Tres Culturas y un Misterio

Dedicado a mi prima Beli, la filóloga y poetisa universal y del Cerro Gordo (Algeciras), artífice de importantes cambios en mi vida, porque no siempre estoy de acuerdo con ella, pero siempre la comprendo y sobre todo por la memorable sangre que nos une. Gracias prima por tantas vivencias.
 
“Tenemos bastante religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos.” (Jonathan Swift)
“El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir” (Albert Einstein)
“Yo creo en Dios, sólo que lo llamo naturaleza” (Frank Lloyd Wright).
“Si tantos practicantes de tantas religiones, creen que Dios lo es todo y está en todo lo que existe; ¿por qué casi todos los creyentes de casi todas las religiones, piensan que su forma de llegar a Él, es la única posible?”
“¿Sabe alguien por qué nos matamos en nombre de quien prohíbe matar?”
(Las dos últimas frases, las leeremos como si no tuvieran autor, así ni siquiera tendremos que disculparlo)
 
Desde Alicante, quizás empujada por el viento de levante o porque solicitaron su colaboración cultural; Beli regresó para pasar un veraniego mes en la ciudad que la vio nacer. Al día siguiente de su llegada, quiso visitar los parajes por los cuales se desarrollarían todas las actividades culturales.
La decidida filóloga y poetisa, dejó tras de sí al antiguo y entrañable Molino del Águila. Caminando con cautela sobre las resbaladizas piedras, cruzó uno de los pequeños arroyuelos tan comunes en esta parte del singular Valle del Cobre. Comprobó lo que   hacía tiempo, yo le había revelado. Sobre una lisa y escondida roca que semejaba una amplia losa, podía leerse (quizás grabada con martillo y cincel), la siguiente inscripción: “AQUÍ DEBAJO HAY UN TESORO”
Caminaba con premura por la zona cercana al nacimiento del río de la Miel, así llamado porque en otro tiempo eran muy abundantes las colmenas de abejas en ambas orillas a lo largo de todo su curso. Como estudiosa de las lenguas semíticas, sabía que los antiguos árabes cantaban a esta belleza fluvial, como inspirados por la magia de su caudal. Así lo demuestra el siguiente poema de Ben Abi Ruh, escrito en Algeciras en el siglo XII y titulado: El Río de la Miel
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Río de la Miel
 
“Detente junto al río de la Miel, párate y pregunta por una noche que pasé allí hasta el alba, a despecho de los censores, bebiendo el delicioso vino de la boca o cortando la rosa del pudor.
Nos abrazamos como se abrazan los ramos encima del arroyo.
Había copas de vino fresco y nos servía de copero el aquilón.
Las flores, sin fuego ni pebetero, nos brindaban el aroma del áloe.
Los reflejos de las candelas eran como puntas de lanzas sobre loriga del río.
Así pasamos la noche hasta que nos hizo separarnos el frío de las joyas.
Y nada excitó mi melancolía más que el canto del ruiseñor”.
Meditando sobres estos versos, la poetisa recordó que hubo un tiempo, hacia el siglo XI de nuestra era, que en Andalucía convivían armónicamente tres culturas distintas: la musulmana, la hebrea y la cristiana. Cada religioso tenía a su dios en su casa y la paz reinaba en la de todos. La sensible profesora pensaba que jamás debió romperse esa armonía.
Mientras meditaba acerca del poema de Ben Abi Ruh, Beli recordó que la esperaban en el llano llamado Los Tres Pinos. Allí tendría lugar una reunión de monitores y animadores socio- culturales, y aún distaba un buen trecho para llegar al lugar convenido.
El frescor de los frondosos helechos, acariciaban sus rápidos pies. Al pasar por la mítica fuente de Las Minillas, dejó correr el agua por sus brazos, refrescó su rostro y bebió copiosamente, como si bebiera la sagrada y líquida forma de la vida. Avanzó hacia el Molino de Escalona cruzando el pintoresco puente que con su romano arco parecía abrazar con pétreo mimo a las dos orillas del río. Contenta y maravillada ante tan hermosa arquitectura rural, se detuvo la poetisa, giró sobre sí misma mirando la naturaleza, quizás buscando nuevos poemas que una acariciadora brisa, suspendiera en el aire a modo de mariposas en cuyas alas estuviesen escritos los más bellos versos. La alegría que llenaba a la políglota en el puente, ponía de manifiesto que ésta no padecía precisamente de gefirofobia. Llenando sus pulmones con el saludable aire de la sierra, decidió continuar con celeridad el camino hasta Los Tres Pinos, para asistir a la reunión.
No le agradó que recayese sobre ella la dirección del proyecto cultural que comenzaría al día siguiente, la persona encargada de dirigirlo, se encontraba enferma y hubo que elegir alguien que la sustituyera.
La nueva directora del veraniego campamento; no supo oponerse a la decisión de sus compañeros y colaboradores. Dado que el campamento era de actividades culturales y sobre todo que se realizaría en su ciudad natal; al final la versátil algecireña para alegría de todos, aceptó coordinar toda la programación. Esta decisión fue un verdadero acierto, pues aunque no le gusta figurar en ningún cargo, su capacidad organizativa era toda una garantía de buen hacer. Además de velar por la buena marcha del campamento que tendría lugar en el parque natural “Los Alcornocales” en plena sierra de La Luna, la erudita Beli impartiría un breve y ameno curso de árabe que duraría todo el mes de Agosto. La reunión se realizó mientras desayunaban los asistentes a la misma.
(Aprovecho para invitar a café a todos los que seguís leyendo).
Entre otras actividades relacionadas con la ecología, la cultura y la tolerancia social, se impartiría también el curso de árabe de Beli. El curso de ajedrez, se desarrollaría al aire libre al atardecer aprovechando las frescas brisas de la sierra; para mayor disfrute de las hermosas vistas de la bahía de Algeciras. El contenido del curso sería seleccionado y dirigido entre mi buen amigo Esdras y yo, y por supuesto la metodología a seguir no sería otra que la participativa.
El primer día de campamento, lo comenzamos todos los monitores con optimismo y alegría. Desayunamos frutas, zumos, pan y café.
(Vuelvo a invitar a quien siga leyendo, espero que le guste el café).
Esdras que se encontraba con su amada Adriana, miraba casi hipnotizado hacia el mítico Pico del Fraile, monte en el que nace el Río de la Miel y lugar de enorme fuerza telúrica. Mi amigo con toda seguridad, recordaba con cierta nostalgia que en su juventud, llegaba corriendo hasta los pies de esta enorme roca; cuando se entrenaba para la prueba de maratón de las Olimpiadas de Montreal de mil novecientos setenta y seis.
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Peñón del Fraile
 
Beli acompañada de Josevi, su compañero y su preciosa hija Aitana, también miraba al mismo lugar; en realidad todos mirábamos hacia el mismo sitio; y como dicen que el movimiento se demuestra andando; decidimos organizar una caminata con todos los que gustasen del paseo hasta la rocosa cima. Como la noche anterior, Esdras y yo, habíamos preparado la sesión de ajedrez y Beli hizo lo propio con la suya de árabe; teníamos toda la mañana para pasear por la sierra. Cuando llegamos al Pico del Fraile, Esdras, que durante todo el trayecto había estado muy hablador, pareció enmudecer. Los recuerdos de otros tiempos parecía levantarse del suelo que pisaban sus pies tomando volumen y dando cuerpo a la añoranza. Para él , correr sin parar, desde la ciudad hasta el techo de la algecireña sierra; era lo mismo que si pudiera rodear el mundo corriendo sin parar. Sigo pensando que quizás hubiera ganado el maratón de aquella lejana Olimpiada. Cuando llegamos a la cima, sentimos algo de frío a pesar del calor del estío. Contemplamos absortos el fabuloso enclave de la bahía de Algeciras, el azul y salado cinturón líquido que nos separa de África y por supuesto el maravilloso mar de alcornoques que con sus perennes hojas, abrigan las laderas de los cercanos y verdosos montes que componen la sierra. Más abajo en el horizonte, divisamos el solidario acueducto que se construyó en Algeciras hacia el siglo XVIII para asegurar el agua potable en caso que la ciudad fuese sitiada. Los algecireños no queríamos que nuestra ciudad fuese robada y arrancada del territorio nacional de forma tan vergonzosa como el caso de Gibraltar.
Cuando descendíamos, notábamos que el aire puro, nos llenaba de fuerza vital. Al llegar al rústico albergue, nos dirigimos decididos a comer, tanto caminar nos abrió el apetito. Mientras devorábamos la comida, recordé el antiguo refrán que dice: “poca cama, poco plato y mucho zapato”; y no sabía hasta qué punto este dicho es cierto, quizás haga referencia a que es saludable gastar en ejercicio físico las calorías que consumíamos. Cuando comenté esta reflexión, Beli aguda y veloz como un rayo me advirtió que si comía mucho y no gastaba nada de zapato; seguramente al acostarme rompería la cama. Ante estas ocurrencias de mi prima, ¿qué otra cosa queda que no sea reír, se podía hacer? Nos despedimos hasta la tarde, para la inauguración de las jornadas culturales.
Adriana, Esdras y yo, habíamos quedado una media hora antes de la inauguración en la cafetería para ultimar algunos detalles. Cuando Esdras me vio llegar, dijo con toda amabilidad que conmigo la famosa cita sobre la puntualidad de Oscar Wilde, no tenía sentido, pues el genial y controvertido escritor irlandés, opinaba que la puntualidad era la menos necesaria de las virtudes, pues nadie estaba presente para comprobarla.
Tomamos café (aprovecho para invitaros de nuevo), cambiamos impresiones y nos dispusimos para ir a la improvisada sala de ajedrez que se preparó al aire libre bajo unos blancos toldos que refrescaban el ambiente. Frente a las filas de sillas con tablas abatibles para escribir, dispusieron un enorme y vistoso tablero mural con piezas imantadas, en el cual como es lógico, se explicarían las posiciones de ajedrez. Adriana nos dijo que le pareció muy curioso que las sillas sumasen un total de sesenta y cuatro y que estaban dispuestas como si cada una, fuese una casilla del tablero; es decir, ocho filas por ocho columnas de sillas.
Después de un rato de observar la diáfana sala de ajedrez, comenzamos a preocuparnos. Todo estaba sumido en un vespertino silencio. El techo de lona ondulaba vibrante acariciado por la brisa, como queriendo imitar el vuelo de una aventurera alfombra mágica que quisiera volar para contemplar el Estrecho de Gibraltar. Sólo el leve zumbido de los toldos perturbaba la preocupante calma que invadía la sala de ajedrez. Ante nuestras perplejas miradas no aparecía ningún alumno.
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Bahía de Algeciras
 
Dadas las circunstancias, le dije a Esdras que podríamos esperar que anocheciera para enseñar a jugar a los búhos del colindante bosque, pues es del saber popular, que por la forma con que miran estas nocturnas rapaces, parece que prestan mucha atención. Pensábamos que quizás hubo un error en la programación referente a la hora de inicio del ajedrecístico evento, porque nos constaba que las clases de ajedrez al aire libre, tuvieron una gran aceptación. Decidimos hablar con la coordinadora de actividades para que nos dijera si sabía lo que estaba ocurriendo. Marchábamos hacia recepción para preguntar por Beli, cuando de pronto quedamos extrañamente sorprendidos. Una especie de escaqueada y enorme sábana con cuadros rojos y blancos, avanzaba hacia nosotros. De inmediato supimos que se trataba de un ingenioso tablero de ajedrez; pero, ¿dónde estaban las piezas? Sorprendentemente comenzaron a salir debajo de la sábana ¡eran los participantes! Disfrazados de `piezas blancas y negras, nos saludaban, dispuestos a comenzar una partida viviente del mismo modo que se hace en muchas ciudades del mundo. Esdras me comentaba que por cuestiones de romanticismo, le gustaría ver la partida viviente que cada dos años se celebra en la italiana ciudad de Marostica.
¡Qué sorpresa! Sin previo aviso, la filóloga del Cerro Gordo, organizó este gratísimo acto de apertura. Beli conspiró con la monitora de actividades interculturales y con el monitor del taller de manualidades y creatividad y armó la batalla campal (nunca mejor dicho), que ahora teníamos que resolver entre Esdras y yo. Después de tanta tarea organizativa, no quedaba más remedio que seguir adelante con la improvisada y acertada presentación del curso de ajedrez.
Como monitores, estábamos encantados del inmejorable ambiente que se respiraba y cada uno conduciríamos un equipo de piezas. Echamos una moneda al aire para sortear los colores, Esdras llevaría las blancas, pero el resultado era lo de menos. Además en casi todas las partidas vivientes, lo habitual es que los contendientes reproduzcan para el público una partida memorable, para que todos aprendan y disfruten del arte del ajedrez, y como es natural, eso hicimos mi sabio amigo y yo.
El remendado y cosido tablero fue desplegado sobre la hierba. Los disfrazados participantes se colocaron cada uno en las casillas que correspondían a la pieza que representaban. De la cafetería trajeron dos altos taburetes para que sentados sobre ellos, divisáramos mejor el tablero, como si de un partido de tenis se tratara. Dada mi escasa estatura, solicité que me trajeran una escalera de los camiones de bomberos. La partida que elegimos para reproducir, finalizó en tablas tras un dramático y espectacular jaque continuo. Al concluir la partida todos nos sentíamos actores de un maravilloso teatro llamado ajedrez.
La primera sesión, estaba a punto de concluir, cuando tres participantes que también asistían a las actividades interculturales, dijeron a Esdras que por favor se acercara al magnético tablero mural. Esdras se encontraba junto a este trío de participantes, cuando cada uno de ellos se presentó. El hebreo, Elias Rubinstein, el musulmán, Ismael Abenámar y el cristiano Isidoro Blázquez, le entregaron una preciosa medalla de oro, con la siguiente inscripción: “Para Esdras, honorífico campeón olímpico de la prueba de maratón de las Olimpiadas de Montreal”.
Emocionado, nuestro campeón dio las gracias a todos. Expresó en su nombre y en el mío, nuestro común deseo de que el curso fuese ameno y didáctico para todos.
Nos despedimos de los participantes hasta la tarde del día siguiente. Por fin el campamento multicultural había comenzado, y lo hizo de una emotiva y participativa forma.
Lo que tampoco sabíamos Esdras y yo, es que al segundo día de curso, comenzaría un misterio que parecía muy difícil de resolver. Debajo del escritorio abatible de una de las sillas, apareció una nota con una serie de datos. Como el contenido de dicha nota, de alguna manera afectaba a todos los participantes, todos estarían muy ocupados en resolverlo. Pero como ya hemos dicho, todo eso ocurriría al día siguiente.
Compartir la docencia de nuestro milenario y apasionante juego con Esdras era muy gratificante. Mi paisano transmitía su devoción por el ajedrez con tal intensidad, que nos imbuía a todos de un solemne respeto por aprender y de una creciente animación por jugar.
Esdras y yo habíamos preparado una partida en la que cada uno comentaba en voz alta lo que estaba pensando y resultaba curioso que casi por "comprensión osmótica", todos los participantes, hacían eso mismo, participar con nosotros comentando las posibilidades de la partida.
Había comenzado el segundo día de las actividades de ajedrez. La tarde era muy agradable. Una suave brisa bajaba de las estilizadas y rocosas cumbres.
Mi insigne paisano, explicaba con su característica devoción , cuando repentinamente, disfrazadas de damas de ajedrez, Beli, Adriana, y la joven Aitana, acompañadas por Josevi que llegaba con atuendo de rey, aparecieron de repente como mágicas y espontáneas piezas humanas. Ante tan inesperada sorpresa, mi amigo y yo, decidimos detener nuestros comentarios cediendo la palabra al improvisado e inesperado séquito. Esdras no podía evitar la risa (esa risa que es tan necesaria para el ser humano) y contemplaba con admiración a su querida y mimética compañera, a la que saludó con una simpática reverencia.
La más joven de las tres damas, Aitana, con dulce y firme voz, comunicó a todos los participantes:
- Deseamos que lo paséis muy bien y que aprendáis mucho ajedrez con Esdras y Rafael. Queremos comunicaros que estéis atentos al número de vuestras sillas. Cada tarde aparecerá una nota que podéis cambiar en recepción, por lo que en ella aparezca escrito. Os agradeceríamos que miraseis bajo vuestros escritorios abatibles.
Cuando la pequeña reina calló, todos miraron bajo el escritorio y una joven llamada Berta, desde la tercera fila del fondo dijo:
-Aquí hay una nota que dice: has conseguido un peón blanco tallado en madera de fresno.
La "corte real" constituida por Beli, Adriana, Aitana y Josevi, invitaron a la afortunada Berta a canjear su nota por la pieza. La ganadora con cierta emoción dijo:
- Creo que lo normal es que ya no aparezcan más notas en un mismo sitio, ¿podríamos cambiar de asiento siempre que queramos?
Josevi respondió:
- Puede suceder que en una misma silla aparezcan más notas durante estos días. Por supuesto que podéis cambiaros cuantas veces queráis.
La sonriente Adriana, aclaró:
-Lo que no vale es que varios de vosotros os sentéis en una misma silla y tampoco que uno de vosotros os sentéis en varias a la vez.
Mi amigo Esdras reía con las ocurrencias de su compañera.
Beli comentó:
-Hemos preparado un juego que nosotros llamamos "El enigma de las sesenta y cuatro sillas". Si el misterio, ya sea de forma individual o colectiva, queda resuelto; regalaremos un juego completo de ajedrez tallado al descubridor o descubridores ¡Os deseamos mucha suerte!
La filóloga informó también que en lo sucesivo las sillas estarían numeradas del uno al sesenta y cuatro y que todas las tardes alguien de la organización anunciaría el número del asiento en el que aparecería la nota a canjear por el trebejo.
Los tres amigos, Elías, Ismael e Isidoro se miraron con complicidad, como si estuvieran pensando lo mismo, y no era otra cosa que en resolver el misterio entre los tres. El enigma estaría resuelto en el caso en que ellos comunicaran con antelación a los organizadores, el número de la silla que esa tarde sería premiada y en consecuencia los números de las sillas que serían premiadas en las sucesivas tardes.
Apenas terminada la vespertina sesión de ajedrez, los tres amigos, se acercaron a Esdras preguntándole si podrían hablar con él. Amablemente mi paisano les comentó que siempre que quisieran preguntarle algo o simplemente hablar con él, podrían hacerlo sin que le pidieran permiso. Cuando Elías tomó la palabra, lo hizo con mucho tacto y habilidad y como no queriendo molestar, preguntó a Esdras si sus preferencias ajedrecísticas, en particular sus jugadores favoritos, tendrían algo que ver con el orden de las sillas que iban a ser premiadas.
A su vez, Esdras que siempre que hablaba de ajedrez se emocionaba, preguntó al trío:
- ¿Imagináis que el conjunto de los asientos, son un tablero de ajedrez, en el que se va a desarrollar una partida?
Los curiosos amigos asintieron. Esdras les dijo que él pensaba lo mismo, pero que si se desarrollara una partida, él nada tendría que ver con la misma. El algecireño comentó que del misterio sabía lo mismo que ellos, prácticamente nada. Sonriendo preguntó a Elías.
-¿Si yo por ejemplo dijera algunos nombres de los ajedrecistas que me gustan, vosotros trataríais de buscar partidas de ellos, para intentar por la continuación de las jugadas adivinar la secuencia de las mismas?
Ismael, sonriendo dijo:
-¡Qué "profe" más listo eres! Pero no nos ayudas mucho.
Esdras con total asertividad, les comentaba que tampoco podría decir nada verdaderamente relevante. Por otro lado si él formara parte de la organización sobre el enigma de las sesenta y cuatro sillas, no podría darle ventaja a nadie respondiendo a preguntas sobre dicho tema.
Isidoro comentaba que si estaban en un contexto ajedrecístico, el problema sería dar con el orden exacto de las jugadas de una partida en concreto.
-Pues entonces tendréis que tener paciencia y esperar unos días, quizás una semana, dijo Esdras.
-¿Por qué?, preguntó Elías
Porque hasta ahora sólo hay una jugada de las blancas y como sabéis, muchas partidas comienzan con la misma apertura. Habrá que esperar por lo tanto hasta ver dónde la supuesta partida difiere de las demás.
La conversación me pareció interesante, y yo que estaba cerca tomando un café (aprovecho para invitar a quien siga leyendo), decidí unirme a ella, preguntando.
-¿Sabéis cuál ha sido la primera jugada de las blancas?
Isidoro contestó.
- Si damos por sentado y de forma definitiva que se va a reproducir una partida de ajedrez, no hay duda que la primera jugada de las blancas, ha sido mover el peón de la casilla b2 a la de b3. La silla donde estaba sentada Berta correspondería sin duda a la casilla b3, por tanto la apertura elegida es la Larsen.
Elías opinó.
- Pues hemos tenido suerte, porque con esa apertura, hay menos partidas a investigar que si se hubiera avanzado un peón a la casilla e4 o d4 por ejemplo.
Un señor que de repente, casi sin ser visto, se acercó a nosotros, comentó.
-¡Cómo cambian los tiempos! Hubo una época en la que en lugar de decir apertura Larsen, hubiéramos dicho apertura Pequeño Orangután.
Esdras se volvió y mirando hacia atrás, exclamó con alegría.
- ¡¡ Andrés!!
El erudito profesor de ajedrez, nos presentó a su suegro, que quiso darle una sorpresa visitándole.
Ismael de forma sutil, preguntó a Andrés.
- Parece que usted sabe bastante de ajedrez y como intuyo que su yerno, divagará en la respuesta, quiero preguntarle algo. ¿Si yo jugara la apertura Pequeño Orangután, como usted la llama, qué me contestaría?
Andrés sonriendo contesto.
- No creo que Esdras sea un divagador (risas), lo que no quiere, por su forma metódica de proceder es confundiros; pero yo, que soy menos analítico en mi forma de comprender el ajedrez, colocaría sin dudar para las negras un peón en la casilla central de e5. De hecho es una de las jugadas más usuales.
Esdras entre pensativo y divertido, hablaba como para sí mismo... - de modo que soy un divagador.
Reímos y antes de despedirnos nos pusimos de acuerdo con Beli y toda "la corte real" para la caminata por la mañana al Pico del Fraile, a la que también vendrían los tres investigadores de las tres culturas.
La tarde cedía su tenue claridad a la noche, decidí dar un paseo por los alrededores después de cenar. Cuando salí del comedor, pude ver a través de sus amplias ventanas que Esdras y Adriana hablaban animadamente con Andrés, lo mismo que hacían en otra mesa Beli, Josevi y Aitana.
Me acerqué sin ninguna idea preconcebida al sitio donde se impartía el curso. Las calladas sillas que representaban el tablero de ajedrez, semejaban un patio de butacas de uno de esos cines de verano a los que yo de niño solía ir. A través de los árboles, la luna comenzaba a brillar como queriendo derramar su luz sobre los asientos y sobre el tablero mural, que ahora con el reflejo lunar, parecía estar presto para una extraña función nocturna. Me senté un rato sobre la silla donde unas horas antes se había sentado Berta. Centré la mirada en el amplio y perpendicular tablero, que compartía con Esdras para las explicaciones de las jugadas. El aire traía fragancias de damas de noches y jazmines. El ulular de una cercana lechuza arrullaba el creciente frescor de la noche. Me levanté de la silla para continuar el paseo y justo en ese instante, la nocturna ave se elevó sin hacer ruido para alcanzar las copas de los alcornoques. Me detuve un momento, me acerqué al asiento donde había estado aquella maravilla de blancas plumas y pude darme cuenta que se correspondía con la casilla e5. Una de las jugadas más naturales y conocidas contra la apertura Pequeño Orangután ¿Era una extraña premonición, sabrían las lechuzas jugar al ajedrez? Lo cierto es que sobre la silla que Andrés hubiera vaticinado, hace apenas unos instantes, una hermosa ave de buen agüero, parecía compartir conmigo la magia de ese mundo misterioso llamado ajedrez.
Una voz con tono familiar, sonó detrás de mí preguntando.
-¿Podemos compartir contigo la partida en la que piensas?
Era Andrés que venía acompañado de Esdras y toda "la corte real". La noche era muy agradable, y Andrés es de esas personas, atentas, cultas, amenas y divertidas; con las que da gusto conversar.
Contesté que siempre sería un placer para mí reunirme con personas tan entrañables. Charlamos sobre cosas que tienen que ver con la sociedad, de esos cambios que a veces no sabemos bien, si son o no beneficiosos, pero que forman parte de la vida de nuestra historia.
Las estrellas de la noche, lucían como si representaran la eterna luminosidad del universo.
Cuando hubo terminado el paseo, entramos en el albergue y en la sala de estar, tres inseparables amigos, atentos a un tablero de ajedrez, reproducían una histórica partida, que Esdras recordó al instante. La joven Berta se había unido al pequeño grupo de los jóvenes. La fascinación por el ajedrez era el común denominador de todos. Esdras invitó también a Berta al matutino paseo y como todos aceptaron de buenas ganas; Esdras les recordó que pronto deberían retirarse para descansar, lo cual no aceptaron tan de buenas ganas. Teníamos que velar por las normas del albergue y ya era hora de descansar. Pero el grupito de jóvenes, no parecía tener ganas de retirarse, tan afanados estaban en resolver el misterio que tenía que ver con una partida de ajedrez, tan absortos estaban, que el tiempo parecía transcurrir en veloces relojes que aceleraran las horas.
La filóloga del Cerro Gordo, ofreció al trío unas copias con comentarios sobre la escuela de traductores de Alfonso X el Sabio, en las que se apreciaban trabajos sobre posiciones de ajedrez. Abiertamente Beli, comentó que siempre que los veía unidos, se alegraba mucho pues se acordaba de cuando las tres grandes culturas de occidente, vivían en armonía.
Como directora de actividades culturales, recordó a los jóvenes que Esdras llevaba razón, que ya era hora de dormir.
Mientras todos nos retirábamos para descansar, sobre el lugar donde se impartía el curso, bañada de claridad lunar, una "ajedrecística lechuza" revoloteaba sobre las desiertas sillas ¿Se detendría sobre el asiento que mañana por la tarde sería premiado?
Puntuales como el sol que se levantaba por la algecireña bahía, todos los congregados para la matutina caminata, nos pusimos en marcha. Orientamos las miradas hacia el Pico del Fraile y comenzamos el pedestre ascenso.
El astro rey se elevaba detrás de nosotros y en algún momento sin saber por qué razón comenté que muchas civilizaciones le otorgaban un poder divino. Este inocente comentario propició que los tres amigos conversaran sobre sus respectivas religiones. Los comentarios aumentaban como por inercia en intensidad sonora, cada uno de los miembros del fraternal trío, esgrimían sus argumentos religiosos y aunque imperaba el respeto, el tono de voz de los muchachos semejaba un ruidoso caudal de un torrencial que se despeñara por el valle, formado por tres devotos afluentes. Cuanto más se alteraban, menos se comprendían, cuanto más elevaban las voces, más distantes entre sí parecían. Lo que comenzó siendo una simple conversación para cimentar los pilares de una buena comprensión, había derivado a algo semejante al pasaje bíblico de la Torre de Babel.
Berta, que también nos acompañaba, dijo con gracia y oportunismo.
- ¡Chicos no os matéis en nombre de quien os prohíbe matar!
Esta sana advertencia zanjó de golpe la discusión y los tres jóvenes se miraron sonriendo.
La voz decidida y alegre de Aitana, nos contagió de entusiasmo.
¡¡¡ Frambuesas!!! ¡Vamos por ellas que os haré una deliciosa tarta de frambuesas y queso!
Me hallaba inmerso en mis reflexiones, tan absorto estaba por el posible desarrollo de la enigmática partida, que torpemente pude reaccionar preguntando.
- ¿Tarta, he oído tarta?
- Has oído bien. Contestó Aitana mientras corría hacia las zarzamoras que se alineaban a ambos lados del sendero.
Cogimos tantas frambuesas como pudimos para hacer tartas y compartirlas con los participantes del curso de ajedrez.
Al reanudar la marcha, observé que Esdras cogido de la mano con Adriana, miraba la altiva roca como queriendo alcanzarla con la mirada. No podía evitar que un destello de cierta nostalgia cruzara su semblante, lentamente una tenue sonrisa brindaba brillo a su expresión, quizás porque la lejana peña como una extraña esfinge, le enviara este mensaje: Esdras tu voluntad ha sido y es tu verdadera fuerza.
Por fin alcanzamos el pétreo objetivo. ¡Qué delirantes vistas de la bahía de Algeciras y del estrecho de Gibraltar, qué belleza natural !
Extasiados por todo lo que veíamos, todos permanecimos un buen rato en silencio, como rindiendo verdadero culto a la diosa naturaleza. Nos sentamos sobre las piedras, charlamos mientras descansábamos y tras una media hora decidimos regresar al albergue para llegar a tiempo al comedor. Había que prepararse para la sesión de ajedrez por la tarde.
Berta, Ismael, Isidoro y Elías elucubraban sobre la posible jugada de las negras. Sospechaban que la silla premiada sería la correspondiente a la casilla (e5), o tal vez a la (d5), quizás a la (f6), pues eran las respuestas más frecuentes del bando de las negras contra la apertura Larsen o Pequeño Orangután; pero el cuarteto por consenso, le comentó a Beli que hasta que no estuvieran totalmente seguros de qué partida se trataba, no se cambiarían de sillas.
Llegamos a la hora justa de comer (cualquiera cuando hay hambre) y en la sobremesa mientras tomaba café con los compañeros (si sigues leyendo, quiero que sepas que estás invitado a café), miraba a través de los cristales y centré la mirada sobre la silla correspondiente a la casilla (e5) y se me vino a la memoria una famosa partida que el desaparecido gran maestro y ex-campeón mundial Tigran Petrosian alaba mucho en uno de sus artículos del buen libro "Ajedrez en la Cumbre". Estuve a punto de sacar un tablero y comentar la partida que estaba evocando, pero Beli me sugirió que mejor no lo hiciera, porque seguro que daría muchas pistas. Entonces me alegré de no haber dicho los nombres de los dos grandes maestros que jugaron la partida a la que el gran Petrosian tanto había elogiado. En este punto, todos los comensales, nos dimos cuenta que la partida a descifrar era cosa de la erudita filóloga.
La atención de todos y las miradas, oscilaban entre la profesora y yo, pero como nos veían a mi prima y a mí mover negativamente la cabeza, los muchachos desistieron de la idea de hacernos preguntas sobre la partida. Pero aún así, sabíamos que los miembros del joven grupo, observarían en lo sucesivo todo lo que hiciéramos durante las clases de ajedrez. Beli me miró y con los ojos me decía: - ¡tú calladito!
Pasaron algunos días y tras la primera casilla premiada (b3) les siguieron las de: (e5), (b2), (c6), (c4), (f6), (f3), (e4), (d4) y (c5)
El lector o lectora que posea nociones de ajedrez, habrá advertido que las jugadas de "la partida fantasma" que hasta ahora se han desarrollado, son las siguientes: 1b3 e5 2 Ab2 Cc6 3 c4 Cf6 4 Cf3 e4 5Cd4 Ac5.
Los agraciados participantes como tocados por la magia de la diosa fortuna, comenzaron a formar un grupo de personas que tenían algo en común que celebrar; pero para Elías, Isidoro, Ismael, la cuestión de resolver el enigma era casi una cuestión de principios; y a estas alturas suponían que tenían ya bastantes datos para deducir de qué partida se trataba. A este equipo de amigos se le sumó en complicidad e interés por la solución del enigma, la astuta Berta que parecía congeniar muy bien con Elías.
Durante la última sesión de ajedrez, bandadas de jilgueros adornaban el cielo que nos cubría, de forma intermitente según batían sus alas, unos abanicos de plumas parecían acariciar con alegres colorines el aire que respirábamos.
Esdras nos deleitaba explicando la importancia que tiene la toma de decisiones en ajedrez. Cuando acabó la clase, observé que el cuarteto de amigos se retiraba con rapidez, como si de repente tuvieran algo urgente que hacer. Desaparecieron de mi vista en cuestión de segundos y sentí verdadera curiosidad pues parecían personas que quisieran ocultarse de la vista de los demás. Al poco tiempo aparecieron para pedir permiso a Beli para dar un paseo. Josevi que estaba con Beli se extrañó al igual que los demás organizadores incluso Aitana advertía algo raro en tal petición, ¿qué tramaban estos jóvenes?
R11 3BahiaComo ya era costumbre, Beli, Josevi, Aitana, Adriana, Esdras y yo, tras las sesiones vespertinas de ajedrez, dábamos un paseo antes de ir al comedor y como alguna tarde los muchachos nos acompañaban, los echábamos de menos.
Yo preguntaba a mi paisano, ¿qué método docente aplicaba para mantener en verdadero vilo hasta el final a todos los participantes? En realidad no tenía métodos ni técnicas que no conociera cualquier docente, era la propia personalidad de Esdras, un don congénito, que se tiene o no se tiene y un enorme deseo de transmitir y compartir conocimientos. Lo cierto es que era un verdadero placer colaborar con tan insigne compañero.
Durante la sobremesa de la cena, Beli permanecía inquieta, el tiempo pasaba y los jóvenes no aparecían; comenzábamos a inquietarnos, ¿dónde se habrían metido? Decidimos buscarlos, Beli Aitana y Adriana, lo harían por el interior del albergue y Josevi, Esdras y yo, por las cercanías de la sierra. Habíamos acordado telefonear todos a Beli, si pasada una hora, no sabíamos nada de los muchachos.
En la lejanía escuchaba las voces de Josevi y de Esdras que parecían retumbar con estremecedores ecos por las desafiantes rocas. Todos los indicios apuntaban que no estaban por donde nosotros buscábamos. Beli nos llamó antes de la hora, para que regresáramos lo antes posible. Los adolescentes habían regresado al albergue acompañados de sus padres y la filóloga propuso una reunión para aclarar las razones por las que los cuatro amigos abandonaron el recinto del que según las normas no debían salir bajo ningún concepto.
Una vez que todos nos presentamos y estábamos reunidos, la curiosidad era inmensa ¿Por qué se fueron y con qué objetivo?, eso era lo que ellos debían aclarar. Con tono humilde y de disculpa, Berta tomó la palabra.
-No hemos hecho bien, pensábamos que cuando pedimos permiso a Beli para dar un paseo, nos daría tiempo para llegar a la hora de cenar, pero hemos tenido algunos incidentes.
La voz de la profesora de árabe, sonó firme y tajante.
- ¿Dónde habéis ido, no sabéis que está prohibido salir fuera del albergue?
El silencio hizo su aparición durante unos interminables segundos. Isidoro con decisión lo rompió diciendo.
- La culpa es mía, fui yo quien propuso ir a la ciudad para tener acceso a un ordenador con internet para que pudiéramos investigar sobre una idea que teníamos.
Casi sin dejar de hablar a su compañero, Ismael intervino.
- No estoy de acuerdo, la culpa es mía por deciros que yo sabía cuál era el sitio con internet más cerca de aquí.
Al oír esto Elías con energía exclamó.
- ¡Si alguien es culpable, lo soy yo! Fui yo quien os dijo que en mi base de datos, hay millones de partidas y que era seguro que podríamos hallar la partida que buscamos.
Esdras opinó que no era lo más importante quien tuviera la culpa, porque no pensaba que hubieran actuado con maldad, pero sí con insensatez, pues al ser menores de edad, no podían violar las normas del campamento.
Josevi que había permanecido callado, pregunto al grupo de jóvenes.
- ¿Sabéis el compromiso en que nos habéis metido, que hubiera pasado si por mala suerte os hubiera sucedido algo grave?
Los padres de los muchachos estaban algo más calmados. Comentaban que quizás lo mejor es que sus hijos dejaran el campamento.
Beli pidió disculpas por lo sucedido, pero dijo que no podía imaginar que salieran a la ciudad.
Isaac el padre de Elías explicó que como se les hizo tarde, los muchachos cogieron un taxi, pero con tan mala suerte que cuando regresaban, el vehículo de un conductor que estaba borracho, casi choca de frente contra ellos. El taxista para evitar la colisión, evitó como puedo el accidente pero su coche quedó dañado, al salir de la carretera, a punto estuvo de volcar pero a duras penas mantuvo la posición. Todo se redujo a un susto de los que no se olvidan. Isidoro, llamó a su padre para que los recogiera, más tarde cuando todos fueron avisados, los progenitores se reunieron lo antes posible con sus hijos.
Beli opinaba que si todos estaban bien y los padres querían, nadie tendría que abandonar el albergue. Hizo hincapié en que nada podría justificar lo que hicieron porque en ese sentido, las normas son muy claras.
R11 3LechuzaLos padres decidieron que sus hijos se quedaran. Esdras dirigiéndose a los muchachos les dijo que estaban locos y no sólo por la edad sino por el fervor en querer desentrañar el misterio de la partida; pero que eran unos locos solidarios porque todos asumieron su parte de culpa, protegiendo de forma recíproca a los demás compañeros.
Era ya muy tarde cuando todo se tranquilizó y antes de retirarnos para dormir, quedamos con el fugitivo grupo para charlar después del desayuno.
El fresco de la noche invitaba a tomar un poco de aire puro y como no tenía sueño, decidí pasear con un libro de ajedrez y sentarme un rato a disfrutar de la tranquila oscuridad de la sierra. Me acerqué al patio de sillas, me senté en una cualquiera, miré en dirección al tablero y percibí que algo se había movido de forma que la esquina blanca de la derecha, es decir la casilla (h1), había reducido su superficie. Me acerqué con curiosidad para ver de cerca qué pasaba en ese escaque. Se trataba de una hoja de alcornoque que la ligera brisa de la noche acertó a colocar allí y el marco de madera del tablero mural ayudó a retenerla. Retiré la hoja y la coloqué entre las páginas del libro de problemas de ajedrez. Continué paseando bajo los árboles y recordé la sorprendente jugada de torre que un campeón mundial con sentido artístico y destreza técnica, realizó hacía ya más de tres décadas en la misma casilla en la que había recogido la hoja de alcornoque. Cuando ya sentía algo de sueño y regresaba para dormir pasé de nuevo por el patio de sillas y observé el silencioso vuelo con que una lechuza trazaba una blanca estela en el oscuro cielo. La silla donde estaba la nocturna ave, correspondía a la casilla (h1) ¿Sabrán jugar las lechuzas al ajedrez?
Por la mañana, los organizadores del curso, nos reunimos para desayunar (aprovecho para invitar a café a quien continúe leyendo). Después del desayuno nos reunimos con Berta, Elías, Ismael e Isidoro.
Sólo de paso, hablamos sobre las normas que rigen el campamento de verano, no queríamos cargar demasiado sobre la actitud de los muchachos que apesadumbrados, nos pedían de nuevo que los disculpáramos. Esdras les preguntó si sabían ya de qué partida se trataba. Berta hablando en nombre de sus compañeros dijo.
- Hemos revisado muchas partidas con la Apertura Larsen, concretamente sobre la variante que se está reproduciendo, y la más relevante de todas, tanto por su espectacularidad como por la calidad ajedrecística de los dos jugadores, es la partida disputada en Belgrado en mil novecientos setenta, disputada por Larsen con blancas, contra Spassky con negras. Esta famosa partida se jugó en el duelo por equipos entre la antigua Unión Soviética y el Resto del Mundo. Ganó el entonces campeón mundial Boris Spassky, de una forma magistral. Nosotros no dudamos que se trata de esa partida.
R11 3SpasskyEsdras parecía encantado de la seguridad con la que Berta documentaba la partida en cuestión, yo también estaba maravillado, pues era la partida en la que yo estaba pensando desde hacía ya algunas tardes. Beli confirmó que se trataba de esa partida y que la había elegido porque recordaba que una vez yo comentaba que Boris Spassky tiene una forma de jugar universal que dominaba cualquier tipo de posiciones. Por eso eligió una partida de este gran jugador, para recrearla como una partida misteriosa.
El misterio de la partida, había quedado resuelto por jóvenes de distintas religiones que unidos por la amistad y por el ajedrez; habían trabajado en equipo.
Ismael, tomando la palabra dijo.
- Hemos pensado durante el desayuno que no merecemos el premio del juego completo de ajedrez. No respetamos una de las normas más importantes del campamento y por otro lado hemos jugado con ventaja pues tenemos una buena base de datos de partidas. Si fuera posible, esta misma tarde anunciaremos a todos los participantes que deseamos que el premio por descubrir el misterio, sea para nuestra joven princesa llamada Aitana, que nos hizo una deliciosa tarta de frambuesas y queso.
Las sonrisas de todos los que estábamos reunidos, parecían decir que el acuerdo era unánime.
Al término de la vespertina sesión de ajedrez de esa misma tarde, un grupo de jóvenes como tres reyes magos de verano y una mágica reina, portando una caja de piezas de ajedrez y un tablero, anunciaban que la persona poseedora del juego completo era la princesa Aitana. Loca de alegría la niña gritó a pleno pulmón
- ¡Gracias ¡ ¡ mañana cogeremos más frambuesas!
Pasaron unos días y el curso de ajedrez acabó. Para nuestra satisfacción, a todos los participantes les gustó mucho y les resultó muy instructivo. Contentos con el desarrollo de las actividades, a modo de despedida, preparamos una fiesta por la noche y todos lo pasamos muy bien.
Me despedí también del lugar donde impartíamos las clases, la luna en cuarto creciente peinaba de luz la oscuridad de la noche.
Avancé hacia el tablero mural y advertí que dos lechuzas volaban cerca del tablero como queriendo jugar una nocturna partida.

 
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