dos familias, se despidieron con amistosos abrazos y María  antes que se marchara, dijo a Federico.
M- Mañana tienes una cita con Ilus, toma el sobre y el papel y cuando dejes allí tu jugada, dile que pasado mañana; le saludaré yo.
Para los dos amigos, la tarde del domingo ocho de julio de mil ochocientos ochenta y ocho, transcurría lenta y casi tediosa. Ambos estaban inmersos en sus reflexiones. Eran conscientes de la importancia del acuerdo que habían pactado, y por más que meditaban y por más disparatado que pareciera, más fuerte era la decisión de aceptarlo. Tras la sobremesa, Federico sentía ganas de pasear, se acercó hasta Ilus, quizá para pedirle inspiración y poder llevar a buen término la difícil empresa de jugar tan decisiva partida de ajedrez. Después de observar el hueco del roble, sintió que todo estaba dispuesto para afrontar lo que el destino designara. Luego orientó sus pasos hacia la orilla del arroyo que separaba como una fluida frontera, su casa, de la de su enamorada. Muy cerca siguiendo el curso del regato, había un puentecito que salvaba con un estético arco el caudal del mismo y cruzando a través de sus elegantes barandas, se llegaba a casa de María. Sentado sobre una piedra, contemplaba cómo una flor de adelfa, reflejaba su rosáceo color sobre las cristalinas aguas. Tuvo un triste augurio al comparar su vida con los flotantes pétalos; sintiendo que también iba a la deriva y quizás se teñiría de veneno como el contenido en la adelfa. ¿Sería así su vida en un futuro próximo? En sus cavilaciones, sólo dos cosas quedaron claras, una era que si ganaba la partida, no impondría a su queridísima María que le aceptara, tendría que ser por su propia voluntad; también tenía claro que si perdía el duelo de ajedrez, se marcharía a Londres, lejos de ella. Hacía tiempo que un buen cliente y amigo, Thomas Owen, directivo de una compañía inglesa de ferrocarriles, deseaba que tanto él como su padre, trabajaran en sus pertenencias londinenses. Federico haría lo posible para marchar en solitario, pues necesitaría alejarse de Algeciras y además quería que sus padres siguieran viviendo en la misma casa de siempre.
Al cabo de un buen rato de pensar y pensar, se encaminó hacia su taller. Buscó un taco de madera de ébano (ideal para construir las piezas negras del juego que prometió la noche anterior), tomó las medidas pertinentes y centrándose en su amada, la imaginó más que como una reina, como una diosa y con ayuda de su torno, sus gubias y su portentoso talento; del alma de la oscura madera, iba cobrando vida una dama negra, para que con ella se jugara al ajedrez.
Mañana comenzaría la partida, antes de las doce del mediodía su jugada escrita en el sobre y la pieza de ébano, serían colocadas en el hueco de Ilus. Antes de salir del taller, el carpintero suplicó: ¡musas del monte Helicón por piedad, inspiradme!
A esa misma hora, María se encontraba en su escuela. Necesitaba recapacitar, más que para hallar soluciones, para encontrar paz interior. Caminaba despacio, descalza a lo largo y ancho del espacioso recinto docente. Sensitivamente parecía buscar con la brújula de sus emociones, la fuerza telúrica que emanaba de algún sitio del aula. Por un momento contuvo la respiración y sintió una suave vibración en el plexo solar; casi en el centro de la sala, percibió una ascendente energía, y sobre ese imaginario punto; intuitivamente apoyó la espalda, colocando su cuerpo en paralelo con las losas del suelo. Al tiempo que admiraba la estructura del techo, que con sus fuertes vigas de quejigo y sus alfajías entrecruzadas formaban una graciosa urdimbre; la joven sentía por el raquis unas ondas que provenían del interior de la tierra y recorrían las hermosas líneas de su esbelto cuerpo. Cerró los ojos, percibió una relajante calma y tuvo la sensación que el universo se concentraba en ella. Llena de un inusitado optimismo, pensó en Federico y confió en las fuerzas de la naturaleza para que les ayudaran a dirigir sus destinos.
Ambos amigos estaban dispuestos para afrontar la partida que comenzaría al día siguiente. Mientras cenaban a la misma hora en sus respectivas casas, sentían ganas de comunicarse, de hablar, pero habían acordado no hacerlo salvo en caso de una imperiosa necesidad; aunque de alguna manera mediante las jugadas de la partida, se comunicarían como siempre lo habían hecho. La clara y estupenda noche, invitaba a pasear, los dos salieron a tomar aire fresco. Una leve brisa bajaba de la sierra para acariciar sus rostros, ella paseaba por su huerto; él por las afueras del taller. Las estrellas titilaban sobre sus cabezas, como queriéndoles saludar con rápidos parpadeos de luz. Ella se dirigió hacia las barandas del puentecito; él hacia la verja de su patio, no se veían, ¿pero se sentían?
Sin saberlo sus miradas sobre la frondosa copa de Ilus, se habían unido en mágica conjunción.
Federico madrugó más de lo normal, este lunes sería más ajetreado para él que cualquier otro. Sobre una pequeña mesita del despacho de la carpintería, colocó un tablero de ajedrez para ir reproduciendo las jugadas de la partida. La tensión interna animaba al mago de de la madera a permanecer activo. En el papel que le dio su amada adversaria, escribió la primera jugada: (1 e4), quería atacar lo antes posible y en principio la jugada elegida por él, parece agresiva. Antes de comenzar el trabajo en el taller, fue a colocar en el hueco de Ilus, la pieza de ajedrez y el sobre con la jugada escrita en su interior. Como quien habla a un viejo y gigante amigo le dijo: - Saludos amigo Ilus, mañana, María el amor de mi vida, también vendrá a saludarte.
Justo al terminar de saludar al roble, una pareja de azores con sus plumajes blancos y negros como alados tableros de ajedrez, alzaron el vuelo, uno en dirección a la escuela y el otro hacia el taller; como si las miradas de la noche anterior, retornaran por la mañana a sus respectivas procedencias.
A la mañana siguiente, María saludó tiernamente al milenario árbol y contestó a la jugada de Federico. Usó una defensa atípica para la época, realizó un moviendo asimétrico, esperando pasar al contraataque en cualquier momento. Su jugada fue: (1…e6).
Al otro día, él llegaba al arbóreo buzón con otra dama idéntica a la anterior, pero de color blanco; para las piezas blancas, utilizaría madera de boj de color algo amarillento, muy dura y apreciada para la talla. Su segunda jugada, fue: (2 d4), así daba paso al otro alfil a la vez que ocupaba más espacio en el centro. Esperaba lanzarse pronto al ataque pues para salvar su corazón, sólo la victoria le satisfaría. Una dolorosa espina se le había clavado; ella no aceptó la dama de ébano que seguía en la repisa del hueco y parecía una pequeña guardiana del roble. El versátil enamorado no se desanimaría, prometió que haría para ella un juego de piezas y lo acabaría a menos que la muerte lo impidiera y aún así…
Los días pasaban lentos, pero pasaban. Era el turno de la sabia y bella muchacha que no quería perder el dominio del centro y contragolpeó en el mismo con su segunda jugada: (2… d5). Con un rey de ébano y el sobre con su jugada, el carpintero y ebanista, bajo la fresca sombra de las pedunculadas hojas, dejó su tercera jugada: (3 Cc3) quería desplegar cuanto antes todos los efectivos disponibles para atacar y para este propósito, nada mejor que movilizar diligentemente a todo su equipo de piezas. Otra espina se le clavó aquella mañana, dos damas se acompañaban mutuamente custodiando al viejo árbol.
(3… Ab4), sin descuidar ni el centro ni el desarrollo de sus piezas, la docente, jugaba con energía. La apertura de la partida, presagiaba que habría una singular batalla en el tablero.
Mientras meditaba el cuarto movimiento, Federico notaba que un componente nuevo se instalaba en su alma, como un extraño visitante que unificara la dualidad de dos emociones distintas. Sentía una cierta agresividad contra las jugadas de su amadísima amiga; y al mismo tiempo su amor por ella, sin que él mismo supiera cómo era posible; aumentaba por momentos. Sí, eran dos sentimientos distintos y mientras durase la partida el extraño visitante, no se marcharía.
Con el sobre y un rey con alma de boj, otra vez se encontraba a los pies de Ilus con la jugada: (4 e5) con este avance de peón, quería colocar una cuña para hostigar la posición de la temible contrincante.
Al examinar la jugada recibida, la bella pedagoga; no dudó en reaccionar y debía hacerlo antes que su respetado rival, consiguiera una buena estabilidad para atacar. La estudiosa y analítica María, también jugaba con el inquebrantable propósito de vencer y eligió la siguiente jugada: (4…c5), la depositó en el hueco del roble que tanta ilusión le hacía y se marchó sin recoger ninguna pieza de ajedrez.
(5 a3) esta jugada y una magnífica torre de ébano, acompañaron a Federico por la mañana. Estaba conduciendo la partida con audacia y buena técnica, no quería esperar más tiempo sin saber qué haría el amenazador alfil negro. Al introducir en la oquedad del tronco el sobre y la torre; comprobó cómo dos damas y dos reyes, parecían conversar entre ellos en voz baja.
La intelectual algecireña, estaba sorprendida con la forma de jugar de su estimado amigo. La precisa ejecución de las jugadas de éste, la hicieron proceder con más cautela y sin desvelar qué haría con su alfil, lo mantuvo en la misma diagonal y amagando con un paso hacia atrás, jugó sutilmente (5… Aa5). Cinco piezas esperaban ser recogidas por ella, pero como una creciente y unida familia allí permanecieron. ¡Qué espíritu más combativo!
(Amable lectora o lector, otra vez debo confesar que cuanto más conozco a esta mujer, más me enamoro de ella; ¡figúrate como estaría Federico!).
Al analizar la retirada del alfil, el impetuoso jugador quiso embestir contra él, y con decisión y valentía lo atacó frontalmente con la siguiente jugada: (6 b4) como siempre, la introdujo en el movidísimo sobre y con otra torre idéntica a la anterior; introdujo ambas cosas en el corazón del árbol y se marchó sin mirar si ella había retirado las piezas, pues las aceptara o no, acabaría lo que había empezado.
La forma de jugar de María, manifestaba una calidad de pensamiento envidiable. Sabía separar las sensibles emociones, de la férrea lógica, sin desviarse del objetivo principal que no era otro que vencer a su genial vecino. Su jugada: (6… cxd4), denotaba sangre fría y profundidad de cálculo y sin embargo respecto a Federico, ni su mente ni su corazón, veían con claridad.
Por la tarde al acabar su trabajo diario, el laborioso tallador estaba dando forma a una torre de boj, al tiempo que pensaba en la siguiente jugada. Descubrió que su mejor alternativa, sería dar juego a la dama y amenazar el flanco del rey negro, por eso se inclinó por la jugada: (7 Dg4), raudo, como quien tiene una feliz idea, efectúo dicho movimiento sobre el tablero de la oficina. Contento regresó al torno. Las gubias y los pequeños formones, parecían danzar sobre la lignina de la madera, dando como resultado una espléndida torre de ajedrez. En ese preciso instante, recibió una agradable visita, se trataba del directivo inglés, Thomas Owen que venía con un plano para la construcción de un armario de estilo isabelino.
- Buenas tardes Federico, acabo de hablar con tus padres y me han dicho que te encontraría aquí.
- Muy buenas tardes Thomas, ¿qué te trae de nuevo?
-Pues deseo un armario igual al que te traigo en este plano.
Unos segundos tardó el genio en contestar a su estimado cliente.
- ¿Por qué igual si se puede mejorar?
El empresario de trenes, que confiaba ciegamente en el talento de su interlocutor, preguntó.
-¿Qué sugieres, dios de la madera?
El prodigioso carpintero, tomó el plano trazado en el papel, onduló ligeramente la superficie del mismo y el armario parecía más coqueto y más distinguido con las recientes curvas. Preguntó a su buen cliente.
-¿Te gusta más así?, algo de curvas viene bien para el estilo isabelino.
-Magnífico, magnífico pero ¿es muy difícil realizar esas florituras? Sonriendo mientras miraba al directivo, le respondió.
-Thomas la madera es muy dócil y obediente si se le trata con mimo, además no huye ni se va corriendo, simplemente espera ser transformada.
Artista y cliente, sonrieron y acordaron respetar las medidas del armario pero con el diseño sugerido por Federico y cerraron el trato sin firmar ningún papel, como lo hacían los antiguos caballeros. Thomas Owen, era un hombre culto y muy observador, pero al mismo tiempo, humilde y afable. Sorprendido señaló el tablero, no sabía que Federico jugara al ajedrez. Ante la invitación de tomar café con los padres del ebanista, el anglosajón, propuso con eclecticismo que hicieran las dos cosas, tomar café y luego hablar sobre ajedrez. Thomas Owen, dijo directamente a Federico:
-He observado que mientras hablábamos no dejabas de mirar el tablero, presiento que la posición que éste refleja; es muy importante para ti. Quiero que sepas que mi padre fue socio fundador en el año mil ochocientos cuarenta y cinco de la asociación de ajedrez de la universidad de Oxford, era un gran aficionado y me enseñó a jugar. Tengo en Londres revistas de ajedrez como British Chess Magazine y casi todos los libros que se han publicado en mi país, aquí en Algeciras, también tengo algunos libros. Todo esto lo digo porque si puedo ayudarte, lo haré muy gustoso.
-Tomemos café con mis padres por favor, luego hablaremos de ajedrez. Dijo amablemente Federico.
Salieron del taller y entraron en la casa de Pedro y Lucía. Un delicioso olor a café recién hecho invadía el salón donde se encontraban. Thomas y Federico charlaron un rato con los padres de éste y después de tomar café, reanudaron la conversación sobre ajedrez que habían mantenido. Volvieron al taller y entablaron el siguiente diálogo:
T-¿Puedo ver esa partida contigo?
F-Claro que sí, ya he meditado sobre mi siguiente jugada y la he realizado en el tablero. Mañana debo enviarla.
T- ¿Contra quién juegas?
F- Contra la mujer que más quiero y la única que querré.
T- Te estás enfrentando a una defensa muy peligrosa, en cualquier momento, apenas te equivoques, el contraataque de las negras será terrible. Espero que tu amada dama, sea benevolente. Pero dime ¿por qué tienes tanto interés en la partida, qué hay en juego?
F-Mi felicidad está en juego, si gano la partida, puedo tener la posibilidad que ella me acepte. Si pierdo, iré a Londres y trabajaré para ti, no podría soportar vivir tan cerca de ella.
Thomas Owen pensativo frunció la frente y dijo:
T-Permíteme contarte algo:
En mil ochocientos treinta y cuatro, los londinenses disputamos un duelo ajedrecístico contra los parisinos. Aquella partida se jugó igual que ésta, por correspondencia y (Thomas miró preocupado a Federico) los franceses, aplicaron la misma defensa que esta mujer está utilizando contra ti. Mi abuelo formaba parte del equipo de Londres y me contaba sobre el tablero, la forma en que las piezas negras, pasaron al contraataque. París ganó la partida. Te aprecio Federico y no quiero que cincuenta y cuatro años más tarde, la historia se repita. Por cierto desde aquel año, esta defensa se conoce como defensa francesa. Quiero ayudarte a vencer, si has de venir a Londres, que sea con ella y de buen agrado, no para olvidar a tu amor ni para recomponer tu destrozado corazón.
El artesano no pudo evitar esbozar desesperada sonrisa y dijo.
F- Thomas, no sabes lo que agradezco tus buenas intenciones, pero todo lo que me dices, es imposible. Aunque fuese a Londres, no podré olvidarla y no conseguiré curar mi corazón; existiré pero no viviré. Además estimado amigo, no puedo permitir que me ayudes, no jugaré con ventaja, aunque creo que María es capaz de ganarnos a los dos juntos; perdona si soy arrogante pero estoy desesperado. Por otro lado, ella no vendría a vivir a Londres conmigo; la escuela es su vida y se quedará aquí hasta que todos sepan leer y escribir; a buena fe que lo conseguirá. A mí me alfabetizó y también me enseñó a jugar al ajedrez, y si hizo eso conmigo, será capaz de hacerlo hasta con los búhos de estos bosques.
Thomas Owen se echó a reír, pero de inmediato se puso serio.
T- . Eres un personaje imaginado por una extraña mezcla del Shakespeare de mi país y el Cervantes del tuyo, un loco romántico, ¡deja que te ayude! Eres sublime pero por favor, sé práctico también; me siento en deuda contigo.
F- No me debes nada, siempre has pagado los trabajos que hemos hecho para ti.
T-Tu arte y tu profesionalidad, no se pueden pagar con dinero y no quiero que la defensa francesa triunfe otra vez. ¡Esa muchacha también está loca, tanto como tú! Siendo los dos tan especiales, deberíais ser novios ya. Por última vez, ¿permitirás que te ayude?
F-Ya me has ayudado, sé que puedo confiar en ti, pero no me parece justo. Gracias Thomas.
T- Sólo te diré que estás jugando muy bien, pero que si pierdes la iniciativa, perderás sin remisión.
F-¿Otro café amigo?, cuando acabe esta importantísima partida, me gustaría que tú y yo jugáramos y perfeccionaras mi forma de hacerlo; pero debemos dejar de hablar de ajedrez.
T-Acepto el café y ya volveré cuando el armario esté acabado. De todas formas recuerda que en Londres tu fama te precede, mis amigos admiran los muebles que he enviado a mi casa, ¡suerte Federico!
Tomaron el café, y se despidieron, el andaluz acompañó al inglés, cogió el sobre con su séptima jugada y la primera torre de boj y aprovecharía el paseo para acercarse hasta Ilus.
María aquella tarde, también salió pasear, un libro (como casi siempre) la acompañaba; parecía meditar al tiempo que caminaba sobre lo que leía, a poca distancia de donde se encontraba, observó cómo su contrincante de la partida, se despedía de un señor vestido con elegancia. Sintió curiosidad y al ver que su amigo y vecino regresaba a su casa, le invadió el deseo de hablar con él; pero se contuvo, no sabía qué hacer, retrocedió sobre sus pasos y volvió a meditar sobre el libro que la acompañaba, pensó que con frecuencia la teoría y la realidad, no coincidían. Por cierto, el libro que la culta joven llevaba en su regazo era El Discurso Del Método y seguro que ni el mismísimo Descartes, podría dilucidar qué sentía la preciosa lectora.
Al día siguiente, fue a recoger el sobre y como de costumbre no recogió las piezas. Al volver a casa, estudió la agresiva continuación de Federico y escribió su jugada que aquella misma tarde, llevaría en el sobre para hacerla constar dentro del antiquísimo testigo, su querido roble. La jugada en cuestión era: (7…Ce7) acorde a lo que la posición exigía, activar piezas sin miedo a perder material.
Amable lectora o lector, cada vez esta joven me enloquece más.
Una vez efectuada la última jugada de María, los días, se sucedían vertiginosamente como si la vida se acelerara. Incluso el mismo Ilus parecía inquieto. A partir de ahora ambos jugadores tenían menos tiempo para analizar sus jugadas y la intuición para dar con las mejores, era tan importante como el frío razonamiento.
(8 bxa5) Cansado de tener en cuenta las activas posibilidades del alfil negro, Federico decidió capturarlo. Ante esta jugada, María se vio obligada a responder con (8…dxc3), restableciendo el equilibrio material. En este momento de la posición, el portentoso artesano, dio sentido a su séptima jugada, la que escribió en el sobre la tarde que le visitó Thomas Owen y jugó: (9 Dxg7), cada vez la partida adquiría más complejidad. Por supuesto la intrépida joven se defendería activamente y atacó la dama de su rival con: (9… Tg8), la siguiente jugada de su audaz vecino, no fue otra que la lógica: (10 Dxh7), la jugada que sigue, le sorprendió pues su amiga de forma resolutiva, arriesgó para conseguir luchar por el contraataque, ésta es la jugada que ella efectuó: (10… Cbc6), el dinamismo de la partida crecía con cada jugada. Su ingenioso adversario, intuyó acertadamente que no debía retrasar la movilidad de sus piezas, o perdería la partida y algo más importante aún, por eso jugó con decisión: (11 Cf3). La magistral forma de conducir la partida, hacía que María admirase aún más a Federico, pero lucharía por ganar, era una cuestión de honor y de amor al ajedrez, la docta profesora jugó: (11… Dc7) esta jugada está en armonía con las anteriores, pues acelera el desarrollo de sus piezas.
Amable lectora o lector, ya no hace falta que confiese nada, ya lo sabes; estoy casi tan enamorado de ella como Federico y si sigue jugando también como hasta ahora; pensaré en construir una máquina del tiempo.
El temperamento de su compañero de partida, no permitiría que ella le aventajase en activar el juego de sus piezas, enérgicamente y con maestría puso otra pieza más en acción mediante: (12 Ab5), ahora su enamorada tenía la posibilidad de capturar un peón con su torre, pero rehusó esa alternativa, le parecía mezquina esa posibilidad; valoró que era más importante terminar la movilización general de sus efectivos y situar al rey en sitio más seguro, por eso eligió: (12…Ad7), cuando su amigo vio esta jugada, supo enseguida que ella quería enrocar largo, así que el lo haría por el lado opuesto dando más dramatismo aún a la partida, sólo vencer satisfacía al tenaz Federico, por eso se atrevió a enrocar por el lugar donde la amenazadora torre negra, miraba de lejos a su rey: (13 0-0), con valentía y astucia el inspirado jugador, aparta su rey del centro esperando que su omnipresente amada, retire el suyo por el lado opuesto; entablando una batalla de ideas sin tregua. En efecto, ella continuó con su trazado plan, apartar el rey del centro esperando el momento de lanzar sus piezas con brillantes golpes tácticos, su jugada elegida era la esperada: (13… 0-0-0). Federico tenía la idea de poner en funcionamiento la única pieza menor que aún estaba en su casilla de origen, la lógica le decía que moviera su alfil de casillas negras y lo hizo: (14 Ag5), pero no se dio cuenta que ese era el momento que la sutilísima jugadora esperaba. Él debió por una vez no realizar una jugada tan natural y cuando vio la jugada con la que María le contestó casi sufre un colapso, la inteligentísima joven, hizo una jugada casi tan brillante como sus ojos: (14… Cxe5), al observar este golpe, el orfebre de la madera, se preguntaba muy preocupado, ¿cómo se me ha pasado por alto esta combinación?, ¡que el cielo me proteja! Enloquecía buscando una salida satisfactoria y su pensamiento era tormentoso; ahora había perdido el control de la posición y la seguridad en sí mismo. Decidió no dejarse dominar por el miedo a perder, no dormiría si fuese preciso, hasta hallar una solución que le permitiera dirigir el rumbo que la partida había tomado. Cenó y volvió al taller para seguir reflexionando, dos tazas de café fueron necesarias para que de madrugada, encontrara una salida al difícil problema que su gran amor, había planteado sobre el tablero. Cuando averiguó la solución, el café le supo mucho mejor, la continuación acertada era: (15 Cxe5), la jugada con la que ella respondería era esperada por él, y no era otra que: (15… Axb5), que fue seleccionada por la sencilla razón que es la única forma de jugar a ganar, ¡qué partida más hermosa! casi tanto como María. Consecuente con sus movimientos anteriores, el bando de las blancas contestó con: (16 Cxf7), en esta intrincada y explosiva posición, ambos jugadores hicieron que la fantasía de sus ideas brillaran con luz propia, la fascinante maestra replicó: (16… Axf1), jugada que obligó a su colega a jugar: (17 Cxd8), la complejidad de la partida era astronómica, desbordaba la capacidad de análisis de los dos contrincantes y el desenlace final por su fuerza estética, hubiera satisfecho incluso al mismo Paul Morphy. A la captura efectuada por Federico, siguió la esperada jugada siguiente por parte de su habilidosa adversaria: (17… Txg5), ahora los intercambios de golpes continuarán y desembocarán en un genial y hermoso final de partida; las blancas contestaron: (18 Cxe6) y ahora el sutilísimo ímpetu de María, le hizo proseguir su fabuloso contraataque con: (18… Txg2+), tendiendo una diabólica trampa a su rival y amigo. Federico, a estas alturas estaba acostumbrado a las emociones fuertes y con sentido común, rehusó el sacrifico de torre de su amadísima María, por eso jugó: (19 Rh1) , se dio cuenta que si aceptaba la torre, su rey quedaría preso de un sorprendente ataque, por eso prefirió retirarlo, anhelando al mismo tiempo que ella no encontrase la mejor respuesta , pero la algecireña sin vacilar continuó así: (19… De5) que es la ideal para salir con buen pie de la tremenda tempestad por la que ambos jugadores aún están pasando. Ahora, tras las oportunas capturas, la posición se simplificaría, Federico creyó, que lo mejor sería reducir el número de las activas piezas del bando de las negras, y ejecutó esta captura: (20 Txf1) sin dudar María realizó: (20… Dxe6), jugada que implica la pérdida de su torre; pero no había ya otra alternativa y al jugar Federico la normal: (21 Rxg2); escribió la única jugada posible para no perder la partida: (21…Dg4+), esta jugada fue acompañada por las solitarias palabras que aparecieron en el sobre:” Muy bien jugado Federico, fenomenal partida, te felicito; espero que aceptes las inevitables tablas por jaque continuo. Debemos acordar el comienzo de la próxima partida, espero que en poco tiempo nos visites”.
Cuando él leyó estas líneas, ya sabía que la partida terminaría en empate. Por lo tanto, en breve tiempo debía prepararse para otro intelectual combate, pero esta vez jugaría ella con las piezas blancas. Se preguntaba si de alguna manera, María había jugado mágicamente con los dos bandos, para no tener que decidirse todavía a contestarle. A pesar de no haber ganado, se sentía satisfecho por la emocionante confrontación realizada. Los dos habían protagonizado una partida tan espléndida como lo eran sus corazones. Sólo restaba ponerse de acuerdo con su gran amor para comenzar una nueva partida de desempate y eso le hacía feliz, pues pronto muy pronto volvería a hablar con la mujer de su vida. Nada podría ser más deseado y estimulante para él que oír la voz y admirar los ojos de su verdadera pasión: MARÍA. Sólo por eso se sentía feliz de vivir. Pero esperemos un poco más, porque a veces el amor, así lo exige.
Nueve días transcurrieron desde la conclusión de la partida que enfrentaron a los dos jóvenes. Durante ese tiempo, Pedro y su hijo terminaron el encargo de Thomas Owen; el cual quedó maravillado al contemplar el acabado del armario. También quedaron terminadas las piezas que faltaban para acabar el juego de ajedrez, que tuvieron el mismo destino que las demás: esperar pacientemente en la repisa de Ilus. Miguel esperaba por la tarde a Pedro y Federico, para comenzar las reformas que habían acordado el día del reencuentro con María.
Era una calurosa tarde de un martes de un día veintiocho del octavo mes de mil ochocientos ochenta y ocho. Los dos carpinteros, padre e hijo; saludaron cordialmente a Miguel y a su hija y comenzaron a tomar medidas de manera rigurosa, de todo lo que había que reformar. Exceptuando la mesa del salón, que para una mejor funcionalidad casera se realizaría en el mismo lugar donde estaba, todo lo demás se realizaría en el taller.
Un aroma familiar y acogedor se expandía por toda la casa. Miguel y los carpinteros conversaban en el salón acerca de las reformas. Pasado un rato, el dueño de la casa se dirigió a la cocina para ayudar a su hija con el café. Cuando regresó, volvió acompañado de la más fascinante mujer que Federico hubiera contemplado en toda su vida. Se acomodaron para tomar juntos tan familiar bebida y como amigos que valoran la buena compañía, compartieron unos momentos de alegre charla.
Ambos jóvenes debían concertar el comienzo de la próxima partida. María miró a Federico y sintió una ligera molestia al darse cuenta que él no la miraba. Con su característica intuición, observó en la misma dirección que su amigo y al momento obtuvo un sutil alivio; Federico se concentraba en un retrato a carboncillo que reflejaba su imagen. La mirada del joven, cambió de orientación y entre embelesado y curioso, centró su atención en el adorable rostro de su amiga. María con una sonrisa, agradeció que él la mirara y aprovechó para invitarle a jugar una partida de ajedrez y poder hablar cómodamente. Se acercaron al tablero y comentaron la fabulosa partida jugada por ellos. Federico observaba cómo ella, trazaba planes de juego y calculaba con formidable precisión las distintas combinaciones que se iban produciendo; era una consumada jugadora. Tomó conciencia que sería imposible vencerla, el nivel ajedrecístico de la mujer que amaba, era muy superior al que él poseía en ese momento. María le dirigió la palabra y mantuvieron el siguiente diálogo:
M- ¿Estás dispuesto para la próxima partida?, la comenzaremos cuando tú quieras.
En ese instante, Federico tardó un poco en reaccionar, su semblante denotaba pesimismo y tristeza; quería superar la pesadumbre que le embargaba porque deseaba que ella lo recordara siempre con alegría. Era consciente que si perdía la partida (y estaba casi seguro de ello), no volvería a verla.
F- ¿Quieres que comencemos mañana?
La profesora sacó de un cajón, un nuevo sobre y una nueva cuartilla de papel.
Inspeccionando el tono de voz de su amigo, así como la mirada; con su prodigiosa intuición, comprendió que Federico se esforzaba por agradarla, pero no lo hacía con su habitual naturalidad. La preciosa joven se atrevió a preguntar.
M-¿Tanta importancia le das a la próxima partida? , te siento muy triste y no me agrada esa sensación.
F- Es imposible disimular contigo, te das cuenta de todo. El ajedrez me gusta mucho pero comparado contigo, carece de valor. Lo que realmente me importa eres tú. Sé que no podré vencerte, aunque lo intentara con todas mis fuerzas.
Apreciando la sinceridad y nobleza de su interlocutor, lo miró con unos ojos que destilaban un dulce brillo y él percibió esta mirada como una visual caricia.
M- Tienes que intentar jugar lo mejor posible y luchar por vencer; eso es lo que pactamos.
F- He sentido piedad en tu mirada y debes jugar a ganar, es una cuestión de principios y tú de eso también entiendes más que yo.
M- Suceda lo que suceda, jugaremos con espíritu de vencedores y deseo que esta segunda partida sea tan maravillosa como la primera.
F- Deseo jugar mejor aún pero es sólo un deseo. ¿Puedo ver de cerca ese retrato tuyo?
M- Claro que sí, ¿quieres que te lo regale?
F- No lo merezco, una partida de ajedrez se interpone entre lo que quiero y deseo.
M- Tú lo mereces todo, tu calidad humana es inmensa, ¿lo quieres?
F- Sólo quiero tomar unas medidas proporcionadas, que se ajusten a la tapa de una caja para las piezas de ajedrez que te prometí, y que Ilus aún sigue cobijando en su hueco. El último favor que te pido es que mañana cuando lleves tu jugada, recojas la caja con las piezas, ya está casi terminada.
La preciosa maestra, miraba a Federico con tanta ternura que éste pensó por un momento que ella también lo amaba: pero él sabía que si su amiga tuviese claros sus sentimientos, no le haría sufrir por más tiempo. María recogió su retrato y se lo acercó.
M- ¿Y para hacer esa caja necesitas este cuadro?
F- He diseñado esa caja especialmente para ti. Quiero que tu bellísimo rostro, desde la tapa, custodie las piezas.
El portentoso carpintero, con su inseparable lápiz y un pequeño compás, trazó las medidas oportunas y al tiempo que tenía entre sus manos el retrato, parecía acariciar la imagen que en él se representaba.
M- Siempre me sorprenderás con tus detalles; nadie tiene tanto arte como tú.
F- Acepta esta vez las piezas por favor.
Sintiendo un malestar en la garganta, María intuyó por el tono de voz de Federico, que él había tomado una decisión y sabía mejor que nadie que nada impediría que la llevara a cabo. Pero… ¿qué decisión habría tomado?, la curiosidad la aturdía pues no presagiaba nada bueno. Retardando el pulso de la conversación, quiso ver si podía obtener alguna información.
M-¿Cuánto tiempo crees que tardarás en transformar la mesa del salón?
F- Creo que tres días como máximo; puede que el acabado necesite un día más.
No pudiendo contener su curiosidad, María decidió dirigir la conversación frontalmente.
M- Federico, ¿por qué has insistido tanto en que acepte las piezas?, he notado gravedad y preocupación en tu voz ¿qué estás pensando?, ¿qué vas a hacer?, no me asustes por favor.
El creativo carpintero apreciaba el cariño con el que le interrogaba la insistente maestra. Sus ojos brillaban bajo la salada claridad de las lágrimas. Se contuvo, luchaba consigo mismo, María estaba compungida.
F- No ocurre nada, no tengas miedo por favor.
M- No puedo creerte estás atormentado y muy triste.
F- Sólo estoy enamorado y a veces me desanimo al sentirte tan cerca y tan lejana de mí; ¿estás ahora tranquila?
M- No, no lo estoy y no jugaré contra ti, pensemos otra forma de arreglar nuestra situación.
F- Debemos terminar lo que hemos acordado y ya hemos empezado, y si no juegas con intención de ganar; la enorme admiración y respeto que siento por ti, se desvanecerán. Juega a vencer y que sea lo que el destino quiera.
La sensible algecireña no contestó, lo miró con delicadeza, comprendiendo lo que él sentía y consintió lo que su amigo proponía, no permitiría que la dejase de admirar y respetar.
M-Vamos a tomar otro café con nuestros padres, mañana enviaré mi primera jugada y suceda lo que suceda anímate porque quiero ver en ti esa alegría que te caracteriza, porque si no te veo alegre; también yo dejaré de admirarte y respetarte.
Tras la respuesta de ella, le dedicó de todo corazón la mejor de sus sonrisas.
F- Mañana recogeré el sobre y por la tarde comenzaré con la mesa del salón. Vamos con nuestros padres.
La voz de Miguel, sonó clara y generosa
- ¿Queréis café muchachos?
- ¡Por supuesto! (Respondieron los jóvenes al unísono).
La idiosincrasia de los algecireños que estaban reunidos, hacía que cualquier pesadumbre desapareciera. Charlaron distendidamente y al anochecer, padre e hijo regresaron a su casa.
Después de cenar, el diligente joven se puso manos a la obra y construyó un pequeño y hermosísimo cofre a modo de caja, en madera de olivo de un precioso veteado. En cada cabecero labró en relieve una dama en uno y un rey en otro. En cada flanco sobresalían con sutil simetría las demás piezas. Para el cierre, inventó un sistema de bisagras que encajaban a la perfección. Coronando la caja, sobre la tapa, reprodujo el retrato de su enamorada. Marcó las líneas del rostro y las horadó de trecho en trecho para hacer más cómodamente los surcos que sustituirían a las líneas, como si de un diminuto y pictórico meandro se tratara. A continuación descolgó de su cuello una medalla de oro que desde niño siempre le acompañaba y en el cazo donde solía calentar la cola carpintera; fundió la medalla y vertió el áureo líquido por los surcos, lo extendió entre los surcos y la más poética imagen que él hubiera soñado, parecía sonreírle desde la tapa de olivo.
Al día siguiente, muy temprano, antes del alba, Federico se acercó hasta el longevo Ilus, para depositar la caja en su repisa y guardar en ella todas las piezas de ajedrez. Una lechuza, símbolo de la sabiduría, voló sobre su cabeza, dibujando en la oscuridad de la noche una plumada y blanquecina vereda. Sobre la bahía de Algeciras, Venus, el lucero del alba, símbolo del amor, parecía guiñar con su cambiante resplandor al joven artista; pero también… parecía compadecerle. Su queridísima amiga, desde su primera jugada, comenzaría a golpear sobre el corazón de sus ilusiones.
(Amable lectora o lector disculpa que ni te haya saludado, pero nuestros personajes me tienen tan distraído que no me acuerdo de mí mismo).
Con la jugada en el sobre, María avanzaba hacia Ilus, el sol de la mañana parecía flamear sobre sus cabellos. Al genio de la madera, le hubiera gustado contemplarla, pero con tanto trabajo en el taller era imposible; aunque en realidad nunca se asomaría para verla porque se lo había prometido. La culta joven colocó su jugada en la repisa y al mirar al interior, se sorprendió; creyó ver su propia cara en un hechizado espejo. Contempló la caja de las piezas y sintió que la admiración y el aprecio por su amigo, no tenían límites. Dudó cartesianamente y la emoción de no saber qué hacer le producía un ligero dolor. Prometió aceptar la caja y así lo hizo. Meditabunda regresó a su casa para realizar los trabajos de contabilidad de su padre.
Por la tarde Federico con la tapa de la mesa del salón, se dirigía a casa de Miguel. El diseño propuesto por el hábil artesano, era el de coronar la mesa con una superficie elíptica (como las bellotas que tanto gustaban a su gran amor), y unas patas salomónicas recogidas en tangencia interior con una corona de elipse de menor longitud que el de la cubierta. Al llegar, María se encontraba en el salón junto a una ventana opuesta al ocaso del Sol, desde la cual se podía ver Gibraltar. La saludó con afecto y acto seguido desmontó la mesa y colocó la tapa de caoba que había traído. Ella comentó que se quedaría en el salón por si él necesitaba algo. Se acomodó cerca del tablero de ajedrez y continuó leyendo el libro de Larra, que llevaba debajo del brazo. Con maestría, el ingenioso carpintero, centró la madera sobre la mesa y marcó los espacios convenientes para las curvilíneas patas. María dirigió su musical voz al ebanista y dijo:
M- Muchas gracias por el regalo Federico, pero no lo merezco. Más que un regalo es puro arte de maravillosa factura.
F- Soy yo el agradecido y tú lo mereces todo. Gracias a ti, puedo aprender cosas de carpintería y otras materias a las que antes no podía acceder. No me des las gracias por nada, no lo hagas nunca.
Mientras hablaban, la sutil maestra observó que de vez en cuando, su artista amigo, desviaba un poco la mirada y ésta, parecía escapar por la ventana. Ella miró hacia atrás y en la lejanía, divisó Gibraltar que se le antojaba como una muralla azul y fronteriza. Tentada por la curiosidad preguntó:
M- ¿Es esa roca que los ingleses nos han robado, lo que tanto miras?
F- ¿Te preocupa que mire a la bahía? , ¿ qué hay de malo en ello?
M- Si no hay nada malo, ¿para qué empleas ese adjetivo? La otra tarde salí un rato a pasear y de lejos, observé que hablabas con un señor vestido elegantemente, ¿ese hombre es inglés?
Federico alucinaba con la capacidad analítica de María. Nada escapaba a su control.
F- Ese caballero es Thomas Owen, uno de nuestros mejores clientes y no todos los ingleses son piratas.
M- No he dicho eso, pero he notado tu mirada perdida en Gibraltar y me siento intranquila, no quiero perderte eres muy importante para mí.
F- Gracias pero te recuerdo que por muy amigos que seamos, cada uno hará lo que crea oportuno, no debes preocuparte por nada.
María desazonada, bajó los brazos y le preguntó si quería café. Él aceptó con un clásico “¡por supuesto!
Pensativa, la bellísima joven se dirigió a la cocina. Al regresar se interesó por lo que estaba haciendo su amigo. Federico trazaba una elipse sobre la mesa y manejaba el gramil, la escuadra, el cartabón y el compás como un experto geómetra. Halló los focos con pericia y trazó puntos equidistantes. En los focos hizo un sistema paralelo, que le permitió trazar cuatro elipses, pues el diseño que él quería, consistía en elipses concéntricas y en cada corona, repartidas, tallaría en relieve sin sobresalir de la superficie; unas bellotas que tanto gustaban a María. Ella cuanto más tiempo pasaba con él, más lo admiraba; nunca desde los tiempos de Apolonio de Perga, trazó nadie con tanta destreza, esas cónicas figuras como lo hizo Federico. Ofreció café a su amigo, al tiempo que le invitaba a sentarse para hablar. Federico se sentó frente a su enamorada y le explicó con tal claridad cómo quedaría la mesa, que ella parecía verla magníficamente acabada. Ella le observaba atentamente, sentía algo semejante a celos de la mesa porque él, con su certera mirada, parecía seguir el contorno de las figuras diseñadas.
Un contratiempo impidió por unos días que el hechicero de la madera, continuara con el elíptico mueble del salón. Su padre sufrió un incómodo accidente, y aunque sin graves consecuencias, tuvo que descansar unos días; una esquirla de madera le saltó en el ojo izquierdo, produciéndole mucho malestar. Federico trabajó esos días en el taller tanto por la mañana como por la tarde. Durante ese tiempo la partida con María, se le complicaba más y más, las jugadas parecían sucederse con frenético ritmo. La apertura ya estaba terminada y desembocó en un medio juego muy difícil para nuestro joven carpintero. Los pensamientos, las sensaciones y las preocupaciones, parecían conjurarse contra él.
Ya bien entrado el mes de septiembre, Federico retomó la mesa del salón y volvió a encontrarse con María. Esa misma mañana, había llovido sobre los algecireños campos cercanos a la sierra .Por esta razón, mientras se acercaba a la casa de su bella amiga, al pasar delante de Ilus, vio unas huellas a los pies del sempiterno roble. Las huellas correspondían a los zapatos de su gran amor. Un emotivo impulso le dictó que trazase medidas de esas marcas para hacer unos zuecos.
Con su natural destreza y diligencia, el habilidoso artista perfilaba los más bellos matices de la mesa. Una tarde más y la mesa quedaría acabada. Al regresar a casa, cenó rápido, y con la cafetera fue al taller para diseñar y terminar unos femeninos zuecos. Para esta ocasión eligió madera de fresno que es muy resistente a la vez que flexible, ideal para soportar el dulce peso de su amada y rozar los algecireños campos.
(Amable lectora o lector, como ya sabes, años después, con madera de fresno se fabricarían muchos esquíes para la nieve).
Los zuecos también fueron diseñados con base elíptica. Los huecos de los calzados, parecían estar adaptados a la perfección para los pies de María. Los interiores estarían cubiertos de una fina capa de corcho de los estupendos alcornocales de la zona. Sobre las cubiertas, talló en relieve una bellota en cada una de ellas. En su imaginación, Federico la veía sentada en la mesa del salón leyendo y tomando café. Los zapatos, serían como un complemento de la mesa y de los gustos de su bellísima amiga.
Por la mañana como siempre, el creativo carpintero se dirigió hacia Ilus para entregar su jugada, esta vez le acompañaría los zuecos. La tristeza teñía su alma de sombríos sentimientos. Todo en él era pesimismo, la partida según avanzaba se tornaba más y más difícil. La pena que sentía apagaba el brillo de su mirada. De puro ímpetu amoroso, quiso grabar un corazón cercano al hueco del roble, pero desistió, tan pesimista estaba que quizás pensó que si grababa un corazón; Ilus podría perecer de alguna enfermedad coronaria. Aquella tarde, más triste que nunca, llegó a casa de la erudita profesora. Como era costumbre, ella preparó café mientras él, abatido por sus pesares terminaba la mesa. Tal dominio tenía Federico de su profesión, que aún sintiéndose mal anímicamente, la mesa quedó acabada con tal encanto, que era difícil apartar la mirada de ella.
Al volver de la cocina, María observó que su amigo, miraba por la ventana orientada hacia el este. Invitó a su amigo a café cuyo aroma era embelesador. Se sentaron frente a frente. Con angustia en el corazón, ella intuía la amargura que se apoderaba cada vez más de él. Casi no hablaron, el silencio se interponía entre ellos como un fantasmagórico cristal, las palabras no fluían; pero incluso en esas circunstancias se sentían acompañados.
Federico jugaba la partida casi por inercia, sabía que su temible y muy querida adversaria impondría su mejor técnica y comprensión general del ajedrez. Mientras tanto buscaba una salvación, pero ante todo se iba haciendo a la idea que en muy poco tiempo, el cielo de Algeciras, ya no sería su etéreo techo; marcharía a Londres. Tomaba conciencia que debía disfrutar de su familia y sus conocidos, así como de los lugares en los que se crió; porque quizás nunca más volvería a verlos. Su espíritu de enamorado era grandioso, su corazón no era como el de esas débiles almas que olvidan pronto un amor y rápidamente buscan consuelo en otro. Para él, sólo existía el amor de María. Antes de marchar, se aseguraría que su padre con ayuda de algunos aprendices, no tendría problemas con la carpintería. Luchaba por olvidarla pero no podía conseguirlo; su corazón entraba en guerra con su mente y los sentimientos vencían a las razones.
Una mañana al volver de colocar su jugada en Ilus, se encontró con una agradable sorpresa, su buen cliente Thomas Owen, le esperaba en la puerta del taller. Federico lo saludó con alegría, como se saluda a buen amigo.
- Hola Thomas, ¿qué te trae de nuevo?, me alegro de volver a verte.
- Tu alegría es compartida, es siempre un placer para mí saludar a tan buen maestro de la carpintería (contestó Thomas Owen).
Estrecharon sus manos y mantuvieron la conversación siguiente:
T- Pues por aquí me trae la necesidad que construyas otros cinco armarios exactamente iguales al que has diseñado. He de decirte que ya ha llegado a Londres y mis parientes se han enamorado de él.
F- ¿Pero por qué iguales si se pueden mejorar?
El anglosajón sonrió admirado por la excelente capacidad técnica del artista. La necesidad de superación del algecireño, le parecía sublime.
T- En este caso y por una vez, no quiero que mejores el diseño. El armario ha gustado tanto que debo trasladar cinco más a mi país.
F– Me alegro mucho que haya gustado tanto. Pero teniendo en cuenta que lo quieres idéntico al anterior, entonces lo mejoraré sólo en su aspecto práctico.
T- ¿Qué quieres decir inspirado genio?
F- Muy sencillo, si tienes que trasladarlos, los fabricaré de forma que sean más transportables y sufran menos. Los haré por piezas ensambladas por el interior y así será más cómodo su transporte y estarán mejor protegidos. Además reforzaré sus escuadras con ángulos de metal embutidos en la madera, resistirán muchos viajes.
T- Ya sabes que confío en ti y tus ideas me parecen brillantes.
F- Es aún muy temprano, ¿te apetece café?
T- De acuerdo, tomaré uno antes de volver al trabajo.
Entraron al taller, se sentaron y concluyeron los acuerdos para el encargo del señor Owen. El café siempre hogareño, sabroso y amigo de tertulias; les pareció delicioso.
(Amable lectora o lector, no sé si te habrás dado cuenta que el café, es algo especial para mí. Si a veces abuso de él, pido perdón).
Una vez acordado el trato para la construcción de los cinco armarios isabelinos, Federico formuló a su cliente y amigo, la siguiente pregunta:
F- Thomas, ¿para cuándo zarparía el barco que cargase hasta Londres a los armarios?
El semblante del inglés, se entristeció porque sintió un tono de súplica en la voz del carpintero. Intuitivamente Thomas Owen, se levantó sin responder a Federico y se dirigió al tablero de ajedrez que reproducía el rumbo de la partida. Observó con atención la posición y mirando a Federico, preguntó sin responder a la pregunta de éste.
T- ¿Llevas las piezas negras en esta partida?
F-Lamentablemente así es, sé que no hay solución. Perderé sin remisión alguna.
T- El barco que transportaría los muebles, saldrá dentro de dos meses de Gibraltar. Por cierto, ¿ese barco de vela de esa estantería, también es de tu diseño personal?
F- Sí, lo hice para María, pero por alguna razón nunca se lo he regalado. Lo terminé antes que ella se fuera a Sevilla y como puedes ver, ahí sigue.
El empresario de trenes, miró fijamente al mago de la madera y le preguntó.
T- ¿Le dirás a ella que te irás de Algeciras?, lo pregunto porque como sabes, la partida está perdida; pero también me parece exagerada esa quijotesca decisión de alejarte. ¿Estás seguro que quieres hacerlo?, no sé si haces bien; por favor medítalo más.
F- Estoy decidido creo que es lo mejor, cada persona tiene su propia forma de sentir, no sé si me decisión es la acertada; sólo sé que es la única forma de no volverme loco. Por otro lado, no diré a María que me voy para intentar inútilmente de olvidarla, quiero que se preocupe lo menos posible. Thomas si te gusta ese barco, cuando te jubiles y regreses para siempre a Londres, construiré uno para ti a la escala que tú quieras.
T-Será el más hermoso que jamás haya conocido el puerto de mi ciudad. Debo irme ya, gracias por el café y por tu amabilidad y aunque no me harás caso, por favor reflexiona sobre tu marcha, aún tienes dos meses. Regresaré al taller pocos días antes de embarcar los armarios. Saludos Federico y no olvides que si te vas, yo te ayudaré a instalarte cómodamente en mi país.
F- Gracias buen Thomas, hasta la vista.
A la mañana siguiente, María se acercó hasta Ilus con el sobre y su jugada. Contempló los zuecos, y quedó prendada de ellos, pero como siempre, no sabía si debía aceptar el regalo. Quizás conmovida por la tristeza con que había visto últimamente a su amigo, decidió aceptarlos.
Los alumnos adoraban a su profesora y es que conocer a tan gran mujer como ella, era lo mismo que quererla. María se sentía feliz siendo útil como difusora de la cultura.
Pasaron varias semanas y Federico y María, no se veían. La sabia maestra, sólo visitaba a Lucía, la madre de su amigo, cuando sabía que él no estaba en su casa. De alguna manera, él ya se había despedido de ella, porque ésta no quería que se viesen sin que existiera una lógica razón y la partida estaba perdida y eso implicaba la salida de Algeciras. No había nada que hacer. Continuaría la partida algunas jugadas más y luego comunicaría a su amiga que la daba por terminada y perdida. Los días pasaban lentos y tediosos, el tiempo parecía anclarse entre las piedras de la tristeza; pero aún así los engranajes de Cronos, no se detenían y la vida continuaba.
Durante esas semanas, Federico aceleró el ritmo del taller todo lo que pudo, para que los trabajos y encargos, quedaran terminados. Thomas Owen ya había retirado los cinco armarios. Esa misma mañana, como de costumbre, había visitado a Ilus, pero esta vez, no llevaba en el sobre ninguna jugada; decidió dar la partida por perdida y felicitar a su amiga por su brillante forma de jugar. En lugar de una jugada de ajedrez, en el sobre escribió lo siguiente: “¡Enhorabuena María! tu arte para el ajedrez, es el lógico reflejo de tu gran personalidad e inteligencia. No volveré a molestarte nunca más con mis amorosas intenciones, te lo promete tu siempre y fiel amigo Federico.” Esa mañana cogió de la estantería de su despacho el barquito que tanto había gustado a Thomas Owen. En el costado derecho en la orientación de popa a proa, escribió un nombre de mujer: MARÍA. Según transcurre el curso del riachuelo, el flanco de estribor donde estaba escrito el femenino nombre, podría leerse desde la orilla orientada a la casa de su amadísima amiga. Pero en la parte de babor; no escribió el suyo; en su lugar dibujó una clásica máscara de tristeza de teatro griego. Decidió acercarse al arroyo y sobre su cristalino caudal, dejó a merced de la corriente que el barquito, como reflejo de su propia vida, fuese navegando sin patrón que dirigiese su propio rumbo. Así se sentía él; perdido, muy perdido.
Faltaban pocos días para que Thomas Owen llegase a casa de nuestro protagonista para acompañarlo hasta el barco cuyo destino era Londres. Los padres de Federico respetaron la decisión de éste, que siempre dio ejemplo de buen comportamiento y responsabilidad; pero estaban muy tristes.
Una hermosa mañana de domingo, cuando sólo faltaban dos días para el viaje, el joven genio de la madera, paseaba meditabundo entre los alcornocales del bosque, quería observar por última vez los lugares donde jugaba de pequeño. Al contacto con la naturaleza, sus sentidos se abrían, sus ojos veían cada vez mejor entre las sombras proyectadas por los chaparros, su olfato distinguía el aroma de múltiples plantas, su tacto notaba la suave humedad de la rica vegetación de la zona, sus oídos percibían la musicalidad de tantas especies de pajaritos y otros sonidos de la variada fauna algecireña, así como el viento entre las ramas y el murmullo eterno de pequeños regatos, su gusto disfrutaba de las maravillosas bellotas que recogía por aquí y por allá. Y los cinco sentidos, como una vital y amorosa mano, se aferraban al recuerdo de María, la mujer que no volvería a ver jamás. Continuó su paseo y al regresar a su casa, se detuvo un momento en su lugar preferido de meditación, aquel lugar desde donde divisara una flor de adelfa flotando al capricho de la corriente. Sentado sobre la misma piedra, miraba las aguas del riachuelo que con sus ondulaciones parecían saludarlo. Sus saladas lágrimas, parecían querer acompañar a las dulces aguas del arroyo. La vida le parecía una inseparable e insoportable carga .Ocultó su rostro entre sus brazos, en corporal recogimiento, como un hombre en cuya pena se condensara todo su cuerpo. Estuvo mucho rato en esa posición. Cuando apartó sus brazos de la cara para incorporarse, sus ojos no daban crédito a lo que veía; un pequeño barco; el mismo que él dejara a lomos del agua días atrás, avanzaba arroyo abajo hacia él. Creyó enloquecer, no era posible, él había dejado el barco más abajo de donde se encontraba y la corriente no podía hacer que el pequeño navío avanzara del revés. ¿Qué estaba ocurriendo?, se incorporó rápidamente se acercó al cauce para recoger el barco y ver si era el mismo que él construyó. Justo en ese momento, se dio cuenta que alguien desde la misma orilla donde él estaba, avanzaba acercándose lentamente. Sentía molestias en los ojos, el escozor de tantas lágrimas no le permitían ver con claridad. Lavó su cara con las frescas aguas del regato y cuando su vista se recuperó, con el barco en sus manos, miró hacia donde creyó ver una misteriosa silueta. Entonces sintió que enloquecía de verdad; el nombre de su amor, seguía escrito en un costado del barco; pero la máscara del otro costado había desaparecido y en su lugar, alguien había escrito un masculino nombre: FEDERICO. Absorto en su embeleso, contemplaba como la silueta tomaba forma de mujer, la más hermosa que jamás hubiera visto…. María se acercaba sonriente hasta él y le dijo con melodiosa voz:
- Tenemos que jugar muchas partidas; quiero ser tu novia.
Federico no sabía si lo que veía y oía era real o era producto del hechizo de las mágicas aguas del pequeño río. Conmocionado, quedó mudo paralizado ante semejante milagro. Y cuando su corazón volvió a bombear su sangre; lleno de asombro y felicidad contestó:
- No puedo vivir sin ti María, ¡te quiero!
La emoción dominaba su voz, casi no podía hablar. Su novia, cogió su mano cálidamente y llenos de felicidad (como sólo el amor puede hacerlo), instintivamente caminaron para visitar juntos al tan querido roble, que desde que eran niños, siempre los había unido. Sonreían, se miraban, apretaban las manos que los enlazaban y al acercarse al roble, vieron como dos azores, uno que venía de la escuela, y el otro del taller; volaban con alegría para anidar juntos sobre la copa de Ilus. .
( Amable lectora o lector, no hace mucho tiempo, visité mi Algeciras natal , y paseando por el bosque que llega hasta la Sierra de La Luna, he visto un antiquísimo roble con un hueco en el centro de su tronco y también he creído ver unas huellas que parecían acercarse al ramoso gigante; creo que eran marcas de unos femeninos zuecos hechos con mucho amor).
La partida recreada para la segunda parte de este relato fue jugada por los excampeones mundiales: Fischer que condujo las blancas y Thal que llevaba las negras durante la Olimpiada de ajedrez, disputada en Leipzig en 1960.
Banner Espartinas
Banner FSA
Banner FADA






 


Si deseas contactar con nosotros rápidamente...

Copyright © Club de Ajedrez Alekhine - Sitio web desarrollado por Andrés Macías Jiménez