Enigma en sesenta y cuatro palabras

Dedicado a mi amigo Javier de Mosteyrín, a quien tantas cosas debo, que ya no me queda vida para ponerme en paz con él.
“El hombre es un dios cuando sueña y  un pordiosero cuando piensa”.
                                (Friedrich Hölderling).
“Si tenemos paciencia y dejamos que el tiempo junto a sus arquitectos la  experiencia y el corazón; construya sobre nosotros, un día, podríamos ser maravillosas catedrales vivientes”.
(Perdonad que esta frase, no pertenezca a ningún interesante autor).

Todo comenzó una fría mañana de finales de octubre, durante el campeonato de España de ajedrez del año dos mil tres, celebrado en la histórica ciudad de Burgos.
Salí del hotel con prisas, había quedado con mi buen amigo, compañero y maestro, Javier de Mosteyrín, en una cafetería de la ribera del río Arlanzón, cerca del instituto donde él impartía clases de filosofía. Mi estado de ánimo era excelente, después de muchísimo tiempo, volvería a ver a una persona tan significativa en mi vida. Compartimos muchos años de verdadera amistad en nuestra común y querida Algeciras y por cosas del destino, mi admirado amigo, llevaba más de un lustro residiendo en tan majestuosa ciudad. No poseo mucha cultura, no entiendo mucho de ajedrez, pero casi todo lo que sé, a él se lo debo.
Como un  invisible cuchillo, una gélida brisa, parecía cortarme la piel de la  cara y medio en serio medio en broma, mientras caminaba, pensaba en tomar para desayunar, el famoso queso fresco tan típico del lugar en que me hallaba. El sol brillaba casi con pereza; regalándome entre las nubes un curioso y extraño albedo. Bajé por una escalera de piedra que conducía a la plaza de Fernando III. A mi izquierda quedaba la emblemática catedral, que atraía mi atención como si de un enorme y misterioso jeroglífico viviente que quisiera trepar  al cielo, se tratara. Al mirar la fachada  recordé el famoso libro de Fulcanelli  “El Misterio de las Catedrales” en el cual su autor, se recrea queriendo desvelar ocultos enigmas de la de Notre Dame. Yo pensaba que al ser ambos monumentos del mismo estilo, podrían coincidir en muchos secretos. El rosetón  de la fachada, atraía mi mirada y como si estuviese hipnotizado, todo mi campo visual convergía en su centro. También meditaba sobre ese extraño personaje; pues nadie sabe con certeza quién era Fulcanelli.
De estos temas, hablaría con Javier, casi inmediatamente; faltaban pocos minutos para la hora de la cita. Pasé debajo del Arco de Santa María y llegué a orillas del río, busqué la cafetería y puntual como siempre a la hora convenida, apareció mi amigo y después de un fraternal abrazo, entramos para desayunar. 
Lo primero que me preguntó, era si yo seguía distinguiendo a simple vista Alcor, esa diminuta estrella de La Osa Mayor que según los astrónomos, el poder verla significa agudeza visual. Le contesté que aunque  Alcor es casi de  cuarta magnitud, aún  podía contemplarla en las noches despejadas; pero que hacía tiempo necesitaba gafas  para leer, y la razón que argumenté, es que para mí, la cultura está más lejana que las estrellas. Reíamos mientras degustábamos queso fresco y estupendo café.
(Disculpad  que aún no haya invitado a café a la estimada lectora o lector, aprovecho ahora la oportunidad para hacerlo).
Apenas  transcurrieron unos minutos, cuando advertimos que una distinguida muchacha, nos observaba desde el otro lado de la cristalera que nos permitía divisar los altivos álamos que custodiaban las orillas del Arlanzón. La adolescente, portaba unos libros y  su mirada denotaba una cierta preocupación, pero parecía decidida a comunicarse con su profesor. Sus ojos como dos gotas de límpido cielo, dejaban translucir una cierta angustia, como si luchara contra su propia timidez.
Javier me dijo que le disculpara un momento, que se trataba de una alumna suya de filosofía. Salió, habló unos segundos con ella y ambos entraron para compartir conmigo la conversación que mantenían. Saludé a la estudiante, y ésta con amable y extraña familiaridad, me devolvió el saludo.
Pidiendo disculpas a la joven y a Javier, quise ausentarme para que pudieran hablar con tranquilidad. Mientras me excusaba, pensaba que era estupendo que los alumnos y los profesores pudieran conversar con naturalidad, pero creo que eso sólo puede suceder si se tiene la calidad humana que posee Javier.
Inesperadamente para mí, ella me pidió que me quedara, porque me conocía. Comentó que su familia es de Algeciras y durante muchos años y hasta el presente, habían seguido todo lo referente  al  ajedrez algecireño. Tanto Javier como yo, quedamos extrañados y deseosos que la joven nos explicara cuál era el motivo de su preocupación.
Respiró profundamente y concentró toda su atención en lo que a continuación  iba a contarnos. Como si pidiera perdón por interrumpirnos, la estudiante nos miró con timidez. Intuí que a Javier con su mirada, le pedía comprensión. Con voz casi entrecortada por la emoción, pero dulce y firme,  la discípula, comenzó a exponer  la razón de su desasosiego:
-    Comenzaré por mi nombre, me llamo Regina en honor a la madre de ese genio del ajedrez, llamado Bobby Fischer. Fue idea de la hermana de mi abuela, que es una apasionada del juego ciencia y a la que yo también llamo abuela Ana. Ella sigue viviendo en Algeciras (en este momento, como pidiéndome algo, Regina me miró), nunca se ha casado y ya ha cumplido setenta y cinco años. Hacia finales del año mil novecientos cuarenta y nueve, conoció a un joven polaco unos años mayor que ella y ambos se enamoraron como si de Romeo y Julieta se tratase. Nunca más mi abuela Ana, se ha vuelto a enamorar; y digo nunca más porque sin saber el motivo (mi abuela aún sigue buscando una razón), Witold que  así se llama el gran amor de su vida; desapareció  un año después de conocerla  sin dejar ni rastro de su partida y desde entonces nadie de mi familia ha sabido nada de él. Mi  querida abuela sigue de alguna manera buscándole, pero …
CASTILLA

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde... Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos. lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
"Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!"
Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: "¡En marcha!"
El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
La  interesante muchacha, detuvo su relato y unas amorosas  lágrimas, resbalaban por  sus adolescentes  mejillas, como gotas de un salado y cálido rocío. En este momento miró con gesto suplicante a su profesor y no pude evitar acordarme de un pasaje del famoso poema titulado “Castilla” de Manuel Machado; en el cual, el Cid en su destierro, habla con una niña que le abre el portal de su casa. ”…Hay una niña/ muy débil y muy blanca/ en el umbral. Es toda/ ojos azules y en los ojos,  lágrimas”.
Tuve la impresión de que aquella fría mañana, el espíritu del Cid, volvía a cabalgar con heroica caballerosidad, por  la ciudad que tanto amó.
La determinación y los gestos de la muchacha, delataban el profundo cariño que sentía por la hermana de su madre. Javier y yo, llenos de solidaridad, escuchábamos estremecidos.
Pregunté a Regina si quería tomar algo, para calmarse, mientras Javier emocionado, le suplicaba que intentara  tranquilizarse y continuara hablando, que si podíamos  hacer algo por ayudarla; que no dudara que  lo haríamos.
Creo que la estudiante, hizo una excepción y pidió café como nosotros, como queriendo acompañarnos en la  mejor sintonía posible.
(Aprovechamos para invitar a café a quién en este momento, esté leyendo).
 
Con fuerza de voluntad, Regina contuvo su incipiente llanto, bebió un poco de agua y continuó su exposición.
-    Decía antes que mi abuela, sigue con esperanzas de verle antes de morir y no lo digo porque acaba de cumplir setenta y cinco años, sino porque hace unos meses, le han diagnosticado  un  cáncer de pulmón. Durante muchos años le ha buscado por muchos sitios, sin ningún resultado, sin obtener ninguna  pista. Lo único que ella conserva de él,  es un pequeño y coqueto tablero de ajedrez y una impersonal nota en la que Witold, con letras mayúsculas recortadas de un periódico de la época, compone una extraña y misteriosa frase.  Ambas cosas las encontró una mañana, en el alféizar de la ventana de su dormitorio, detrás de una maceta de geranios. Mi abuela sabe a ciencia cierta, que  el tablero y la frase son de él, porque el barniz usado como protector, tenía un olor muy personal que Witold sabía preparar. Sabemos  también que era un gran apasionado del ajedrez, de las matemáticas y de la música. Nadie ha sabido nunca, el significado de esa nota y desde entonces, ella no supo nada más de él.
Javier aprovechó este momento  de pausa de Regina, para preguntarle sin poder ocultar su curiosidad.
-    ¿Recuerdas qué dice esa nota?, ¿tu abuela aún la conserva?
La joven, meditó la respuesta y mirando al filósofo contestó.
-    Sí, recuerdo el contenido de la nota y mi abuela, conserva como una reliquia lo poco que le queda de Witold. A veces apoya el café del desayuno sobre el tablero. Hizo que  colocaran un bello cristal sobre su superficie  y a menudo incluso come sobre él. Lo cuida como la auténtica joya que es para ella. Siempre tiene el tablero en un lugar visible y con frecuencia, cuando voy a visitarla, observo que lo mira con infinita añoranza. No hay dudas, ese hombre ha sido el gran y único amor de su vida. 
Regina volvió a detenerse, pero de sus ojos color de cielo, las amorosas lágrimas habían cesado de fluir; todos estábamos más relajados, pero también más concentrados, pues de alguna manera, teníamos ya un reto pendiente: había un misterio que resolver. En efecto, si esta sensible alumna necesitaba ayudaba, no podría recurrir a nadie  mejor que a su profesor de filosofía.
Noté algo de impaciencia en Javier, la curiosidad comenzaba a surtir efectos en su  analítica mente. Llevándose la mano izquierda a la barbilla dijo a Regina.
-    Dime por favor, ¿qué dice la nota que envió Witold?
La muchacha sonrío y suspiró al mismo tiempo. Conocía muy bien a su admirado profesor y ya estaba segura que éste haría todo lo posible por descifrar el asunto, por más intrincado que fuese. Meditó un poco y contestó.
-    El mensaje, escrito todo con letras mayúsculas dice: LAS CIEGAS PERO FECUNDAS MATEMÁTICAS DARÁN LUZ. Sólo dice eso, pero  es un mensaje que debe contener más información, porque las letras están escritas con colores diversos, por eso el gran favor que os pido, es que  nos veamos  en Algeciras y visitemos a mi abuela Ana, os lo suplico. En realidad sólo quiero una cosa: deseo con toda mi alma, que antes de morir, mi abuela sepa qué ocurrió con Witold, y  por qué se fue  tan inesperadamente.
No sabría cómo agradeceros vuestra ayuda, por  favor hacedlo por ella.
Emocionados Javier y yo nos miramos, comenté que en vacaciones de navidad, visitaría a mis hermanos y amigos de Algeciras, y que para mí, sería un verdadero placer conocer a su abuela Ana y que además sentía auténticas ganas de ver ese tablero y esa nota.
Javier que siempre se ha distinguido por su generosidad y su gran capacidad de raciocinio, había copiado el mensaje y mirando a Regina dijo.
-    No tienes que agradecernos nada. Rafael y yo, estaremos en Algeciras durante las próximas vacaciones, sólo tienes que avisarnos del día que podemos vernos para visitar a tu abuela. La única forma de darnos las gracias, es que saques muy buenas notas en  todas  las materias y como eso ya lo haces, no tienes nada que agradecer. Necesitamos ver los colores de la nota, las formas de las letras, etc., puede que también contengan otros indicios, otras posibles pistas; casi seguro que se trata de una especie de mensaje encriptado. Creo que Witold, quiso decir algo a tu abuela, pero tendría miedo, que alguien  que no fuera ella, obtuviera alguna información. Intuyo que por ser polaco y por la fecha en que sucedió su partida, tendría razones para salir sin despedirse formalmente; quizás por problemas surgidos durante La Segunda Guerra Mundial; es difícil averiguarlo pero ésa es precisamente nuestra misión. El tablero también deberíamos observarlo minuciosamente  y por supuesto debemos hablar con tranquilad con tu abuela. Tenemos muchas ganas de conocerla.
La alegría de Regina, hacía buena pareja emocional con el alivio que ahora sentía. Nos pusimos de acuerdo para vernos los tres en nuestra siempre añorada Algeciras. Pedimos otro café y mucho más relajados, hablamos sobre nuestra ciudad.
(Por supuesto, quién ahora esté leyendo, está invitado a café).
Poco tiempo después, salimos de la cafetería. El cielo estaba más despejado y el sol arrojaba claridad sobre la antigua y épica ciudad. Regina se despidió de nosotros, caminaba con celeridad, decisión y alegría. Unos segundos después, la silueta de la que  sin duda alguna será una gran mujer, desapareció al doblar la esquina de una señorial calle. Mi buen amigo y  yo, nos dirigimos a la catedral, sabíamos que ésta ocultaba muchos misterios por resolver, pero ahora para nosotros, había un misterio más importante que el de cualquier catedral, se llama Ana y vive en Algeciras.
Los días compartidos en Burgos durante el campeonato de ajedrez con mi amigo Javier; transcurrieron inexorablemente fugaces, como transcurre todo lo que nos satisface y apasiona. Volveríamos a vernos en Algeciras durante las navideñas vacaciones y acordaríamos un día para reunirnos con Ana y Regina. Con esa firme idea, al acabar el torneo de ajedrez, nos despedimos con un fuerte abrazo.
El tiempo parecía detenerse, los días pasaban con la lentitud característica de cuando deseamos que llegue pronto el momento de un esperado e importante acontecimiento. Desde la subjetividad de las sensaciones, opino que los dos últimos meses del año dos mil tres, fueron muy largos y perezosos.
Por fin llegaron las vacaciones de Navidad, que sólo tienen de entrañable para mí, la oportunidad de reunirme con mi familia y amigos de toda la vida; todo lo demás referente a estas fechas, también lo considero muy subjetivo, pero eso nada tiene que ver con lo que deseo narrar.
Llevaba varios días en mi siempre añorado pueblo, cuando por la mañana del día veintiséis de Diciembre, recibí una llamada telefónica de Javier. Mi alegría comenzaba a ser desbordante, ya teníamos una fecha para reunirnos con Ana y Regina; sería el domingo veintiocho de Diciembre, el mismo día de los Santos Inocentes. Debo confesar que para mí, este día era menos subjetivo que el de Navidad, pues desde siempre los amigos me gastaron bromas. Nos veríamos en La Plaza Alta a las nueve y media de la mañana; la idea era aprovechar todo el tiempo posible, el día entero si era necesario. Tanto en la mente de Javier como en la mía, había una única intención y una ilusión; resolver el enigma para ayudar a Ana. Estábamos convencido que Witold envió un mensaje encriptado y por alguna razón, aún estaba sin resolver.
La emoción me inundaba por completo desde que desperté. El sol lucía solidario y claro en tan esperada mañana de finales de Diciembre. Era el día de la cita, desayuné rápidamente y salí a pasear mientras me dirigía al lugar de encuentro. Meditaba sobre qué debía hacer, para facilitar que Javier y Ana, encontraran una posible solución. Mis ganas de intervenir por querer ayudar, quizás perjudicara el buen discurrir tanto de mi ingenioso amigo, como de una persona que como Ana llevaba tanto tiempo envuelta en el misterio. Quizás lo mejor sería callar e intervenir sólo cuando se dirigieran a mí; por lo demás y en cualquier caso, sería un verdadero placer compartir el día con ellos.
Faltaban algunos minutos para la hora convenida, por eso decidí concentrar mis meditaciones en una taza de café y me acerqué a una cafetería céntrica, creo que ya habéis adivinado que me encanta dicha bebida.
(Como aún no lo he hecho, quiero invitar a café a quien en este momento esté leyendo, porque una vez reunido con Ana, Regina y Javier, quizás no tenga otra oportunidad, pues no sé cómo transcurrirá la reunión).
Después de reflexionar, tuve claro lo que haría; prestaría la máxima atención a todo lo que hablasen y a todo lo que viese y sintiese. Me esforzaría por colaborar para crear un buen ambiente de comunicación y ayudar todo lo que pudiese; pues aún no sabía bien qué pintaba yo en todo aquello. Si nuestra amiga necesitaba ayuda, Javier era muy capaz de ofrecérsela sin que yo estuviera presente. De todas formas estaba convencido que el grupo de personas que íbamos a formar dentro de poco, sería muy receptivo, muy comunicativo y muy afable; de eso no me cabía la menor duda. Simplemente deseaba estar a la altura de las circunstancias.
Envuelto en estos pensamientos, llegué a la Plaza Alta unos minutos antes de lo acordado. Di una vuelta por la fuente de las ranitas, rodeando la protectora valla metálica que las circunda. No terminé de completar una vuelta, cuando por la calle AlfonsoXI (la popular calle Convento), observé que se acercaba Javier. Siempre que le veo llegar, no puedo evitar sonreír, porque una mezcla de alegría y extraño sentido del humor me provocan la sonrisa. Tras un amigable abrazo, Javier, mientras señalaba la puerta de la iglesia principal de la ciudad, dijo:
- ¡Qué pena que no seamos religiosos!, porque así podríamos encomendarnos a todos los santos del cielo.
Mientras reíamos (con estas tonterías siempre nos desternillamos), le respondí que todo saldría bien y que sucediera lo que sucediera, merecería la pena conocer a Ana y compartir el día entero con ella y su nieta.
Giramos caminado en torno a las ranitas, y cuando aún no habíamos rodeado por completo la valla, vimos que desde la calle Ancha; Ana y Regina, se acercaban hacia nosotros. El reloj de la torre de la iglesia, marcaba la hora convenida. Los saludos fueron muy cordiales porque salieron como la palabra indica, desde el corazón. Las ganas por conocernos eran a todas luces recíprocas. Los rasgos fisonómicos de Ana y Regina, así como la claridad de sus miradas; delataban la extraordinaria calidad humana de las recién llegadas. Agradecieron nuestra asistencia a la cita y nosotros agradecimos tanto su presencia como la confianza que les inspirábamos. Era sorprendente y admirable observar cómo a dos generaciones distintas, correspondían la misma tonalidad y el mismo brillo en los preciosos ojos azules de las dos mujeres.
Alegres nos dirigimos hacia el parque María Cristina, cerca del cual se hallaban los automóviles de Ana y Javier. Pasamos por delante de algunas cafeterías y de repente, Regina, atenta, y con buen sentido del humor dijo:
- ¿Rafael podrás soportar la tentación de tomar café hasta llegar a casa de mi abuela? Mi madre los hace muy buenos.
- No estoy seguro, pero lo intentaré con todas mis fuerzas, incluso me pondré esparadrapos en la nariz; con un poco de suerte igual lo consigo. Respondí.
Llegamos a los coches que estaban aparcados en la Avenida Blas Infante y decidimos que ellas irían delante de nosotros y las seguiríamos hasta llegar a casa de Ana.
Durante el trayecto pregunté a Javier si había sacado alguna conclusión o si tenía alguna pista acerca del contenido de la nota que Regina le pasó de forma verbal en Burgos. Me comentó que tras haberla leído y releído muchas veces, pensaba que el mensaje giraba en torno al famoso matemático Leonhard Euler. Mi culto amigo me explicaba que al leer la nota que el mismo escribió, enseguida pensó en matemáticos que tuvieran alguna relación con el ajedrez como Lasker, Gaus, Nauck, Janisch, Euler y otros muchos. Pero se centró sobre todo en Euler por parecerle, que era el que más tenía que ver con el minúsculo escrito. El matemático suizo además de resolver uno de los más sorprendentes problemas sobre ajedrez, pasó los últimos años de su vida totalmente ciego y aún así redactaba a sus hijos las conclusiones de sus estudios. Ha sido con diferencia el más fecundo de todos los matemáticos en cuanto a publicaciones se refiere.
Durante un momento quedamos callados, como si reflexionáramos en común. Por fin Javier rompió el silencio y repitió el breve mensaje que Regina le comunicó: Las ciegas pero fecundas matemáticas, darán luz. Como si hablara con él mismo, subrayó en el aire cuatro palabras: ciegas, fecundas, matemáticas, luz. Tras otro breve silencio, me explicó que todo apuntaba a Euler y que este sabio era la clave para resolver y dar luz al mensaje encriptado de Witold. También me comentó que no quería decir de qué problema de ajedrez se trataba, hasta que no viese el tablero y la nota original.
Nos acercábamos al lugar donde vivía Ana. Pasamos sobre el puente del río Pícaro, que no es otro que el río de Getares, que desemboca en la playa del mismo nombre. El mar que ya podíamos contemplar, parecía una franja licuada de puro cielo, de alegres y limpias aguas de un azul intenso.
En la actualidad (en la fecha en que escribo este entrañable y misterioso suceso), la playa de Getares agoniza, por culpa de la negligencia de las autoridades que no quisieron oír las voces de advertencia de mis conciudadanos. Ahora las olas de nuestra querida playa, parecen llorar vestidas de petrolífero luto por la catástrofe ecológica. Un desastre para la humanidad, en especial para los que como yo, hemos nacido en el Mediterráneo.
El auto de nuestra anfitriona, redujo ostensiblemente la velocidad y un intermitente del vehículo nos indicaba que nos desviaríamos y seguiríamos la marcha por un estrecho carril de zahorra compactada, que yo desconocía. A ambos lados de la pista, unos álamos de variedad blanca, marcaban las márgenes del camino. Un despistado meloncillo parecía haber olvidado sus nocturnas costumbres y asustado, cruzó el carril por delante del coche de Javier y se introdujo en la frondosa y protectora vegetación.
El hogareño humo de una chimenea, parecía descender de la sierra a la que nos dirigíamos; supimos por esta razón que soplaba un suave viento de poniente, el cual consigue que los días en la zona del Estrecho de Gibraltar sean muy claros. Comentando cosas sobre el misterio de la desaparición de Witold, llegamos pronto a la casa de Ana. Con paredes cubiertas de piedras y un techo de viejas y pardas tejas, la casa de nuestra amiga, daba la sensación de ser muy acogedora.
En el rellano que había delante de la casa, Leonor la madre de Regina, nos esperaba sonriente. Fuimos presentados con mucha amabilidad y pudimos observar tres generaciones distintas y un único color azul de ojos. Entramos y un olor muy familiar y agradable a café nos invadió.
(Amable lectora o lector, acabamos de llegar a casa de Ana y como no tengo mucha confianza con ella todavía, no me atrevo a invitaros desde dicho lugar a café; pero ya sabéis que desde el fondo de mi corazón, estáis todos invitados).
Nada más entrar, no pude evitar decir a Regina.
- ¿Ves cómo he podido resistir la cafetera tentación, hasta llegar aquí?
Leonor, riendo contestó por su hija.
- Ya no tienes que hacer tan heroico esfuerzo. Vamos todos al salón y tomaremos café.
La fulgurante llama de la chimenea, nos hechizaba con su magnético embrujo; el fuego crepitaba consumiendo con voracidad la leña de alcornoque. El salón de grandes losas color de barro, y la cocina de losas de color rojizo enmarcadas en una sutil cenefa de forma cuadrada, compartían la misma pieza, de manera que la cocina parecía una simple y complementaria prolongación del salón. Era muy agradable la cálida sensación que nos trasmitía la casa de Ana. Tomamos café mientras hablábamos de cosas sencillas y cotidianas para conocernos mejor. El ambiente era muy íntimo y muy familiar, como corresponde a personas que desean compartir momentos y cosas importantes. Apenas habíamos tocado el tema de Witold, cuando nuestra anfitriona, quiso que la acompañáramos hasta la ventana donde una lejana mañana, encontró el mensaje y el tablero; lo cual satisfizo por completo la natural curiosidad de Javier. Por esta razón le agradeció que comenzara sus explicaciones desde el alféizar, en el cual hace ya muchos años quedó planteado un problema cuya solución continuaba siendo un misterio.
Salimos fuera de la casa para ver dicha ventana. Una fina capa de musgos daba la impresión de acariciar el tejado como una suave alfombrilla verdosa de terciopelo. A pesar de haberlo vivido muchas veces, tanto Regina como su madre, parecían sentir la misma emoción que nos embargaba a Javier y a mí. Ana nos contó que sobre el alféizar, seguían estando las mismas macetas de geranios que entonces. Mirando a Javier comentó que eran geranios de pensamiento, que por eso creía que Witold eligió ese sitio, como queriéndole indicar que debía pensar mucho, para comprender lo que iba a ocurrir. Es una pena, añadió nuestra septuagenaria amiga, que ahora no estén en flor, pero por la ramificación de sus tallitos se conoce también esta variedad de geranio. Definitivamente Witold comenzó a dejar pistas desde las macetas de estas coloridas flores.
Cogiéndonos del brazo, Ana dijo con amable voz.
- Volvamos por favor de nuevo al salón, quiero enseñaros la nota original y el tablero, creo que tendréis ganas de verlos.
Javier sonriendo manifestó que sentía verdaderos deseos de observarlos de cerca. Entramos de nuevo al salón, nos sentamos alrededor de una coqueta mesa circular de roble y Ana nos mostró el mensaje y el tablero. Extendió una vieja y amarillenta cuartilla de papel, donde emocionados leímos en directo la nota de Witold. En efecto, las letras aunque eran todas de la misma forma y tamaño, eran de varios colores: negras, verdes, rojas, amarillas y azules. El tablero era un precioso cuadrado de madera con arabescos pirograbados en los cuatro lados, de la misma forma que las ocho primeras letras para las columnas y los ocho primeros números para las filas; exactamente igual que los tableros actuales de competición, pero más pequeño y delicadamente decorado. Las casillas del tablero eran todas de madera de sicomoro, las oscuras habían sido tintadas con nogalina. Todos los cuadritos, estaban acoplados igual que si de teselas de madera de tratara. Toda la superficie del tablero, estaba embutida en un marco de plata cortado a inglete y repujado por los bordes con motivos florales. Sobre las casillas, una cubierta de cristal protegía a las mismas y por la parte de atrás, una fina maderita de haya, hacía las veces de base del tablero.
Javier preguntó la razón por la que la cuartilla de papel, presentaba restos de quemadura. Ana respondió que varias veces a trasluz, había pasado una vela encendida, por si se podía leer algo en caso que hubiera algo escrito con tinta de limón o de leche, pero lo hizo tantas veces que alguna vez casi quemó el papel. Nuestra amiga nos aseguró que incluso se interesó mucho por la antigua ciencia que los griegos llamaban esteganografía, que no es otra cosa que una forma de lectura y escritura encriptada o escritura secreta.
Nos contó que conoció a Witold mientras paseaba de joven por la playa Getares, Witold estaba con su padre calafateando y pintando una barquita con la que salían los domingos de paseo, igual que hacían en las playas del Mar Báltico. Al pasar por la orilla, cerca del lugar donde padre e hijo restauraban la barca, las miradas de Witold y las de ella se cruzaron y así comenzó un enamoramiento que aún persiste para ella. Su noviazgo duró poco más de un año. Al describirnos el perfil psicológico del polaco, nos dijo que era una persona muy culta y educada, muy romántico, polifacético, con muchas aficiones, pero que seis de ellas, eran sus favoritas: ajedrez, música, matemáticas, poesía, el café y el poleo. Las dos últimas aficiones, las pronunció mientras sonreía. Para su enamorado, el olor del poleo (que él no conoció hasta que llegó a Algeciras), era sencillamente mágico.
También nos comentó, que a veces (aunque ella siempre lo imagina con vida), piensa que su gran amor, ha muerto; porque Witold era una persona con mucho sentido del honor y le juró amor eterno, pero él, desapareció. Desde entonces intentó buscarlo por muchos sitios, si por ejemplo se enteraba que en alguna ciudad, se celebraba algún concierto de Chopin, hacía lo posible por asistir, porque sabía que era el músico de su país que más admiraba Witold.
Nos emocionó al contarnos que una mañana mientras paseaba por la playa, alguien interpretaba con una flauta La Polonesa, de Chopin. Llena de esperanza y curiosidad, buscó a la persona que tocaba la flauta, pero su decepción fue muy grande cuando comprobó que no era su amor quien interpretaba a Chopin. De sus ojos cayó casi tanta agua salada como la que contenía la playa. En efecto, nuestra amiga hizo todo lo que pudo por encontrarlo.
Los ojos de Ana se humedecieron, aún así nos miraba con una ternura que no era otra cosa que el reflejo de su gran corazón. Una mano de Regina presionó un hombro de su abuela, reconfortándola con su cariño.
Ana me miró con una sonrisa en los labios y me dijo.
- Hace dieciocho años, estuve a punto de localizarte para hablar de lo que ahora nos ocupa.
La miré extrañado y casi balbuceando, pude decir.
- Hubiera sido todo un honor para mí y aunque no estaba, ni estoy preparado como mi amigo Javier para resolver este misterio, con gran placer habría hablado contigo, de verdad que tu compañía es algo admirable. De todas formas, esa reunión se parecería a ésta, porque yo habría pedido ayuda a Javier. ¿Pero puedo saber qué ocurrió hace dieciocho años, para que estuvieras a punto de comunicarte conmigo?
Mientras ella me respondía, Javier atento a todo, no cesaba de leer y releer el mensaje original y anotaba cosas en un folio. Pacientemente y con ganas de escuchar; esperó que Ana acabase de hablar, para comunicarle algo que descubrió y que le parecía muy importante.
La forma de hablar de nuestra veterana amiga, satisfizo mi curiosidad.
- Entre la primavera y el verano de mil novecientos ochenta y cinco (sé que era esa época porque los geranios estaban en flor y mientras los regaba, escuchaba por la radio de Algeciras una entrevista que te hicieron), ganaste tu tercer campeonato absoluto de ajedrez de la provincia de Cádiz. Ese mismo año quedaste subcampeón imbatido de Andalucía. Supongo que por esta razón, te entrevistaron. Recuerdo que dijiste algo que me llegó al corazón. Mencionaste a dos jugadores polacos, Samuel Reshevsky y Miguel Najdorf, que muy jóvenes tuvieron que abandonar Polonia, igual que lo hizo Witold. No es casual que estés reunido aquí con nosotros, por eso en cuanto Regina se enteró que Javier se reuniría contigo, armándose de valor os localizó y solicitó vuestra ayuda. ¡Ojala! estemos aún a tiempo de obtener alguna conclusión; ya sabéis que tengo una enfermedad pulmonar y mi tiempo de vida se va acortando.
La amable anfitriona, no pudo evitar de pura admiración por Regina, añadir que su nieta, sólo por este hecho merecía aprobar al menos filosofía e historia. Aunque estaba convencida que Regina era una estudiante fuera de serie. Mi sabio amigo, comentó que su alumna merece aprobar y que lo hará simplemente por que la naturaleza la ha dotado de una voluntad y una inteligencia admirables.
Nuestra septuagenaria compañera, haciendo un gesto de disculpas dijo a Javier.
- Perdóname que te interrumpa, sé que tienes algo importante que comentarnos; pero quiero explicar que siempre me puso algo nerviosa los colores de esas letras, pues además de padecer de dislexia (mejor dicho de disgrafía), soy también daltónica. Comenta por favor lo que te ha llamado la atención, estamos impacientes.
En este momento Leonor, entraba con más café. ¡Qué mujer más intuitiva!, no sé cómo supo que por ejemplo yo, deseaba tomar otro.
Javier con gran concentración comenzó a explicar lo que había descubierto mientras Ana estuvo hablando conmigo. La expectación de la anfitriona en las palabras de mi erudito amigo, es imposible de describir. Era toda atención. El filósofo, habló con la maravillosa capacidad deductiva que siempre le ha caracterizado.
- Cuando veníamos a tu casa, le comentaba a Rafael que ya en Burgos, leí muchas veces el contenido de esta esquela. Sospechaba que el famoso matemático suizo Leonhard Euler, tenía mucho que ver en este mensaje; ahora ya no tengo dudas. Le comentaba hace un rato a mi cafetero amigo, que Euler ha sido el más fecundo de todos los matemáticos, además se quedó ciego, y seguro que este sabio, va a ser decisivo para darnos luz. Permíteme y perdona que os lea y os muestre el mensaje, tantas veces leído:
LAS CIEGAS PERO FECUNDAS MATETICAS DARÁN LUZ.
Javier después de hacer una pequeña pausa, que nos invitaba a la reflexión, continuó con su explicación, mientras miraba con empatía a la enamorada de Witold.
-He agrupado las letras por colores y he intentado combinarlas de forma que expresaran una palabra o algo con algún sentido; y el conjunto de todas las palabras, también tienen sentido. Dando vueltas a las letras de color rojo se construye la palabra, EULER, haciendo lo mismo con las amarillas, LUZ, con las verdes, DENTRO, y con las azules, DA. Si ordenamos ahora cada bloque, se obtiene este otro mensaje: EULER DENTRO DA LUZ.
Javier continuó exponiendo sus acertadas deducciones.
- Este ciego y fecundo matemático, resolvió un problema de ajedrez llamado problema del caballo. Algunos autores, lo llaman problema de Euler. Se trata de hacer pasar un caballo de ajedrez que saltara con su ajedrecístico movimiento, por todas y cada de las casillas del tablero, con la condición que sólo puede saltar una única vez por cada casilla. La verdad es que hasta aquí, no hay mucha dificultad matemática, pues se sabe que algunos monjes antiguos de La India, conocían este problema y podían resolverlo con los ojos vendados. Además hay varias soluciones que satisfacen el problema; incluso el mismo Euler se atrevió a resolverlo, pero ampliado a un cubo, que tuviera en cada una de sus seis caras, un tablero de ajedrez y de la misma forma el caballo recorrería las trescientas ochenta y cuatro casillas totales del cubo. Pero lo verdaderamente sorprendente, es que una solución dada por el genio suizo; no tiene comparación con las demás; pues es una auténtica maravilla analítica. Se llama Cuadrado Mágico y consiste en enumerar del (1) al (64) todas las casillas; por ejemplo la casilla inicial, desde la que salta por primera vez el caballo, sería la número (1), la segunda casilla a la que saltara, sería la número (2) y así sucesivamente hasta llegar a la casilla (64). Lo sorprendente es que Euler encontró una única solución, según la cual, si sumamos todos los números de todas las columnas y de todas las filas del tablero; la suma siempre dará igual al número (260). Estoy convencido que en esta dificilísima solución, se basa todo el mensaje de Witold ¡ahí tenemos que llegar!
En este momento Javier se detuvo. Intentó adivinar qué sentía su atenta interlocutora. Pasados unos segundos de cierta tensión, mi querido y admirado amigo; sin dejar de mirarla con afecto, lanzó al aire una pregunta.
-¿Dentro de qué?, ¿de dónde?, ¿desde el interior de qué cosa, Euler dará la solución? Como vemos, ahora comienza otro enigma, y sabemos también que sólo posees de Witold, este viejo papel y ese tablero tan estético sobre el que descansa tu taza de café. ¿Qué hacemos ahora Ana?
Leonor, que también estaba muy atenta a las palabras del profesor de filosofía, comentó que se había acordado de un caso que le sucedió hacía muchos años, a la madre de una amiga suya.
Esperaba esta mujer, que su novio se decidiera a casarse con ella, pues llevaban mucho tiempo de noviazgo. El día del aniversario de novios, él se presentó con un regalo para ella, consistente en una cajita de música. La madre de su amiga, se enojó tanto que él no le hablara nada de matrimonio, que en un arrebato tiró la caja al suelo y la hizo trizas. Tan fuerte fue el golpe recibido por la caja en el suelo, que la danzarina que había en su interior fue a para al alféizar de su ventana y del fondo de la caja una aromática carta en forma de folio blanco, voló por el aire hasta posarse sobre la cabeza de ella. Al leer lo que decía la carta, se dio cuenta que ésta sólo contenía un pequeño mensaje: Margarita te quiero con toda mi alma ¡por favor cásate conmigo! El enfado se disipó enseguida y una semana después estaba felizmente casada.
Ana sintió una especie de inspiración al escuchar a Leonor. Como quien mira la única reliquia en la que de verdad cree, nuestra amiga, levantó la taza y sostuvo el precioso tablero sobre su pecho como si lo abrazara. La emoción se apoderaba de ella y casi suspirando, tomó la palabra y dijo a Javier.
- He pasado innumerables veces, el calor de muchas velas, sobre la superficie de este entrañable tablero, tanto por la superficie anterior como de la posterior, pero jamás pude descubrir nada que hubiera estado oculto. Si la solución estuviera dentro de algo, no hay otro lugar que este queridísimo tablero, pero debo pensar bien antes de decidirme, porque si rompemos el tablero para ver si contiene algo en su interior, puede que al recomponerlo no quede igual que está ahora y eso sería muy penoso para mí.
Se acerca la hora de comer, supongo que ya tendréis hambre, después de la comida, decidiré qué haremos con el tablero.
Regina que estaba muy atenta a todo lo que se hablaba, comentó que en caso de abrirlo, el tablero apenas se deterioraría, pues tanto ella como su madre, eran expertas en trabajos de manualidades. La inteligente estudiante me dijo que ya se habían puesto de acuerdo para que comiéramos una paella vegetariana en mi honor. Tanto me gustó este detalle, que armándome de valor dije a todos.
- Por favor dejadme ejercer de cocinero, voy a necesitar la ayuda de dos intrépidas ayudantes, a Leonor y Regina. Así Ana y Javier, podrán seguir hablando. Prometo esmerarme, no se me da mal el arte culinario pues hasta ahora, nunca he envenenado a nadie. Además con tan excelentes ayudantes ¡saldrá muy buena la paella!
Los tres improvisados cocineros, nos pusimos mano a la obra y aunque estábamos muy entretenidos y absortos en la cocina, no pudimos evitar escuchar algo que Ana, dijo a Javier.
- En alguna parte he leído lo que dice un proverbio hindú: “La verdad como la piedra, no se disuelve en el agua”. Quiero decir que cada vez estoy más convencida que debemos deshacer el tablero, pues es el único sitio donde después de tantos años, aún no he mirado. Aprovechemos la comida, compartamos estos momentos, con esta buena armonía, y si dentro no encontramos ninguna pista, lo asumiré de la mejor forma posible. Vuestra visita, es para mí uno de los pocos placeres que me quedan ya por disfrutar.
Mientras oíamos estas palabras de Ana, Leonor, Regina y yo, nos miramos asintiendo y la emoción contenida, casi nos hizo llorar. Yo eché la culpa de algunas lágrimas, al ácido alílico de los ajos que picaba en ese instante. Una suculenta paella, y un enorme y riquísimo bizcocho que hicieron las tres mujeres de ojos azules, sería la comida que compartiríamos. Como son personas muy amables y atentas, seguro que también tomaremos café.
(Amable lectora o lector, como acabo de hablar de café, espero que recordéis lo que ya os comenté al llegar a casa de Ana).
Comimos conversando de distintos temas, no hace falta comentar que cuando hay buena onda, la comunicación es además de entrañable, reconfortante. Reímos, disfrutamos con la compañía de nuestras anfitrionas; pero en honor a la verdad, debo decir que sobre todos nosotros, incluida por supuesto nuestra amiga Ana, gravitaba una emoción contenida y compartida, que no nos permitía relajarnos del todo. Teníamos que saber si había algo dentro del tablero. Cuando terminamos la comida y acabamos el café, Ana tomó la palabra y dijo.
- Nada hay que perder, ha llegado la hora de saber si detrás de las casillas, o en otro lugar del tablero, tenemos algún nuevo mensaje de Witold. Espero que si estropeamos este regalo tan querido, él me perdone. Por favor Leonor, Regina, traed las herramientas que creáis oportunas y desmontarlo.
Un breve silencio parecía acariciar la tensión, que sobre el ambiente del salón quedó suspendida. Se miraron madre e hija, salieron del salón y regresaron con un estuche de utensilios de manualidades. Con pericia y sumo cuidado, quitaron el cristal que protegía las casillas. Después golpeando con un pequeño martillo sobre una maderita, las dos a la vez, pero en los ángulos opuestos de cada diagonal, consiguieron con mucha pericia, que el artístico marco de plata se abriera, dejando accesibles y susceptibles de ser separados a todos los cuadraditos del tablero. En este momento, justo antes que Leonor y Regina, dieran la vuelta al tablero para despegar el tapa trasera de madera de haya, Javier comentó.
- Supongo que lo habréis tenido en cuenta, porque os veo actuar como verdaderas profesionales, pero por si al dar la vuelta, algunas casillas se desprenden, me gustaría que las marcáramos con sus respectivos números, es sólo como medida preventiva. He traído una copia de los números que Euler daba a cada casilla en su famosa solución del Cuadrado Mágico.
Regina mirando a su profesor, respondió mientras le mostraba unas pequeñas tijeras, un lápiz y un rollito de papel adhesivo.
- Justo ahora mismo te lo íbamos a preguntar, ¿por favor puedes facilitarnos dichos números? La habilidad y buen hacer de las dos mujeres, junto con la contestación de Regina, nos hizo reír a todos. Según la copia que Javier les entregó, pusieron números a todas las casillas, tal como indicaba el Cuadrado Mágico. A continuación dieron la vuelta al tablero colocando la superficie sobre una pequeña lona que dispusieron sobre la mesa. Con pequeños formones penetraron un poco por debajo de la protectora maderita de haya, y haciendo palancas por distintos tramos del cuadrado, la tapa salió sin mucha dificultad. Cada tesela de madera se despegó, pero como ya estaban marcadas, enseguida se colocaron en su lugar correspondiente.
La sorpresa, nos asaltó a todos, nos miramos entusiasmados. En efecto, un mensaje muy importante se encontraba en el interior, entre la tapa de haya y la parte de atrás de cada casilla, ¡en cada casilla había una palabra escrita! ¡Euler desde el interior nos había dado luz! El asombro fue tan intenso, que cuando tomamos conciencia, nuestros brazos (los de todos, menos los de Ana), apretaban los hombros del compañero que teníamos al lado. No puedo describir, no tengo frases ni palabras, para expresar el asombro con que Ana leía el mensaje. Hay momentos que si no se viven, no se pueden comprender con precisión. La perplejidad, la sorpresa, la pena, la rabia y una difusa expresión de alivio, apareció en el semblante de nuestra querida amiga.
Ana no pudo contener el llanto y casi gritando con lastimera voz, desde el fondo de su corazón; una súplica, un ruego, salió silbando en dirección a la playa:
-¡¡¡ Witold, Witold, Witold, perdóname por no haber encontrado antes este mensaje!!!
El sonoro lamento de nuestra querida Ana, atravesó los cristales en dirección a la playa, ahogando el dolor de ésta en las azules olas. Concentró sus emociones respirando profundamente. Contuvo el llanto y nos pidió disculpas a todos por emocionarse  tan intensamente. Cuanto más tiempo pasábamos con Ana, más la apreciábamos.
Siguiendo la numérica trayectoria del caballo de ajedrez, fuimos obteniendo todas las palabras del cuadrado mágico de Euler, hasta completar el mensaje de Witold. Con una redacción casi infantil, propia de quien aún no domina el idioma, pero con rotunda claridad, el joven polaco, al menos en lo esencial; explicó de forma muy concreta y concisa, la razón de su huida.
De forma casi telepática, nos retiramos un poco para dejar que nuestra amiga, leyera con más intimidad el mensaje de su gran amor. Adivinando nuestras intenciones, nos dijo que prestáramos atención porque quería leernos su contenido. Con voz clara y decidida, comenzó su lectura. Emocionados como si estuviéramos a punto de presenciar la más misteriosa de las revelaciones, escuchamos casi sin respirar a nuestra sensible anfitriona.
-“Querida Ana, he construido este tablero con un mensaje. Nunca te dije que mi vida estaba en peligro porque no quería preocuparte. Haber encontrado una mujer como tú, justifica toda la razón de mi existencia. Debo salir de España y por problemas de la guerra; si me encuentran, me matarán. No quiero comprometerte, por eso me voy apresuradamente. Estaré en Uri, volveré amor mío”
Cuando acabó de leer, las lágrimas, como saladas y diminutas cascadas, descendían por las laderas de su generoso rostro. Como si de un continuo ejercicio de contención emocional se tratara, nuestra septuagenaria amiga, volvió a calmarse. Sabiendo que ansiábamos escuchar su opinión sobre lo que había leído, con decisión y entereza, nos dijo.
- En mi corazón, Witold, siempre ha estado vivo, siempre lo imagino lleno de ilusiones, pero ahora la razón, me dice que ha muerto. También es verdad que la vida nos depara tantas sorpresas, que puede haber una excepción, algún extraño motivo y puede ser que aún no haya muerto.
Con cariño desmedido hacia su tía abuela, Regina preguntó.
- Abuela, ¿por qué crees casi con toda seguridad, que Witold ha muerto?
Con emocionado suspiro, Ana contestó a Regina.
- Por que lo último que dice él, es: volveré amor mío. Witold, jamás faltó a su palabra, era un hombre de honor y lo que prometía lo cumplía. Por eso salvo que la vida le haya deparado una extraña enfermedad o algo similar, hubiera vuelto tal y como prometió.
Un silencio provocado por la empatía que todos sentíamos por Ana, nos acompañaba en nuestras meditaciones. Quise preguntarle algo, pero Leonor, Regina y Javier, fueron más rápidos. Lento, torpe y sorprendido, decidí que alguno de mis compañeros, tomaran la palabra. Tácitamente decidimos cederle el turno a Leonor, la cual preguntó a su tía.
- En el caso de que Witold, siga con vida, ¿cómo lo encontrarás? El cantón suizo de Uri, contiene muchos pueblos, lo cual implica una gran dificultad, para encontrarlo, eso suponiendo que siga viviendo allí. También ha podido cambiar su situación familiar y tener compromisos que imposibiliten cualquier tipo de relación por vuestra parte. ¿Qué vas a hacer?
Cuando Leonor acabó de hablar, tanto Javier como yo, ofrecimos de nuevo nuestra ayuda, pues intuíamos que Ana, no pararía hasta saber qué fue del hombre a quién tanto amó. Agradecida, como corresponde a un alma generosa, nuestra querida amiga nos sonrió y volvió a invitarnos a café. 
(Amable lectora o lector, ya sabéis que en mi corazón, estáis invitados a tan maravillosa bebida).
La inteligencia deductiva de Javier, jamás dejará de sorprenderme. Mientras tomábamos café, miraba con empatía a nuestra sensible anfitriona y casi adivinando, comentó.
- Witold, habla de Uri y me parece una forma de ocultar el verdadero nombre del pueblo de este cantón, donde él pensaba ir. En caso que sus perseguidores, descubrieran el mensaje, estaría perdido; pero al mismo tiempo, creo que tú, si sabes de qué pueblo de trata, pues Witold, al hablar de Uri, estaba seguro que tú lo adivinarías.
Ana, sorprendida por la brillante deducción de Javier, no puedo menos que sonreír con admiración y tomando la palabra, explicó.
- Es  totalmente cierto, sé el pueblo al que se refiere Witold, Bürglen, ése es su nombre. Ya os dije que era muy aficionado a la literatura. Uno de nuestros pasatiempos favoritos, era leer novelas, alternando la lectura, así leíamos y escuchábamos por turno y Witold podía aprender mejor nuestro idioma. Las novelas históricas del escritor escocés, Walter Scott, le gustaban mucho y su héroe de la niñez, era Guillermo Tell. Según la tradición, este libertador suizo, nació en Bürglen. No tengo la menor duda, él iría primero a este pueblo. 
Soy consciente que han pasado muchos años y que la vida cambia sin cesar y que puede ser cierto que el cambio de las cosas, sea precisamente lo único estable que la vida nos ofrece.
Ana se detuvo un momento, nos miró a todos y de sus ojos brotaba una azulada y cálida ternura que parecía acariciarnos a todos. Un destello de esperanzadora alegría, iluminaba su semblante, como si la ilusión de un nuevo amanecer de románticas sensaciones, la alumbraran.
Mirándonos a Javier y a mí, nos preguntó.
-¿Para las próximas vacaciones de primavera, podréis volver a Algeciras? De ser así me gustaría que me volvierais a visitar, sería todo un honor y un gran placer.
Respondimos que si nos invitaba, haríamos todo lo posible por reunirnos en esas fechas.
LeonorRegina se miraron con cierta preocupación, pues sabían que Ana, había tomado ya una valiente decisión. La joven estudiante, dijo a su abuela.
-¿Qué vas a hacer? Creemos que vas a ir a buscar a Witold y que lo  harás pronto. Quiero acompañarte si decides viajar, pero piensa en las escasas posibilidades que tenemos de encontrarlo, con tan pocos datos. Ni siquiera sabemos si vive aún. No quiero que ni mi madre ni tú, me impidáis viajar contigo.
Apenas había terminado de hablar, cuando Regina se acercó a  su abuela para abrazarla. Leonor dirigiéndose a Javier, preguntó si en caso que Regina viajara también a Suiza, podría examinarse en septiembre de todo lo que tuviera atrasado. Javier respondió que en ese caso, hablaría del tema con el resto de profesores e intentaría conseguir lo mejor para su alumna.
La tarde comenzaba a ceder su tonalidad a la noche, tiñendo el aire de matices cada vez más oscuros. Regina atizó el fuego y echó más leña de alcornoque, el efecto producido al avivar las llamas, hacía que toda la estancia fuese más acogedora. Todos parecíamos absortos en nuestras reflexiones. Tras un breve silencio, Ana resuelta y decidida tomó la palabra.
- Ya sabéis que según los médicos, me queda poco tiempo de vida, por eso quiero emplear el que me quede, en intentar encontrar a Witold. Aunque sólo sea para decirle, que hasta el día de hoy, no he podido leer su mensaje. Llevaré conmigo el tablero de ajedrez y la nota y si está muerto y aún tiene familia, ambas cosas se las daré a sus familiares. En caso que aún viva, se las daré a él y le pediré perdón por no haber descifrado el mensaje. Por otro lado, sé que no habrá forma de impedir que Regina me acompañe y como las dos nos llevamos tan bien, haremos de nuestro viaje, un divertido y continuo aprendizaje de geografía, sociología, lingüística y otras muchas disciplinas del saber; pero sobre todo será para las dos, una fascinante aventura.
Cuando acaben estas vacaciones, partiremos para Bürglen. Prefiero viajar en avión a Zurich, antes que a otra ciudad con aeropuerto de Suiza. Zurich como sabéis muy bien, es una ciudad ajedrecísticamente muy famosa. Desde allí, llegaremos con facilidad al pueblo de Guillermo Tell. Espero que antes de las vacaciones de primavera, estemos de regreso y por supuesto  (dirigiéndose a Javier y a mí), si para esas fechas no nos viésemos; os informaría de todo lo que sucediese. Entre Regina y yo, redactaremos una especie de cuaderno de viaje. Es posible que Regina pierda un curso académico, pero ganará en conocimientos y experiencia, por eso, además de por el cariño que le tengo, quiero que venga conmigo.
Me ofrecí para hacer otro café (todos los lectores, estáis invitados), y sentí que una alegría común y compartida, reinaba en el ambiente. Nos sentíamos muy contentos, pues el mensaje había sido descifrado y porque Ana de pura resolución, parecía muy alegre. Nos sentamos alrededor de la mesa circular. Conversábamos de forma más relajada, disfrutando de la compañía y del buen café, que no por haberlo hecho yo, nos resultó delicioso. Javier comentaba que también le hubiera gustado participar en el  viaje. El erudito filósofo, nos decía que esos parajes de Uri, eran de los pocos del mundo, donde era posible contemplar un arco iris nocturno.
La noche se cerraba cada vez más. Mientras nos despedíamos de tan entrañable familia, Ana nos prometió tenernos informados de todo lo que ocurriese con respecto a Witold. Anotó nuestras direcciones de correos electrónicos y nos volvió a decir que esperaba que nos viésemos, para las vacaciones de primavera. Volvió a  agradecer de todo corazón nuestra ayuda y con la intención de volver a vernos, nos abrazamos todos y nos despedimos.
Subimos al automóvil, Javier parecía muy contento. El día había sido muy intenso en muchos sentidos. Era uno de esos días que agrandan el espíritu y  dan sentido a la vida, algo digno de recordar. El cielo de la noche estaba despejado, la estrella más luminosa que podemos contemplar desde  nuestro planeta, Sirio, con su fulgurante luz, parecía guiñarnos, quizás titilaba en complicidad con nuestra alegría.
Nos reconfortaba pensar que pasara lo que pasara, al menos Ana, viviría el tiempo que le quedase con la conciencia tranquila de haber hecho todo lo posible por encontrar a Witold, y en el peor de los casos, viviría el resto de su vida sin tener más dudas. 
Nos despedimos con un abrazo, y aunque estaríamos comunicados, no nos veríamos hasta pasados unos meses, probablemente durante las vacaciones de Abril del nuevo año, que muy pronto nacería para el calendario. Después de Año Nuevo, mi buen amigo, compañero y maestro (me gusta llamarlo así, parafraseando a J.M. Serrat), partiría hacia Burgos y yo a Sevilla.
El recién nacido año dos mil cuatro, parecía un niño remolón que le costase caminar. Los días pasaban lentos y no transcurría ninguno de ellos, sin que tuviera un recuerdo para Ana. Desde el fondo de mi corazón, le deseaba la mejor de las aventuras que un ser humano pueda tener. Dicen que el tiempo disminuye los recuerdos, pero en este  caso, no era cierto, porque cada día ansiaba más volver a tener noticias de Ana.
Afortunadamente a finales del mes de Marzo, recibí una llamada de Javier, con noticias de ella. Me dijo que intentáramos reunirnos con Ana el día 10 de Abril, durante las vacaciones. También me comentó que mirara mi correo, que nuestra amiga nos saludaba y nos decía que tenía importantes cosas que contarnos, pero que le gustaría hacerlo en directo en Algeciras. Me comentó que la cita, sería directamente en casa de Ana y que podríamos vernos él y yo, en la Plaza Alta sobre las nueve y media de la mañana, igual que la vez anterior. Con rapidez nos pusimos de acuerdo, pocas cosas deseaba tanto como volver a ver a nuestra algecireña amiga.
Llegó el día del emotivo encuentro. Aquel sábado por la mañana, el sol se enredaba con las nubes y como una inmensa luciérnaga entre gigantescos algodones, se desesperaba por regalarnos su luz. Como de costumbre, tomé café mientras intentaba una vez más, adivinar cómo habría sido el viaje de Ana. Llegué al centro de la plaza, miré la fuente que las ranas proyectaban desde  sus labradas bocas, rodeé la metálica valla y al mirar el reloj de la torre, la presencia de Javier me impidió ver la hora, de todas formas, por su eterna puntualidad, ya sabía  que eran las nueve y media.
Siempre que recuerdo a Javier, creo que su amistad, ha sido uno de los regalos más sublimes que la vida me ha ofrecido. Con la celeridad que produce compartir el dulce acontecimiento de reunirnos con Ana, Leonor y Regina, nos pusimos en marcha lo antes posible. Durante el trayecto, Javier me decía que en su opinión, el viaje de Ana y Regina, había sido acertado en todos los aspectos y que tanto en la conversación que mantuvo con nuestra septuagenaria amiga, como en el mensaje por correo electrónico que ésta nos había enviado, percibía una alegría contenida y desbordante. No hace falta decir, que la percepción de Javier a todos los niveles, es muy superior a la mía. Sencillamente cuando yo no puedo ver más, el sigue viendo con toda claridad.
Llegamos a casa de nuestra anfitriona, a la hora convenida. Las tres mujeres sonrientes nos esperaban. Los sinceros y cariñosos saludos, nos hacían presagiar que la reunión sería muy gratificante. Entramos al salón de la casa, un maravilloso olor a café, aumentaba el deseo de tomarlo en tan agradable compañía. Nos sentamos alrededor de la mesa circular. Regina nos mostraba orgullosa las numerosas fotos que hizo con su abuela durante el viaje. Comentó a Javier que en todo ese tiempo, jamás había descuidado los temas de sus estudios. Javier no dudaba en lo que su alumna le decía y le dijo que todos los profesores, habían comprendido su situación y que a su regreso al instituto, les harían los exámenes correspondientes y todo se normalizaría sin más importancia.
Luego se produjo un breve silencio, miramos hacia Ana, esperando que ésta, comenzara a relatar su interesante viaje. Cuando la anfitriona comenzó a hablar, todos callamos, la extrema atención que pusimos en ella, nos impedía articular palabra alguna.

Bürglen
- Antes de comenzar quiero daros las gracias por vuestra compañía y deseo deciros también, que cada vez que estéis en nuestra amada Algeciras, vengáis a verme incluso sin avisarme, porque desde ahora os digo que siempre os recibiré con enorme placer.
Llegamos en avión a Zurich y tras unas horas de autobús, nos encontramos ya de noche en Bürglen. Tuvimos suerte de encontrar una habitación doble en el  comodísimo hotel llamado Guillermo Tell, un nombre que nos pareció muy apropiado. Ya antes de viajar, Regina y yo, practicamos el idioma más asequible para nosotras, de los cuatro que se hablan en Suiza, el francés. También decidimos, no iniciar ninguna investigación hasta que no pasaran dos o tres días, necesitaba acomodar mis pulmones al cambio climático, me costaba respirar entre otras razones por la emoción que me embargaba. Queríamos descansar, disfrutar y cargarnos de energía; así nos aclimataríamos mejor y sentiríamos con más plenitud las percepciones que ese lugar desconocido, nos pudiera transmitir. Aunque parezca una paradoja, esos  días de espera, nos ayudó y aceleró nuestras  investigaciones.
Durante esos primeros días, conocimos a  una pareja de jubilados holandeses, Julia y Max,  que conocían muchas ciudades españolas, incluso habían estado en Algeciras, rumbo a África. Fueron muy amables con nosotras, jamás olvidaré la noche que nos invitaron a un paseo en barca por un hermoso lago cercano a Bürglen. Salimos  con idea de admirar un arco iris nocturno, y ese  fenómeno de extraña belleza, que sólo es posible contemplar en muy pocos lugares del mundo, ¡tuvimos la suerte de poder verlo! Aunque son de una intensidad menor que los que se producen durante el día, la rareza del mismo, les confieren una belleza más sutil.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Julia y Max, nos obsequiaron con dos magníficos ejemplares de edelweiss, la flor típica de Suiza; cuya belleza y fortaleza, han originado misteriosas leyendas por  todo el país. También se ofrecieron para acompañarnos a la comisaría de policía más cercana, con objeto de preguntar por Witold.
Confiábamos que Witold, no  hubiera cambiado de nombre, pues entre los exiliados era una práctica muy normal. Al preguntar por Witold Smolarek, la policía obtuvo datos precisos del ordenador central y para mi felicidad, nos informó que el domicilio de la familia Smolarek, se encontraba en las afueras. Rogamos nos dieran la dirección, una vez obtenida tan importante información, Max, se ofreció gentilmente para llevarnos en su automóvil.
Ana nos miró un momento y viendo nuestras triunfantes sonrisas, puso sus manos en su boca, y como una graciosa niña, nos lanzaba besos. Nos advirtió, que si bien hasta este momento, todo eran alegrías, luego no resultó tan sencillo. Continuó narrándonos su aventura, Regina  siempre a su lado, parecía su ángel custodio.
- Llegamos ante la casa donde supuestamente, residía la familia Smolarek. Bajamos  del coche, tímidamente avanzamos hacia la puerta y de repente; mi corazón dio un vuelco, un hombre de unos ochenta años de edad, de ojos verdes como los de Witold, avanzó hacia nosotros. Cuando estuvimos más cerca de él, pude comprobar el enorme parecido que este hombre, tenía con él. Le saludé en español, era la única forma que dado mi nerviosismo, podía hablar; y para nuestra sorpresa, nos saludó también en el mismo idioma.
- Buenos días, soy Sergio Smolarek, ¿en qué puedo ayudaros?
Aún no sé bien la razón, pero las palabras de este amable señor, me produjeron mucha calma. Recuerdo que justo en ese momento, comenzó a llover suavemente, casi no sentíamos las delicadas y finas gotas de agua que caían. Sergio Smolarek, nos invitó a pasar a su acogedora casa, construida exclusivamente con piedras y maderas. Una vez dentro, le expliqué la razón de mi visita.
- Soy Ana Fernández, estos señores son Julia y Max, unos amigos que acabamos de conocer; y ésta es mi sobrina nieta, Regina. Hemos venido  desde el sur de España y… en este preciso instante, Sergio, educadamente, me interrumpió.
- ¿Vienen ustedes desde Algeciras, verdad?
Sergio avanzó hacia mí, me cogió una mano y me la besó emocionado. Luego me miró con mucha ternura y me dijo que me había besado en nombre de su hermano, Witold Smolarek. Totalmente conmovido, nos pidió por favor que le oyésemos un momento.
- Los perseguidores de nuestra familia, descubrieron a Witold en Algeciras y tuvo (como ya sabréis), que salir apresuradamente de España y vino  a Bürglen, buscando refugio. Se reunió aquí conmigo y con Claudia, mi fallecida esposa. A los dos años de trabajar conmigo en la construcción de casas de madera, una viga cayó sobre su cabeza y el  golpe le dejó inconsciente, cuando se recuperó, había perdido totalmente la memoria, era como si  tuviera que aprenderlo todo desde el principio. Por esta razón, durante muchísimos años, dudé si debería ir a Algeciras a visitarla a usted, para contarle lo que había pasado con Witold. Si mi decisión no fue acertada, le ruego me perdone.
Para aliviar la angustia de Sergio, decidí  interrumpirle con delicadeza.
- Por favor Sergio, no me trates de usted. Me hubiera gustado mucho que hubieras venido a Algeciras, pero en nuestras dudas, muchas veces las personas nos perdemos y no sabemos qué hacer y no te lo digo como un reproche. Demuestras querer mucho a tu hermano; tus lágrimas, hablan por ti, con el idioma del corazón. No importa ahora si hiciste bien o mal, por favor sigue hablándome de Witold.
- Con los años, mi querido hermano, se recuperó y volvió a tener su característica habilidad e inteligencia para la construcción. Era como un hombre que seguía siendo muy buena persona, pero que no recordaba ni siquiera que yo era su hermano. Poco a poco fuimos superando todas las dificultades provocadas por la amnesia. Lo importante para mí, era que mi hermano estaba bien de salud.
Sergio reflexionó un momento antes de continuar. La sala donde estábamos, era muy amplia, caldeada por una hermosa chimenea y en el centro de la estancia, sobre una hermosa mesa de cerezo, un precioso tablero de ajedrez, parecía presidir esta improvisada reunión.
 Frente a nosotros, como bajando por una elegante escalera de anchos y gruesos peldaños de roble, descendían unos extraños y repetidos golpes que parecían una suerte de complejo código Morse. Cada  vez estaba más inquieta y más nerviosa, como si adivinara de dónde procedían esos misteriosos sonidos. Por fin Sergio, me lo aclaró todo.
- Esos ruidos dados con un caballito de ajedrez de madera, proceden de la habitación donde se halla Witold. El mismo los produce cuando alguna circunstancia parece inquietarle, se encuentra en un  inexplicable estado de coma. La mala suerte parece cebarse en él. Hace  dos semanas, tuvo otro accidente, esta vez de tráfico, mientras regresaba a casa, un conductor que estaba borracho,  golpeó su coche por detrás y Witold casi se desnuca. Físicamente parece que su organismo responde bien, pero no recupera la conciencia y está así desde hace quince días. Hemos trasladado desde el hospital todos los requisitos médicos que necesita, para que al menos esté en casa. Una enfermera viene a revisarlo todo una vez cada dos días.
Ana volvió a mirar primero a Javier, que atento a todo lo que ella narraba, le sonreía, luego me miró a mí, regalándome una sonrisa que fue correspondida. A ambos lados, nuestra querida anfitriona estaba flanqueada por Leonor y por Regina. Antes de continuar, me hizo una pregunta que para mí es mágica; ¿quieres otro café? Naturalmente acepté encantado.
(Ya sabéis que todos los que sigáis leyendo, estáis invitados a café desde el fondo de mi corazón).

Poleo
Ana continuó su relato, su voz cada vez reflejaba más y más emoción.
- Rogué a Sergio que me dejara subir a la habitación de Witold. Pude ver en sus ojos, que me suplicaba que viese a su hermano y que le hablara con naturalidad, como si estuviera despierto, pues eso  era lo  que los médicos le habían aconsejado a él. Subí la escalera acompañada por Sergio y por Regina. Julia y Max, decidieron esperar en el salón.
La emoción me dominaba, al subir cada escalón, las rodillas me temblaban ¡después de tantos años, volvería a verlo! Entramos en la habitación y contemplé el dormido cuerpo de Witold, su rostro parecía apacible, como si de un tranquilo sueño se tratara. No pude contenerme y las formalidades, pronto se desvanecieron. Me arrodillé llorando a sus pies, apoyé mi cabeza en su pecho y le abracé con todas las fuerzas que aún me quedaban. Pude oír cómo Sergio le decía a Regina que era mejor que me dejaran sola. Cuando pude contener mi llanto, acerqué una silla a su cama, pude quitarle el ajedrecístico caballo de madera, le así las manos con las mías y le hablé como cuando éramos novios. Decidí regresar al salón para recoger el tablero y la nota de Witold. Sergio nos rogó a Regina y a mí que nos quedáramos en su casa todo el tiempo que necesitáramos; yo le respondí que nada me haría más feliz que estar junto a Witold todo el tiempo posible, y que Regina regresaría antes de dos meses, yo la acompañaría y luego regresaría sola.
Siempre que podía, estaba al lado de Witold. Sergio, Julia, Max y Regina, congeniaron muy bien y visitaban muchos sitios interesantes. Cada día que pasaba, Regina dominaba mejor el francés y también comenzaba a hablar holandés. 
Comprenderéis que una mezcla de dolor y placer de forma indisoluble, acompañaba siempre a mis sentimientos; por fin estaba con Witold, pero por nada del mundo deseaba que fuese en estado de coma. 
Max y Julia nos acompañaron al hotel para recoger nuestro equipaje. Además del tablero y del mensaje, llevé conmigo (no me preguntéis la razón, porque ni yo misma la sé), bastante poleo seco para hacer infusiones. Witold tenía costumbre como ya os dije, de tomar poleo, porque para él, era algo mágico. De esta forma además de hablar con él, hacía infusiones y dejaba que su olor se esparciera por toda la habitación.  A los pocos días de estar en su casa, comencé a empapar una gasa aséptica en la infusión de poleo y suavemente mojaba sus labios con ella, intentando que tomara algo de su bebida favorita. Intuitivamente sabía que aparte de acariciarle y hablarle con naturalidad, debía hacer algo que le pudiera llegar al inconsciente. A los dos días de comenzar esta práctica, una mañana, quedé petrificada, al mirar a Witold observé que abrió los ojos y  me miró, tuve la sensación que me había sonreído, pero volvió a sumirse en su profundo sueño. Me desesperé, nunca en mi vida había sentido la felicidad de forma tan efímera, mi alegría duró lo mismo que el parpadeo de unos claros ojos. Pero esa experiencia me dio nuevas  esperanzas. Cuando le conté lo ocurrido a Helena, la enfermera, me dijo que insistiese, que Witold era muy fuerte, y a veces hay personas que vuelven a la normalidad después de pasar mucho tiempo en estado de coma.
Algunos días después, tras preparar una infusión, estaba tan absorta pensando en los felices días que pasamos juntos en Algeciras, que llené dos tazas de poleo y puse una de ellas cerca de Witold, como si fuera a tomárselo. Bajé para atizar el fuego de la chimenea y echar más leña, el frío de aquella mañana era muy intenso. Subí los peldaños y tuve la impresión de oír un murmullo, algo parecido a un lamento, una voz ahogada. Al llegar a la cama, ya no escuché nada, Witold seguía con su eterna inmovilidad. Descorazonada me senté en la silla, cogí como de costumbre sus manos entre las  mías y como si me oyera, le hablaba de cuando nos conocimos en Getares. El cansancio me iba adormeciendo, quedé dormida y en mis sueños, Witold despertaba y  junto a mí, tomaba su taza de poleo, pletórico de felicidad. Desperté miré a la cama y no estaba él. Aterrada salí de la habitación para comprobar si mientras yo dormía, Sergio y la enfermera, habrían trasladado a Witold al hospital. Pude ver a Sergio echando leña a la chimenea, alarmada le pregunté dónde estaba Witold y al volverse hacia mí… la más cariñosa de todas las voces me respondió.
- ¡¡¡ Estoy aquí amor mío, soy Witold!!! , he bajado a calentar la casa.
Corrí  hacia  él, creí de una  vez  por  todas,  en  los  milagros  de  la  vida y abrazados estuvimos hasta que llegaron, Sergio, Regina, Julia y Max; que en jubiloso y múltiple acto de felicidad, se abrazaron a nosotros. La casa se transformó  en  una  mágica  fiesta, y pasamos más de un mes muy  felices hasta regresar a Algeciras.
 Ahora soy la mujer más feliz del mundo. Por cierto, si el poleo es mágico para Witold, éste lo es para mí, pues las últimas revisiones médicas, me confirman que el cáncer de pulmón que me habían diagnosticado ¡ha desaparecido! 
Hoy organizaremos una fiesta y bailaremos polcas, en honor a Witold.
Ana acabó de hablar y Javier y yo, no salíamos de nuestro asombro. La alegría y la perplejidad nos desbordaban. Sin saber qué decir miramos a nuestra fascinante anfitriona, ésta se levantó de su asiento y nos pidió que la acompañáramos. Salió del salón y se dirigió al lugar, donde tantos años atrás, Witold, dejó el tablero con su mensaje. Al llegar cerca de la ventana, pudimos ver que un hombre alto, de ojos claros, con cálida sonrisa y de una edad similar a la de Ana, avanzaba con los brazos abiertos hacia nosotros, se trataba de Witold, ¡era Witold! Nos abrazamos como niños que compartieran una sensacional y triunfante aventura. Todo era felicidad, incluso  los geranios, que ahora estaban en flor, parecían sonreír.
FIN
 
Me gustaría comentar que el nombre de Witold, lo elegí  en honor al gran escritor polaco, Witold Gombrowicz y el de su hermano Sergio, por el también imaginativo escritor polaco, Sergio Piasecki. Los demás nombres, también tienen  sentido para mí, pero como siempre os digo, sólo son producto de mis tonterías.
 

 

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