Dos Cielos y Una Partida (I)

Entrañables amigos, como  en los últimos tiempos escribo poco (y menos que debería hacerlo, porque  tonterías ya tenemos  bastante), sólo me acuerdo de hacerlo cuando vuestras gentiles palabras,  me  alientan a  garabatear y luego a teclear de forma aún más torpe de la que escribo. De cualquier forma, siempre será un placer para mí, compartir  cualquier sensación  tanto humana como ajedrecística, con vosotros, por esta razón; aquí me tenéis de nuevo.

Aprovecho que estoy tecleando, para saludar  a todos los compañeros y amigos de cualquier ciudad, pero también a los  de Algeciras, Espartinas  y de la Casa del Ajedrez de Sevilla. Debéis  disculparme si nunca os envío saludos ni mensajes, ya me vais conociendo y sabéis que soy  torpísimo con las nuevas tecnologías (con las antiguas también), de todas formas, me acuerdo de los amigos mucho más de lo que demuestro.

Creo que en esta ocasión, nadie me preguntará si lo que voy a relatar; alguna vez ha ocurrido. Tampoco  me preguntaréis si tiene algo que ver con mi vida. Por si acaso, comenzaré diciendo aunque no sea verdad, que he tenido una pesadilla, una inquietud onírica, una preocupación casi tan enorme como mi ignorancia. Quizás  he soñado o imaginado que entrábamos en conflicto con otro planeta, con otro mundo; y nosotros  los ajedrecistas, debíamos salvar nuestra querida y mal gobernada Tierra.

Al despertar y volver a la realidad, he tenido la sensación que al otro planeta, lo cubre un cielo más sabio y protector que el nuestro.

“No hay hombre tan estúpido como para preferir la guerra a la paz ya que, en la paz, los hijos entierran a sus padres, mientras que, en la guerra, los padres entierran a sus hijos.” (Heródoto).

Yo añadiría a este pensamiento del admirado historiador, que quienes prefieren la guerra, no deben ser considerados como hombres. Casi dos mil quinientos años después de sus sabias palabras, los hombres (sobre todo los “poderosos” dirigentes), siguen haciendo guerras, segando vidas y continúan contaminando la naturaleza que les vio nacer.

Alguien debe decir: ¡basta!, pero ¿de dónde provendrá esa salvadora advertencia?

(Repito que salvo los muchos paseos al faro, este relato nada tiene  que  ver con la realidad; es pura y tonta ficción, pero…sugiero a los interesados en ufología que busquen en la red: LAS HUELLAS DEL FARO PUNTA CARNERO. Punta Carnero es el nombre del faro de mi ciudad.)

Quizás he soñado que volvía a Algeciras y que mis pasos se dirigían al faro, para contemplar una vez más, tan idílico paisaje. Era una cálida y lúcida tarde de principios de otoño; sentí deseos de caminar en solitario, por si me entraban ganas de gritar, reír o llorar, poder hacerlo tranquilamente.

Aunque he vivido en distintos sitios de Algeciras, comencé el recorrido hasta el faro desde la casa en que nací. Elegí la ruta de la vieja cantera, y desde allí continúe la marcha siguiendo en paralelo el curso del río Getares, que desemboca en la playa del mismo nombre y que debe su denominación a la antigua ciudad romana de Caetaria; parece ser que por razones filológicas, de Caetaria deriva el nombre de Getares. En dicha ciudad, los romanos fabricaban la famosa salsa de pescado llamada garum. Como de costumbre, la travesía era tranquila.

Cuando llegué al puente del Pícaro, lugar donde se bifurca el camino; me detuve un momento para observar las turbias aguas del río. Sobre una emergente piedra, una tortuga que tomaba plácidamente el sol de la tarde, parecía reinar altiva sobre su pequeño y pétreo imperio. El caparazón tenía tonalidades oscuras, me hizo recordar un extraño tablero de ajedrez. Deslizándose pausadamente por la piedra, el quelonio desapareció por las cenagosas aguas, de la misma forma que desaparecen a veces las posibilidades de mejorar en una partida de ajedrez y en la misma vida.

Sentí como si la longeva reina hubiera querido decirme: APROVECHA MEJOR LAS OPORTUNIDADES QUE LA VIDA TE OFRECE.

Crucé el puente dejando el río a mi izquierda y me encaminé hacia el faro por la angosta, estrecha y mal asfaltada pista que conduce hasta él. A poca distancia del puente, comencé a divisar la bahía de Algeciras, el mar estaba tan apacible que semejaba una enorme y líquida alfombra color turquesa. A medida que iba ascendiendo por la escarpada carretera, más y más fascinante era el paisaje; la vista desde la antigua ballenera, que se encontraba en ese momento debajo de donde yo estaba, era un hechizador lienzo de mágica geografía. Como era una tarde de poniente, en cuanto subiera a la cima del monte que da su nombre al faro, divisaría el continente africano; pues dicho viento que sopla desde el Atlántico, permite que la visibilidad sea muy nítida.

Cuando por fin llegué a la cumbre, agradecí al dios Eolo, la fresca brisa que me regalaba. África, encabezada por la vecina y querida ciudad de Ceuta se podía casi tocar, daba la sensación de estar muy cerca y asequible. Los edificios de “La Perla Del Mediterráneo” parecían flotar en el agua. A la derecha del ceutí monte Acho, ya en territorio marroquí, podía admirar la montaña de La Mujer Muerta. La coqueta y misteriosa isla algecireña de Las Palomas, parecía a los pies del monte, entre acariciadoras olas, una simpática ballena. Estuve un buen rato saboreando la dulce brisa, respirando hondo y extasiado por tan bellos parajes.

El sol parecía caer en el horizonte y comenzaba a proyectar las sombras de los occidentales montes. El faro custodiaba los barcos del Estrecho desde la mitad de la colina con su incesante e intermitente luz; semejaba un seductor y coqueto cíclope. El diseño del cilíndrico vigía, data del año mil ochocientos sesenta y cuatro; y dio la luz por primera vez diez años más tarde. Su constructor fue  el insigne Jaime Font. Bajo su luminosidad, allí donde acaba o comienza el Mediterráneo; todo parecía tranquilo y protegido. Cuando hube descansado un poco de la caminata, decidí bajar por las rocas hasta la orilla del mar. Ya me gustaría tener misma la habilidad que tengo para moverme por las piedras, que para jugar al ajedrez, pero ¿qué se puede esperar de un hombre que vive aún en la Edad de Piedra? Muy pronto llegué a la orilla y saltando entre las húmedas rocas, busqué un pétreo asiento donde disfrutar con todos los sentidos, de tan paradisíaco lugar

(Amables lectora o lector, si pensáis que me he olvidado de invitaros a café, casi llevaréis razón; pero me traje mi termo, lleno de tan gratificante bebida, así que si queréis compartirlo conmigo; será como siempre un placer).

 Recuerdo aunque no sé si soñaba que estaba soñando, que tomaba café mientras fijaba la mirada en las pequeñas y azules olas que avanzaban hacia el Mediterráneo. Tenía la vista perdida en el agua, como si me fundiera con la fluida y continúa corriente. Quizás meditaba sobre la posibilidad de la resurrección de la Mujer Muerta y la conmoción que este acontecimiento pudiera producir en todo el mundo.

De pronto, para mi asombro; allí donde miraba, las olas se detenían en una determinada superficie. La quietud y ausencia de movimientos, era total. Creo que tampoco podía sentir mi propia respiración. Todo permanecía inmóvil y en un círculo de unos veinte metros de radio, cuyo centro era el improvisado asiento sobre el que me hallaba; el tiempo, la vida, todo permanecía inalterable, y la luminosidad en esa área, adquirió una indescriptible tonalidad violácea. Algo en mi interior (quizás mi inconsciente), me advertía que lo mejor que podía hacer era relajarme y formar parte de ese pequeño y atemporal espacio.

Estaba absorto, como hipnotizado y poco a poco percibía que unas ondas de un intenso color verde, se dibujaba como un cromático y misterioso relieve sobre el mar. La forma de los haces de luz, semejaban un extraño tablero de ajedrez cuyos alternativos escaques, se tiñeran de tonalidades distintas en intensidad. El efecto óptico era indescifrable, creo que salvo los ojos de mi hija Sara; jamás volveré a presenciar un prodigio estético de tal magnitud. Quizás el faro fuese el único testigo de lo que estaba ocurriendo, y de repente, como si estuviese dentro de un invisible tubo de ensayo, toda la zona que mantenía su inmovilidad, se trasladó superficialmente al interior del Estrecho, justo en el centro entre el faro y las Columnas de Hércules.

Durante todo el trayecto recorrido a velocidad constante, allí por donde avanzaba el enigmático tubo; todo se paralizaba y cambiaba de color. La profundidad marítima en ese punto (suponiendo que los registros oceánicos sean correctos), era de aproximadamente un kilómetro. En un preciso instante, se dibujó un círculo, y por toda su longitud comenzaron a subir hasta el cielo las paredes interiores de un fabuloso cilindro de luz. Durante todo ese tiempo, no escuché ningún sonido de ningún ser vivo, ni del viento ni de las olas.

(Amable lectora o lector, para ver si me despierto de este sueño, por favor gritar la palabra: café).

Por todo el interior del cilindro, aparecieron representaciones de figuras y símbolos que yo desconocía totalmente, comenzaron a girar entre sí, mezclándose hasta crear una nueva imagen, y esa imagen, era un rostro muy conocido, y muy querido por mí; la preciosa carita de mi hija Sara.

En múltiples reproducciones, mi hija me sonreía y me hablaba como queriéndome tranquilizar, me decía que no tuviera miedo. Gritando, supliqué que se hiciera conmigo al revés del sacrifico que se le pidió a Abraham; quería que el puñal de la muerte se clavara en mi corazón, a cambio de la vida de ella. Durante unos segundos, una terrible angustia dominaba todas las células de mi cuerpo y todas las sensaciones de mi alma. Pronto me di cuenta que en realidad no tenía motivos para preocuparme, esas espantosas sensaciones, eran erróneas; cuando dejé de oír mis propios latidos, escuché una tranquilizadora voz que me dijo:

-No temas, nada malo va a ocurrir, queríamos regalarte unas queridas imágenes y sólo hemos conseguido aterrarte. Aún no sabemos cómo sentís los humanos; por favor discúlpanos.

Intentando calmarme, a duras penas pregunté. -¿Quiénes sois? , ¿qué queréis de mí?

Con el mismo tono de antes, la voz respondió - Somos del planeta llamado Ajedrezum y te hemos elegido para que organices una extraña pero muy importante partida de ajedrez.Tu planeta, jugará contra nosotros.

Ante semejante respuesta, quedé aturdido y atónito; no lograba comprender lo que estaba sucediendo. Meditando y midiendo lo mejor que podía mis palabras, pude decir. - Me llamo Rafael y soy el más miserable de todos los habitantes de La Tierra, no debo ni quiero representar a mis congéneres, además no tengo nivel ajedrecístico suficiente para competir con vosotros.

Apenas acabé de hablar, una amable figura humanoide, apareció ante mi vista. El extraterrestre se presentó diciéndome con meliflua voz que podía llamarlo Mensajerus; se me acercó y mantuvimos este diálogo:

M- Tu nivel de juego no es importante ni decisivo, sólo has de ser el coordinador de un grupo de cuatro ajedrecistas humanos, por tanto, constituiréis un equipo de cinco personas, el mismo número que nosotros.

R- Mensajerus, debes disculpar mi ignorancia, pero vuestra tecnología es muy superior a la nuestra, con toda seguridad ganaréis la partida; y entonces, ¿ qué ocurrirá con mi planeta?

M- Tranquilízate Rafael, es cierto que nuestra tecnología es más avanzada y muy superior a la vuestra y por otro lado también es cierto que nunca hacemos guerras entre nosotros y no contaminamos nuestra propia casa cósmica. Pero los agentes activos del universo, hicieron algo prodigioso. Cuando inventaron el ajedrez, consiguieron crear un lenguaje intergaláctico, más allá de nuestro sistema solar, otros habitantes se comunican mediante este divino arte .El ajedrez sigue siendo el idioma de la justicia, pues aunque te cueste creerlo, no hay una diferencia sustancial de niveles de juego entre los muchos planetas habitados. Precisamente porque los humanos juegan al ajedrez, nosotros aún sentimos algo de respeto por vosotros. Quiero decir con todo esto, que será una batalla ajedrecística justa, y en la cual nadie morirá.

R- Si jugamos la partida y la perdemos, ¿qué ocurrirá con nosotros?, dime también por favor, ¿significa mucho para vosotros que nos matemos entre los humanos y que contaminemos nuestra propia casa?

M- Si perdéis la partida, tendréis que someteros a nuestras leyes, no volveréis a regir vuestro planeta de la forma que lo hacéis, pero estas leyes y normas aún no están decididas. No quiero ofender contestando a tu segunda pregunta. En realidad, salvo que no entendemos vuestra inmensa imbecilidad; nos dan igual vuestras guerras y vuestra contaminación. Pero perdóname si ofendo, vuestros dirigentes están tan locos, que quizás algún día; destruyan y hagan polvo La Tierra, haciendo desaparecer su masa planetaria. Si esto sucede, los problemas derivados de esa catástrofe astronómica, son incalculables, pues afectará con toda seguridad a la gravitación general de nuestro común sistema. En caso que todas vuestras estúpidas bombas estallen a la vez, no se sabe qué puede ocurrir.

R- ¿Tu planeta está tan cerca, que la posibilidad de la desintegración terrestre, os puede afectar?

M- Nuestro planeta, está ubicado a la misma distancia del Sol que el vuestro y también gira a la misma velocidad y en el mismo sentido; pero se encuentra diametralmente opuesto; por encontrarse el Sol entre nosotros, aún no nos habéis localizado.

R- Si vuestras normas de conducta son correctas y buenas; ¿por qué no os comunicáis directamente con nuestros dirigentes? Supongo que podréis convencerlos y quizás sea lo ideal para todos.

M- Lamentablemente, no son tan fáciles los cambios conductuales de ningún dirigente; no obstante después de acabar la partida que tenemos pendiente, comunicaremos nuestras decisiones. Mientras tanto, ve pensando en los cuatro jugadores que llevarás contigo a Neutralium, el planeta donde se jugara la partida. Nosotros os trasladaremos hasta él. El equipo lo formarás según creas conveniente, podrá estar formado por jugadores actuales o de cualquier otra época, viajando en el tiempo, no habrá problemas para componerlo. Neutralium es un planeta parecido a La Tierra y a Ajedrezum, una vez allí, no necesitaréis nada especial que no tengáis aquí. Ahora te llevaremos de vuelta al faro y despertarás en la orilla. Dentro de poco tiempo, soñarás otra vez con nosotros y entonces nos iremos todos a Neutralium.

Poco después, desperté en la misma roca donde me había quedado dormido y lo último que recuerdo es que le dije a Mensajerus:

R- Así será, dentro de poco jugaremos la partida, bajo otro cielo. ¡QUE EL UNIVERSO NOS PROTEJA!
No sabía si soñaba, ni sabía qué ocurría; sólo estaba seguro de  que me encontraba en el faro, a orillas del confín del Mediterráneo, admirando los caprichos naturales de tan querido lugar.

Una suave brisa peinaba el agua con delicadas ondulaciones. El azul de la tarde, lentamente oscurecía su tonalidad, para dar paso a  la noche. Frente a mí, aún podía divisar la montaña de la Mujer Muerta; sobre la cual, una acariciadora nube, semejaba unos alborotados y sensuales cabellos.

La noche caía plácidamente sobre  la líquida planicie. Lentamente comenzaron a titilar las primeras  estrellas y yo seguía absorto en las maravillas de la naturaleza. La seductora Luna con su prestado reflejo, coronaba de luz las despejadas alturas y producía  una bellísima y dorada estela sobre el salado espejo del mar. Jamás la había visto rielar con tanta plenitud como en este sueño.

Durante unos días, había meditado sobre qué jugadores constituirían el equipo de ajedrez de nuestro planeta. Debía establecer algún criterio que me pareciera lógico e ideal, pero no era sencillo hacerlo. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que sólo yo, sería la única persona que viviese en la actualidad; porque no sabía qué nos sucedería en el espacio exterior. Mensajerus, me parecía digno de confianza y esperaba de él, que fuese un embajador de la paz y de la justicia; pero en todo caso si sucediera algo no deseado, incluso si alguien debía morir, prefería que fuese yo, al fin y al cabo poco o nada se perdería. Por esta razón, os pido perdón a todos los genios actuales del ajedrez, si no formáis parte de nuestro equipo; que conste que no ha sido porque os haya olvidado.

Una vez establecido el primer criterio, pensé en una secuencia cronológica a fin de elegir a varios campeones mundiales, pero ¡sólo podía seleccionar a cuatro de ellos!   He pedido perdón a los maestros actuales, ahora pido comprensión a los del pasado. Equivocado o no, el grupo de jugadores que nos representaría, quedó constituido por los siguientes  ajedrecistas: Pablo Morphy, porque su genialidad transciende el tiempo, y en su dorada juventud, como una estrella fugaz, recorrió el universo ajedrecístico para deleitarnos a todos. Wilhelm  Steinitz, Enmanuel Lasker y José Raúl Capablanca, fueron elegidos, por ser respectivamente los tres primeros campeones mundiales de ajedrez y porque el legado que nos dejaron, es inestimable.
 
Morphy
Steinitz
Lasker
Capablanca
¡Morphy, Steinitz, Lasker y Capablanca!, seguro que también en Ajedrezum conocerían a semejantes astros de nuestro arte. Iría con ellos al fin del mundo y más allá también. Desde el principio, decidí llamarlos  por sus nombres de pila, no me gusta dirigirme a nadie por su apellido, por más insigne que éste sea; así que  familiar y algecireñamente, los nombraré así: Pablo  a Morphy, Guillermo a Steinitz, Manuel a Lasker y José Raúl a Capablanca, si con esta decisión, les falto al respeto; ellos saben que es debido al cariño que les tengo.

La reina de la noche, alcanzó su cenit, y atraía de forma irresistible mi atención. La cara de nuestro satélite natural, parecía sonreír con tal amabilidad, que  sus sonrisas fueron plenamente correspondidas con las mías. Sorprendentemente, de las sombras de sus  cráteres, cuatro fulgurantes haces de luz, cruzaron el negro velo de la noche, para acariciar la superficie del mar. Los rayos de luna, indicaban sobre el agua los puntos cardinales terrestres, formando cuatro resplandecientes caminos y por cada uno de ellos, pude distinguir cómo unas familiares y amistosas siluetas, se acercaban hacia mí. Desde el oeste, Pablo avanzaba con lento y alegre paso, desde el este,  Guillermo, hacia lo propio con decidido y pensativo caminar, Manuel que llegaba desde el norte, parecía pasear con  filosófica calma y José Raúl con latino ritmo, desde el sur, saludaba de lejos, daba la impresión que le agradaba reunirse con los demás compañeros.

 Mi emoción no tenía límites, se cumplió el deseo de componer este fenomenal cuarteto; pero pronto mi alegría quedó empañada por las sombras de las dudas. Como ya he comentado, Mensajerus, me transmitía confianza, pero si él había hecho lo pertinente  para que dicho equipo se pudiera formar, es porque adivinó mis pensamientos y de este modo, supo a qué jugadores  había convocado. Pensé que esta capacidad adivinatoria, sería un grave problema para nosotros; pues con antelación sabrían los jugadores de Ajedrezum, todo lo que pensaríamos; por lo que tanto ajedrecística como éticamente, estaríamos en clara desventaja. Debía hablar de esta cuestión con nuestro equipo y por supuesto con Mensajerus, si de verdad era un mensajero  justo; resolvería de forma  imparcial y convincente dicho problema.

(Amable lectora o lector, en muy poco tiempo, cinco personas, estaremos fuera de  este planeta (cosa nada excepcional para mí, ya que siempre estoy fuera de órbita), por esta razón, como aún me queda  café en el termo, quedáis invitados antes que nos dirijamos al espacio exterior).

Los genios llegaron todos a la vez y las correspondientes veredas luminosas por donde vinieron, por un sorprendente sortilegio; se transformaron en un círculo de aproximadamente dos metros de diámetro. Sobre la circunferencia, se elevaron cinco estilizadas torres ajedrecísticas en forma de asientos giratorios, dividiendo el círculo en el mismo número de sectores circulares de  setenta y dos grados cada uno. Una vez sentados, todos podíamos vernos y comunicarnos  con comodidad. Sentí que debía agradecerles su presencia y explicarles las razones por las cuales les convoqué.

Cuando terminé de dar las explicaciones, y de expresar mi eterno agradecimiento; como salido de la nada, apareció Mensajerus, el cual  nos acompañaría hasta Neutralium. Los asientos se deslizaron suavemente y apareció una sexta torre, el círculo quedó dividido en seis sectores de sesenta grados. Este oportuno momento,  lo aproveché para hablar conjuntamente, sobre el tema de la adivinación del pensamiento. Antes que Mensajerus hablase, Manuel se adelantó y me dijo que eso no era motivo de preocupaciones; que había una ley universal sobre cuestiones éticas para las partidas de ajedrez y que dicha ley; se denominaba Respetus Intimus y una vez reunidos para jugar, nadie podía ni quería violarla; pues los agentes activos del universo no lo permitirían. También me comentó que tanto él como los otros compañeros, reencarnarían en poco tiempo y que estaban al corriente de las evoluciones y novedades técnicas del ajedrez actual.

Les comenté a los presentes que, ellos habían sido seleccionados por mí; pero que yo formaba parte del equipo sin saber la razón, pues simplemente fui raptado de un sueño. Pregunté a mis compañeros para qué necesitaban un coordinador como yo, tan torpe y que no sabía nada sobre leyes interplanetarias. Guillermo argumentó que alguien con vida en este plano, era necesario en el equipo, pues aunque ellos seguían “vivos”, no podían materializar de forma física todo lo que pensaban y deseaban. No comprendí muy bien lo que quiso decirme, su explicación  me resultaba confusa, pero me pareció razonable. Cuando les comenté que yo simplemente era un triste títere para ellos, se echaron a reír. No me pude reprimir y dije en voz alta: - ¡vaya sueño, en qué lío os he metido!

Queriendo animarme, Pablo contestó: - Pienso lo mismo que Shakespeare, que las personas están hechas del mismo tejido  que  sus sueños; y tu sueño no es insignificante.

Agradecido y meditabundo, decidí callar para aprender y disfrutar de las conversaciones de mis compañeros. Desde el principio, supe que nos entenderíamos a la perfección, como si habláramos un idioma común de forma espontánea y natural y así sucedió; todos hablábamos y oíamos el mismo lenguaje. Cuando tomé conciencia sobre este tema, me alegré muchísimo, pues soy de los que opinan que la verdadera patria, es la que nos permite la comunicación con nuestros semejantes.

Mensajerus, aprovechó un momento de silencio, para anunciarnos que en unos segundos, comenzaríamos a desplazarnos hacia Neutralium.

Una misteriosa y bella línea de luz, rodeó el círculo donde estábamos sentados y cuando los asientos quedaron luminosamente enlazados; supimos que el viaje había comenzado. La velocidad era constante y en sentido ascendente. Mis geniales compañeros, disfrutaban con las bellísimas vistas nocturnas, cuando salimos de la atmósfera terrestre, las estrellas aumentaban su resplandor y creíamos que navegábamos por un mar de trémulas y gigantescas luces. El extraño vehículo que nos transportaba, avanzaba muy apaciblemente. Después de algún tiempo, advertimos que ya no ascendíamos, el artefacto volador, estaba siguiendo la imaginaria proyección de la eclíptica terrestre. De pronto me di cuenta, que había olvidado preguntar ciertas cuestiones sobre la partida, que me parecía necesario que supiéramos. Interrogué a Mensajerus preguntándole qué sucedería en función del resultado del encuentro con Ajedrezum. Mensajerus, tomó la palabra.

- Estimados ajedrecistas, como ya sabéis, no está en nuestra intención hacer ningún daño a nadie de vuestro planeta. Pero ateniéndonos a la ley llamada Consecuencium, en caso que ganáramos la partida, tendríamos autoridad para imponer sobre vuestros dirigentes algunos cambios en sus conciencias y formas de dirigir y gobernar. Naturalmente será difícil que acepten sin oposición nuestras normas, que podéis estar seguros, serán beneficiosas a la larga para todos. Si no las aceptaran, tendríamos que practicar varias abducciones y no desearíamos hacerlas.

Si por el contrario, sois vosotros los vencedores, entonces podríais aplicar sobre vuestros dirigentes, con ayuda de todos los planetas habitados, la ley llamada Perfectum, mediante la cual vuestra capacidad de convencer a los políticos del planeta Tierra, será irresistible; pero esta ley, solamente es aplicable para fomentar el ajedrez a gran escala, por eso nuestro planeta, incluso cambió su antiguo nombre de Guerrerum por el nombre actual que ya sabéis: Ajedrezum.

En caso que la partida acabe en tablas, disputaríamos una segunda, que de acabar  con el mismo resultado, pondría fin al encuentro y dejaríamos las cosas como están y nadie podría intervenir para realizar ningún cambio. Quisiera comunicaros que las abducciones, a veces acarrean graves trastornos tanto en el individuo como en su entorno familiar; por eso intentaríamos evitarlas, como os dije anteriormente.
 Ahora señores, con vuestro permiso debo ir a la cabina de control de la nave. Os deseo suerte en este viaje; volveremos a vernos en Neutralium.

Antes que desapareciera Mensajerus, le hice otra pregunta muy importante.

- ¿En Neutralium, también hay café?

Mensajerus esbozó una sonrisa y contestó.

- Caballeros no preocuparos por nada, dispondréis todas las cosas que normalmente tenéis en vuestro planeta.

Pablo, con inusitado sentido del humor preguntó a Mensajerus.

-¿Seguro que estando Rafael con nosotros, habrá suficiente café para todos?

La ocurrencia del genio de Nueva Orleáns, nos hizo reír a todos; por lo visto tengo fama de cafetero.  

Al desaparecer Mensajerus, los asientos volvieron ser cinco, y el círculo, volvió a dividirse en sectores de setenta y dos grados. La estancia en la que nos encontrábamos, no perdió su horizontalidad durante todo el  trayecto y desde todos los ángulos teníamos una magnífica panorámica.

Los ánimos del equipo y el ambiente general; eran buenísimos, todos disfrutábamos en esta aventura; y yo más que nadie. Embelesado, escuchaba con total atención las conversaciones de mis compañeros ¡cuántas anécdotas y cuántos chistes! Para mí, estar con ellos, era  un inmensurable tesoro de valor humano.

Hubo un momento en que notábamos, que la nave cambiaba de posición ladeándose hacia la izquierda en el sentido de la marcha, pero rápidamente mediante un sofisticado sistema de mantenimiento del equilibrio, recuperamos la perpendicularidad.

La oscuridad se hizo muy densa, tanto que casi podíamos palparla. Permanecimos callados durante un tiempo, la emoción era tan sublime, que casi podíamos oír los ecos del silencio. Tuvimos la sensación de que la nave aceleraba su marcha, pero no distinguíamos el cambio de velocidad. Teníamos la impresión de avanzar por un oscuro túnel, cuyas paredes estuvieran construidas con una extraña y sólida mezcla de oscuridad y silencio; nuestra respiración era algo forzada en ese  momento. En la dirección en la que avanzábamos, pudimos divisar cómo un punto blanco muy lejano, parecía acercarse a nosotros. Lentamente, ese punto  iba haciéndose más y más grande, era como si nos atrajera igual que un potentísimo imán. La oscuridad, iba cediendo paso a la luz, cuanto más nos acercábamos al foco luminoso, mejor podíamos respirar. Teníamos la impresión, de que el oscuro túnel que estábamos atravesando, era como un sideral vientre materno y sólo era el camino que nos conducía hasta Neutralium; como si en este desconocido  mundo, cinco ajedrecistas terrestres, vieran por primera vez la luz de un nuevo nacimiento cósmico.

Al llegar al astro anfitrión, Mensajerus volvió a saludarnos  y nos mostró amablemente las instalaciones que ya estaban dispuestas para nuestro equipo. Nos presentó a Optimus, uno de los organizadores del encuentro, para que contáramos  con  él siempre que lo necesitáramos.

Todo estaba  dispuesto  para comenzar la partida. Quise reunir a los compañeros para  cambiar impresiones y diseñar un método para decidir las jugadas. Pero  cuando iba a reunir al equipo… desperté otra vez en el faro de Algeciras y volví escuchar la voz de Mensajerus que decía:

- Dentro de poco tiempo, volverás a soñar con nosotros, instantáneamente estarás en    Neutralium. Te felicito por el fabuloso equipo que has reunido. Tus amigos y compañeros, te estarán esperando para comenzar la partida. ¡Hasta pronto!  … por cierto, comunica a tus amables lectoras y lectores que me gustaría a mí también, invitarles a café.
De nuevo quiero dar las gracias a todos los amigos de la página, por tan gratas opiniones sobre las tonterías que escribo.

A estas alturas, ya no sé dónde estoy, si en este planeta, o en otro muy distante soñando que estoy en el nuestro. Planetas separados por sueños, pero también unidos por éstos, y es que los sueños, pueden abarcar y unificar todo lo que podamos imaginar. A veces creo que un sueño, es como un etéreo mago, capaz de  descubrir y trocar  todo lo existente en el cosmos.

Permitidme por favor, que os cuente algo que aparentemente no tiene nada que ver con el relato (la verdad, es que no tiene nada que ver), pero que me ha llamado poderosamente la atención. Seguramente  no es más  que una casualidad, pero los que me conocéis bien; sabéis que para mí, lo que voy  a contar ahora, más que una casualidad, es una causalidad.

Muchos de vosotros, sabéis que Manuel Lasker, nació en un pueblo llamado Berlinchen (cerca de Berlín), un veinticuatro de Diciembre de mil ochocientos sesenta y ocho. Al igual que  Guillermo Steinitz (1900) y José Raúl Capablanca (1942),  murió en Nueva York, en mil novecientos cuarenta y uno. Los tres primeros campeones del mundo, murieron en la misma ciudad, ¿es una simple casualidad?; seguramente lo es, pero a mí  me hace pensar.

Manuel, tuvo que  emigrar de su país, huyendo del horror de los nazis (recordemos que era judío), igual que también lo  hizo su entrañable amigo, Alberto Einstein y tantos otros.

El pueblo de Berlinchen, está muy alejado  de esa maravilla arquitectónica como  es la ciudad de Heidelberg, donde se encuentran las universidades más antiguas de Alemania,  no sabía qué relación, podría tener Manuel Lasker con tan estética ciudad. Heidelberg, fue respetada por  acuerdo internacional, para que no fuese bombardeada por las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, muchas personas de muchas nacionalidades, estudiaron  allí.

Hace trece años, una fría tarde de Febrero; me encontraba en el Paseo de los Filósofos, contemplando desde la otra orilla del río Neckar (afluente muy caudaloso del Rhin), la majestuosidad de esa ciudad. Ni yo mismo podría saber la razón, por la que se me vino a la memoria el recuerdo de Manuel Lasker. En mi imaginación, sostuve una  “filosófica” conversación con  él (quizás influido por el nombre del paseo donde me encontraba), durante la misma, yo le preguntaba cómo se sentiría su amigo Alberto Einstein; después de ver que sus investigaciones sobre la energía nuclear, habían derivado hacia la construcción de bombas atómicas. Le comentaba que Alberto, junto al premio Nobel de literatura  Bertrand Russell; fueron los artífices del famoso Manifiesto Russell- Einstein, firmado en mil novecientos cincuenta y cinco. Alberto, firmó dicho manifiesto poco antes de su muerte. Muchos científicos de la época, también lo firmaron y advirtieron sobre el peligrosísimo armamento que amenazaba a la humanidad.

Yo imaginaba a Manuel, paseando a mi lado, parándose un momento para mirarme y decirme con total convicción: “mi amigo Alberto, era un hombre de ciencia y de paz”.

Durante años, me he preguntado qué hacía yo en Heidelberg, conversando  con Manuel; pero hace pocos días, mientras profundizaba en su biografía; para mi asombro, he descubierto que el eminente matemático y ajedrecista; estudió matemáticas en esa fascinante urbe. Aquella fría tarde, quizás por algún misterioso motivo, Manuel, regresó a Heidelberg.

Quisiera invitar a café, a quien esté  leyendo en este momento. No sé si podré regresar del  remoto planeta al que me dirijo. Debo acompañar a cuatro geniales amigos. Disculpad que no os atienda como merecéis, pero de forma inexorable me voy adormeciendo. Siento que me duermo… me duermo… me duerm… me duer…

“Dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo”. Albert Einstein.

“Si luchamos por conseguir nuestros sueños, mereceremos soñar”. Perdonar amigos que esta cita, no pertenezca a ningún ilustre personaje.

Neutralium, a no sé cuántos, de no sé qué mes,  del año en que vivimos; tampoco sé cómo he llegado.

Este desconocido planeta, es muy semejante al nuestro, pero hay una diferencia sustancial, aquí basta que quieras ver a alguien o quieras ir a un lugar; para que sea la otra persona o ese lugar los que vengan hacia a ti, basta sólo con desearlo.

Al llegar a Neutralium, quise dos cosas a la vez: encontrarme con mis compañeros y tomar café; pero como en ese momento, solamente José Raúl estaba tomando mi bebida favorita; fue el primero con quien me encontré. Como  si de una mágica alfombra voladora se tratara; la cafetería en la que se encontraba el inmortal cubano; se me acercaba con él en su interior. La vítrea puerta del establecimiento, se abrió lentamente y me reuní con el tercer campeón mundial de la historia; José Raúl Capablanca. Al verme, me saludó cordialmente, invitándome a una taza. Respondí a su saludo de la misma forma, y le comenté, que estaba seguro que como diplomático; debió prestar muy buenos servicios a su gobierno y que si viviera en la actualidad, igual el bloqueo a su país no se hubiera producido. Con la humildad que caracteriza a casi todos los verdaderos talentos, me dijo que siempre hizo lo que pudo, tanto por Cuba como por el ajedrez.

Cuando acabamos de tomar café, salimos de ese local llamado Cafeterium, para reunirnos con los demás compañeros. Encontramos  a Pablo, Guillermo  y Manuel en un apacible parque, analizando partidas y oyendo música clásica; pero también estaban tomando café, entonces ¿por qué no los encontré a los cuatro a la vez, si todos tomaban lo mismo?, como tantas otras cosas, también ésta, se escapa a mi escasa inteligencia.

Saludé a todos con alegría, pues insisto en que para mí, es un enorme placer sentirme acompañado de semejante pléyade de artistas.

Como coordinador, sugerí al grupo que nos reuniéramos para concretar  un plan de acción, que nos permitiera rentabilizar los análisis de las distintas posiciones que surgieran, así como la elección de cada jugada. Decidimos  que cada movimiento, fuese elegido por votación (a ser posible de forma unánime) y también que dividiríamos el equipo en dos bandos, el de blancas conducidas por Pablo y Guillermo y el de negras, por Manuel y José Raúl. De esta forma, podríamos aprovechar mejor el potencial de ataque de los dos primeros y la tenacidad defensiva de los dos últimos. Naturalmente todos podían opinar sobre la jugada de cualquier bando; así complementaríamos mejor los análisis y por tanto las posibilidades de elegir las mejores continuaciones, aumentarían.


Optimus, siempre atento y hospitalario, nos indicó el lugar que teníamos para instalarnos mientras durase el encuentro. Era como un confortable hotel llamado Tranquilitum, donde teníamos todas las comodidades  que necesitábamos. Poco tiempo después, llegó Mensajerus que sería el coordinador  del equipo de Ajedrezum; acompañado por cuatros jugadores, llamados: Enrocus, Petreus, Atacus y Pacientius.

 Después del deportivo y mutuo saludo, todos nos dirigimos a una elegante sala adornada con motivos ajedrecísticos, llamada Conferencium, para acordar las bases del encuentro. En pocos minutos, el acuerdo, quedó claro. Nadie podría usar ningún programa auxiliar de ajedrez; pues un árbitro del planeta anfitrión, llamado Imparcialius, daría la partida por perdida al equipo que infligiera esa norma. Una jugada por cada día, marcaría el ritmo de la partida en disputa. Los coordinadores, seríamos los encargados  de enviar las jugadas al árbitro y éste, al otro equipo. La partida comenzaría al día siguiente, cuando al amanecer; empezara un nuevo período de la ley llamada Respetus Intimus. Sólo restaba saber con qué color jugaríamos.

Imparcialius, nos llamó a los coordinadores de ambos equipos (siento que no tengamos otro coordinador mejor), y nos indicó que nos acercáramos  hacia él. Nos mostró  una especie de moneda, en  una de sus dos caras, se podía leer el nombre de nuestro planeta, en la otra: Ajedrezum. A continuación, nos indicó que lanzaría la moneda al aire y cuando ésta cayera al suelo; el planeta legible, conduciría las piezas blancas.
  Imparcialius, daba la sensación de ser justo y  amable a  la vez. Lanzó  a las alturas de la sala, la moneda, de forma que ésta  giraba aceleradamente sobre sí misma. Su trayectoria, trazó una parábola perpendicular al suelo y cuando cayó sobre éste; un sonido metálico, atravesó la ajedrecística sala. Los dos coordinadores, al mirar la ya quieta moneda, pudimos leer claramente: TIERRA.

Con  voz clara y potente, Imparcialius  anunció a todos los presentes, el color correspondiente para cada equipo. En ese momento, yo miraba a mis compañeros, y pude ver como Guillermo, guiñaba a Pablo (ellos estudiarían  con  más  atención las jugadas  de  las  blancas),  también Manuel y José Raúl, parecían contentos. Por  ahora el azar (¿quizás destino?), nos sonreía.  Ya estaba todo decidido, al día siguiente comenzaría la partida. Pero aún no había acabado totalmente el protocolo de inauguración del encuentro. Estábamos  invitados a una fiesta de hermandad  interplanetaria.

La alegría era la tónica general de nuestro equipo, estábamos muy animados y también muy motivados. Mientras estaba con mis compañeros, pude darme cuenta una vez más, que los portentos del ajedrez (como los de cualquier otro arte, deporte, ciencia o juego), para nada son personas aburridas, como muchas personas creen. Me divertía mucho con ellos; siempre he creído que los genios, están tocados por el hechizo del sentido del humor.

Después de dudar mucho, me armé de valor y me atreví a preguntar a José Raúl, cuál era el secreto de su famosa habilidad, para atraer la atención  femenina, que le hiciera tan popular entre los ajedrecistas de su época. Al tiempo que sonreía, me dijo que para esas cuestiones, no debía uno pensar  con el hielo de la lógica; nada de pensar, sólo sentir, como sabían hacerlo los poetas. También me comentó, que era importante conocer el entorno social y las costumbres de las personas de un determinado lugar. Riendo, me preguntó abiertamente:

- ¿Qué crees que hacía yo, en la cafetería cuando tú has llegado?

- No lo sé, respondí.

-Pues preguntaba al camarero sobre las costumbres femeninas y sociales de aquí. Aclaró José Raúl.

El  genio del Caribe, hablaba con una soltura y un desparpajo tan natural, que me hacía recordar, el simpático salero, que menos yo, poseen casi todos los andaluces.


Era muy interesante, divertido e instructivo hablar con él. Le comenté si era cierto que en una ocasión, su amigo, el también ajedrecista, Andor Lilienthal, durante el torneo de Moscú de mil novecientos treinta y cinco; se adelantó y le arrebató la admiración de una hermosa dama. José Raúl, me contó que una señorita llamada Zhenechka, se sentaba entre los espectadores para ver las partidas del torneo. Según parece, ella al principio, lo miraba más a él que a otros jugadores; hasta que Andor Lilienthal, se fijó  en ella y quedó prendado de su belleza. Hasta tal punto se enamoró de ella, que  se le ocurrió gastar una broma a los organizadores del torneo, diciéndoles que si no le presentaban a la joven, se retiraría de la competición. La broma surtió efecto, Andor conoció a su gran amor y  todo concluyó en un largo y feliz matrimonio que duró cincuenta años.

En tono de broma, le dije:

- Observo que en aquella oportunidad, Andor Lilienthal, te derrotó también con otra arma tuya muy poderosa, la diplomacia.

Encogiéndose de hombros dijo tranquilamente:

- No me derrotó él, simplemente fui vencido  por el verdadero amor; él estaba enamorado de aquella muchacha, y yo  no; por esa razón, Cupido le ayudó.

Reíamos con tan amena aclaración, y fuimos  a reunirnos con los compañeros. La fiesta era todo un éxito, todos  se  lo pasaban bien. Casi telepáticamente, los integrantes de nuestro equipo, nos pusimos de acuerdo para saludar a los componentes del otro. Saludamos también a Imparcialius, Optimus y por supuesto a Mensajerus. Transmitimos a todos, nuestro agradecimiento por la hospitalidad y el buen trato que  recibíamos. También les hicimos saber nuestro anhelo de jugar una bella partida, de las que merecen la pena ser recordadas y deseamos  suerte a nuestros colegas ajedrecistas.


Manuel, divertía a todos con acertijos y problemitas de lógica y algún que otro chiste.

Guillermo, nos decía a Pablo, a José Raúl y a mí; que Manuel, de alguna manera, observaba, y estaba teniendo en cuenta  las reacciones psicológicas del otro equipo. Estuvimos un buen rato, divirtiéndonos  con todos los invitados a la fiesta. Bastaba querer comunicarse, para que todos habláramos el mismo idioma, y yo no dejaba de maravillarme.


La fiesta acabó y Mensajerus, Enrocus, Atacus y Pacientius; acompañados por Imparcialius y Optimus; volvieron a desearnos suerte, nosotros les correspondimos y estrechándonos las manos; dijimos todos a la vez: ¡buena partida! Nos despedimos y caminamos hacia nuestras dependencias de Tranquilitum. Pablo silbaba interpretando clásicas melodías, mientras parecía meditar en el encuentro que muy pronto daría comienzo. Guillermo, abiertamente y en tono de broma preguntó, a Manuel.

- Filosófico y matemático oráculo, ¿mediante esos ingeniosos problemitas, has descubierto algo significativo en la forma de pensar de los jugadores de Ajedrezum?

Manuel, respondió:

-Creo que a nivel intuitivo, no son superiores a nosotros, en improvisación y habilidad para el pensamiento lateral, tampoco lo son. Por tanto, nuestras jugadas deben estar orientadas para crear posiciones muy complejas, donde lo que impere, sea la habilidad táctica y la intuición.

Pablo, sonriendo, añadió un profundo y sutil comentario y dijo a Manuel:

- He advertido, que querías dar la impresión de que somos algo despistados y timoratos; ¿pretendes que se confíen?

Antes que Manuel, pudiera responder; José Raúl, se adelantó, diciendo mientras reía:

- Pues claro Pablo, eso es lo quiere Manuel, que se confíen, así me ganó a mí en Moscú en mil novecientos catorce. Me hizo creer que se conformaría con tablas y cuando más confiado estaba, y menos lo esperaba, me lanzó un sorpresivo ataque; que me dejó atónito. Esperemos que  los de Ajedrezum, sean tan confiados como yo.

Guillermo, tomó la palabra y también en clave de humor, dijo refiriéndose a José Raúl:

-¿Confiado tú, y qué me dices del desquite ante Manuel por el título mundial, en tu ciudad natal, en mil novecientos veintiuno?, estáis apañados los dos; ¡vaya par de tahúres!

Amable lectora o lector, no penséis que me he olvidado de invitaros a café; pero es que no sé cómo hacerlo desde aquí.

Reíamos mientras caminábamos hacia Tranquilitum. Pablo, el romántico melómano, silbaba interpretando la ópera de Rossini, “El barbero de Sevilla” (creo que no es el mismo que me pela a mí), de pronto dejó de silbar, miró a Guillermo y le preguntó:

- Tú soñabas que jugabas con Dios y que incluso le dabas alguna ventaja de peones, ¿crees  que  venceremos a nuestros colegas?

Guillermo, contestó:

Lo creo, porque jugaremos como  dioses, intuyo que nuestra victoria es posible y si no venciéramos, al menos haremos todo lo ajedrecísticamente posible por  lograrlo.

Me dirigí al grupo y pregunté a todos, a  qué hora nos reuniríamos por la mañana. Nos pusimos de acuerdo en que por ser, el día de la primera jugada, nos reuniríamos para desayunar a las nueve de la mañana. Nos despedimos y nos retiramos a descansar.

Al día siguiente, a la hora acordada; desayunábamos con verdadero apetito. Teníamos verdaderas ganas de comenzar la partida. Al llegar a la sala de juego, contemplamos que una colorida estela, la unía en forma de arco iris; con la de Ajedrezum. A lo largo del haz de luz, se leía claramente: RESPETUS INTIMUS.

Teníamos varios tableros, para poder analizar la partida tanto en consulta como individualmente. Decididos a buscar la iniciativa táctica desde el principio, nos acercamos al tablero común. Guillermo pidió cinco cafés a Optimus. Cuando cada uno de nosotros, tenía su taza de en la mano; los cuatros genios, se acercaron a la mesa de ajedrez, para realizar la primera jugada. Aún de pie, rodearon la mesa de juego; acercaron las tazas, hasta colocarlas en el aire sobre el tablero de ajedrez, cada uno desde un punto cardinal. No quise acercarme al grupo; sintiendo y comprendiendo que no tenía ni derecho ni categoría para brindar con ellos. Con algo de tristeza, pero lleno de admiración, contemplaba la enorme afición al ajedrez de estos gigantes del tablero. Esperaba que terminaran de brindar; pero los cuatro, al mismo tiempo, me miraron y la voz de Guillermo; quebró de emoción  mi alma; diciéndome:

- Rafael, estamos esperándote, ¿no quieres brindar con nosotros?

 Quise responder a Guillermo, pero la emoción me lo impedía. Ellos sonreían al verme conmocionado y feliz al mismo tiempo.
 Acerqué mi taza a las suyas, con la sensación de que era el único rito en el que creía profundamente.Todos a la vez, telepáticamente y al unísono; gritamos chocando las tazas: ¡por Caissa¡

Una vez que brindamos por nuestra ajedrecística diosa, nos sentamos y realizamos nuestro primer movimiento. Avanzamos con energía el peón de rey, dos casillas hacia delante. Por fin la partida, había comenzado. Inmediatamente, comuniqué a Imparcialius nuestra jugada. Luego, tomé asiento para hablar con mis amigos, compañeros y maestros. Cuando  me encontré más calmado, puede decirles:

- Gracias  a  todos, por hacerme sentir que pertenezco a este equipo. Estoy muy orgulloso de vosotros, como ya sabéis. Confío en la victoria, pues entre otras virtudes, tenemos: la fantasía de Pablo, la tenacidad de Guillermo, la sensatez de José Raúl y la aguda psicología ajedrecística de Manuel y la capacidad deductiva e intelectual de todos.

Manuel, tomó la palabra y queriendo animarme, dijo:

-También valoramos algo que nos ha permitido reunirnos y componer este equipo, y no es otra cosa que tu  devoción al ajedrez.

Tanto entusiasmo produjeron estas palabras  en  mí, que cogí mi taza de café, me centré en su calor y aroma y medité profundamente. Algo caía a gotas en el recipiente, experimenté un ligero y amargo sabor, mezcla de café con lágrimas (os sugiero que no lo pidáis así en una cafetería; pues no sabe muy bien), pero era uno de los cafés más deliciosos que jamás he tomado. Después de tomar mi bebida favorita, sentí que me relajaba. Mis sensaciones y mis pensamientos, encontraron un punto de equilibrio. No hacía mucho tiempo que acaba de despertarme y no obstante un sueño cada vez más intenso; se apoderaba de mí, sentía que me dormía; pero la partida… ¡había comenzado!
Desperté percibiendo un intenso aroma a café. Por un momento, creí que me encontraba en mi añorada Algeciras, pero estaba en Neutralium, sin saber ni el día, ni el mes, ni el año, sólo sabía que eran las nueve de una apacible mañana, la hora convenida por nuestro equipo para reunirnos. Se me hacía tarde, pero me apresuré para llegar a la hora convenida, os aseguro que me daba más prisa por ver de nuevo a mis geniales compañeros, que por tomar café; ya sé que no me creéis, pero es cierto.

Nos encontramos en el comedor de Tranquilitum y tras el desayuno, quise comentar  a mis admirados ajedrecistas una idea que sin saber cómo, cada vez adquiría más importancia para mí; y confiando en la comprensión de los cuatro campeones, les conté lo que pensaba y entablamos la siguiente conversación.

Rafael - Queridos amigos, quisiera saber vuestra opinión sobre la posibilidad de incrementar nuestro equipo, con un integrante más.


Pablo - ¿Crees que necesitamos otro jugador? y de ser así, ¿en quién has pensado y por qué?

Rafael – En realidad no es un jugador, es una jugadora. He pensado en Vera Menchik, y no sólo por ser una persona significativa para mí; sino también porque pienso que nosotros como representantes del ajedrez terrestre, debemos  potenciar su capacidad integradora, ya que no es una  disciplina sexista. Todos sabemos que en su época, Vera jugaba también como los mejores jugadores del mundo. Además ella contribuyó mucho a la difusión de nuestro arte. Por estas razones, quiero que ella forme parte de nuestro equipo.

José Raúl- Es cierto lo que dices, además era una mujer de un trato afable. Yo dije de ella, que era la única mujer capaz  de jugar en igualdad de condiciones, con cualquier jugador de su tiempo. Estoy de acuerdo, que esté aquí con nosotros; me encantará saludarla, pero  ¿cómo harás para que venga?

Rafael- Creo que podré conseguirlo, porque pienso que en un determinado punto, llevo razón. Pero antes de proponer a Mensajerus que seleccione otro componente para su equipo; me gustaría saber si todos estamos de acuerdo con  la inclusión de Vera Menchik.

Guillermo y Manuel, que aún no habían hablado, se manifestaron efusivamente a  favor de la idea, y Pablo, que era más introvertido, también se mostró de acuerdo.

José Raúl- Espero que apliques bien tu sentido de la diplomacia, para convencer tanto a Mensajerus como a Imparcialius; pues como árbitro de la contienda, también él tendrá algo que decir.

Rafael- Por supuesto, todos los implicados en  esta partida, tienen derecho a opinar; por eso quiero que me acompañéis. Mediante Imparcialius, convocaré una reunión en la que participaremos tanto los jugadores, como el árbitro, como los coordinadores. Espero que la razón me asista y que nos permita que nuestra querida Vera, esté con nosotros. Sugiero compañeros que pensemos nuestra segunda jugada, y una vez  comunicada a los jugadores de Ajedrezum; asistamos a la reunión. Por cierto, hay otro motivo por el que quiero que venga Vera;  es el siguiente: ¿no os parece que somos una colección de feos, y que ella dulcificaría el efecto de tanta fealdad? Bueno amigos, vayamos a nuestra sala de análisis y luego a la reunión; y no tomad en serio el mal chiste que acabo de hacer, porque suena a machismo.

Llegamos a la sala de análisis, Pablo y Guillermo, se miraron y tomando el caballo de la  casilla (g1), lo colocaron con el beneplácito de Manuel y José Raúl, en la casilla (f3).

Comuniqué la jugada a Imparcialius y también le informé sobre nuestra intención de reunirnos con todos, para deliberar sobre la conveniencia de incrementar ambos equipos con un ajedrecista más. La efectividad del juez del encuentro, quedó demostrada; al instante había concertado la reunión para dentro de diez minutos y tendría lugar en el mismo sitio donde se realizó el sorteo de los colores de las piezas; la sala llamada Conferencium.

El ánimo de mis compañeros parecía muy bueno; en el fondo de mi alma me alegraba de tomar la decisión de incluir a Vera, todos deseábamos que fuera posible. Mis pensamientos se centraban en  conseguir la mejor elocuencia posible. Estaba convencido de poder defender con tenacidad mi propuesta, porque creía en el sentido universal de la justicia. No estaba seguro de cómo convencería a los del equipo de Ajedrezum, pero tampoco sabía cómo rechazarían la proposición.

Ambos equipos llegamos a la vez a la sala Conferencium, Imparcialius distribuyó asientos alrededor de una mesa circular, de esta forma todos los asistentes, podríamos vernos. Mensajerus estaba sentado frente a mí, en el otro extremo del diámetro que nos separaba. Él  como coordinador del otro equipo, sería o bien mi principal opositor, o bien mi principal colaborador; según aceptara o no la propuesta.

 Imparcialius haciendo las  veces de moderador, dirigiéndose a mí, me dijo que expusiera el motivo de la reunión. Me concentré en la respiración, para tranquilizarme y dominarme a mí mismo y con la voluntad que nos presta la fuerza de la razón (al menos yo creía que estaba de mi parte), tomé la palabra y comencé a exponer.

Rafael- Estimados colegas del ajedrez, ha sido difícil para mí formar un equipo que represente a mi planeta. Debo confesaros que dadas las circunstancias, si tuviera que elegir nuevamente a un equipo de ajedrez de cuatro jugadores, volvería a elegir a estos genios que están sentados a mi lado. No obstante, he tenido en cuenta que cuando se haga pública la confrontación ajedrecística que a todos los presentes nos ocupa; sería bueno para la divulgación del ajedrez en mi planeta, que se tuviera en cuenta el carácter no sexista de nuestro arte. En resumen, lo que quiero proponer es que ambos equipos se incrementen con un participante más; que en nuestro caso, será nuestra admirada y querida Vera  Menchik y por supuesto en el vuestro, quien vosotros decidáis. Ahora quisiera saber  cuál es la opinión sobre este tema del coordinador de vuestro equipo, nuestro respetado Mensajerus.

El coordinador de los jugadores de Ajedrezum, expuso su opinión.

Mensajerus- Amables asistentes a esta reunión, nosotros tenemos tan superada la diferencia de sexos, que sólo tenemos una categoría, no dos, como ocurre en vuestro planeta; porque para nosotros el ajedrez, no es ni masculino ni femenino. Nuestros hijos, sean del sexo que sean, juegan al ajedrez entre ellos, sin distinciones de ningún tipo. Estimado equipo terrestre, no sé si alguno de vosotros, ha advertido que en nuestro equipo; dos de los participantes, son lo que vosotros llamaríais mujeres. Quizás si estuvierais más tiempo entre nosotros, podríais advertir algunas  diferencias tanto psíquicas como físicas en nuestros habitantes. No veo una razón convincente, para que los equipos incrementen el número de integrantes; pues el problema planteado no nos atañe a nosotros. Quiero ceder la palabra  a Rafael, para que nos diga si aparte de la cuestión de sexos, hay otra razón para que aumentemos en uno, el número de jugadores.

Los componentes de nuestro equipo, parecían preocupados, pues no estaba nada claro que Vera pudiera jugar con nosotros. Miré  a José Raúl, para ver si  con su famosa diplomacia, conseguía inspirarme; me sonrío y sentí que volví a animarme, de esta forma y dirigiéndome a Mensajerus, retomé la palabra.

Rafael- Debo confesar apreciado Mensajerus, que conforme voy conociendo más detalles acerca de vuestra sociedad, más admiro el talento de tus congéneres y de vuestros gobernantes; no obstante, estarás de acuerdo conmigo en el siguiente punto. Si fuiste tú como representante de tu planeta, quien al hablar conmigo, impusiste algunas condiciones sobre el encuentro; ¿por qué no puedo poner yo al menos una, como representante del mío?, ¿no crees que al menos tengo derecho a pensar en alguna condición? Implorando por la ley universal de la justicia, suplico me concedas que Vera Menchik, pueda estar entre nosotros.

Mis compañeros esperaban expectantes, que hablara Mensajerus, y éste, mirándome con benevolencia, así lo hizo.

Mensajerus – Todas las condiciones que expuse en nuestro primer encuentro, fueron decididas en consenso con todos los ajedrecistas,  que también son los que gobiernan (como debiera ser en todos los planetas) nuestro amado Ajedrezum. Precisamente porque la ley universal de justicia, nos otorgó a nosotros ciertos derechos para elegir las condiciones del encuentro, es por lo que me correspondió a mí, buscarte y comunicarte las ya sabidas condiciones. Quiero comunicarte respetado Rafael, que el derecho a redactar las condiciones de esta partida, nos fue encargado a nosotros por ser un planeta más pacífico que el vuestro. Por lo tanto sigo sin ver ningún motivo, para el aumento de participantes. Si tienes algo más que decir, te escucharemos con atención.

El excampeón mundial y excelente diplomático, José Raúl, al mirarme, se encogió de hombros como diciendo, ¿qué le vamos a hacer?, al menos lo has intentado.

Pero no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente en la partida dialéctica que sostenía con Mensajerus. Así que volví a  concentrarme en la respiración y con nuevos ánimos, tomé de nuevo la palabra.

 
Rafael- Tu elocuencia es aplastante y muy convincente amigo Mensajerus, permíteme por favor que así te considere; pero quiero decir que en ninguna de las guerras que ha habido en nuestro mundo; ninguno de los cinco terrestres que aquí nos encontramos, hemos tenido nada que ver en ellas. Somos personas de paz, y desde que supuestamente se creó el paraíso en nuestro planeta; estamos cansados de pagar por cosas que nosotros no hicimos. Ajedrezum, que es vuestro hogar, estimado Mensajerus; antes se llamaba Guerrerum. ¿Sería justo que aún os recordaran por el espanto de las guerras?, tú y tu equipo, sois personas de paz y tenéis nuestro sincero respeto. Pido que nos consideréis personas pacíficas, y que olvidéis por un momento el mal que los hombres de la guerra, provocan en nuestra sociedad. No creo que sea justo que nosotros paguemos por ellos. La ley universal de justicia, debe ayudar también a nuestro equipo, y nuestro único deseo es que una jugadora a la apreciamos, y que murió por culpa de la guerra; juegue con nosotros. Lo pido Mensajerus, invocando a la compresión y sentido de la justicia que sé que posees.

El silencio, se apoderó de la sala, como si de un mudo emperador se tratara. La atención de todos se concentró en Mensajerus, que  con voz clara comenzó a hablar.

Mensajerus- Ahora sí, considero oportuno que ambos equipos, tengamos un nuevo compañero más. Ya es hora que pensemos más en la paz que en la guerra. La explosión de una bomba, se llevó la vida de vuestra campeona y un estallido de paz os la devuelve; estoy de acuerdo en que a partir mañana, se reúna con vosotros.

Cuando Mensajerus acabó de hablar, nosotros casi flotábamos impulsamos por la alegría contenida. El juez tomando la palabra, nos despedía a todos.

Imparcialius- Si todos estáis de acuerdo con la propuesta, como juez de la contienda, doy por terminada la reunión.

Emocionado, agradecí a todos que nuestra petición fuese aceptada y también dije que por mi parte, no habría más peticiones.

Nos retiramos a nuestra sala muy contentos, para ver cuál sería la segunda jugada del equipo de Ajedrezum. Observamos  que avanzaron su caballo de (b8) a la casilla (c6). Pablo mirando a Guillermo, dijo que como tercera jugada; llevar el alfil de la casilla (f1), a la de (c4), le parecía ideal para complicar la partida  lo  antes posible. Luego opinaron Manuel y José Raúl, y estaban de acuerdo con la propuesta de Pablo; pues para nosotros era muy importante, entrar cuanto antes en las complicaciones tácticas, porque sabíamos que ahí radicaba nuestra posibilidad de ganar  la  partida.

Me encontraba exultante, y mis compañeros también, pues al final  conseguimos de la reunión lo que todos deseábamos. El trabajo para el día siguiente, estaba prácticamente hecho, pues ya habíamos decidido nuestra tercera jugada; pero no obstante a las nueve de la mañana, desayunaríamos y luego iríamos a  nuestra sala de análisis. Era mi obligación comunicar nuestra jugada a Imparcialius.

Mañana sería un día tranquilo, pero  muy feliz  para  todos: nuestra musa, Vera Menchik; estará  ya con nosotros.
 

 
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